El liberalismo humanista y sus enemigos

El liberalismo herido. Reivindicación de la libertad frente a la nostalgia del autoritarismo

José María Lassalle

Arpa

Barcelona, 2021, 208 pp.

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Quizá la parte más conmovedora del libro Liberalismo viejo y nuevo, escrito por el diplomático e historiador de las ideas José Guilherme Merquior, sea el momento en que cita al Ortega y Gasset de La rebelión de las masas: “El liberalismo es la suprema generosidad. El más noble grito que ha sonado en el planeta. La decisión de convivir con el enemigo: más aún con el enemigo más débil.” En la página 76 de su libro El liberalismo herido, José María Lassalle cita las mismas palabras del sabio español.

Para el lector atento no pasará inadvertida esta comunión entre importantes exponentes del pensamiento político brasileño y español. Se trata de dos defensores de la tradición liberal que entienden muy bien a quienes señalan las deficiencias de esa tradición. Merquior escribió libros muy estimables sobre los críticos del liberalismo, como sus tratados sobre Foucault y la escuela estructuralista; por su parte Lassalle se enfoca más en tratar de entender los dilemas a los que nos somete lo que él denomina el “populismo cibernético”.

El autor parte de un diagnóstico de la condición liberal en el siglo XXI. De acuerdo con su tesis –y puede que tenga razón–, el liberalismo surgido de la modernidad se encuentra en desventaja teórica y práctica frente a sus rivales, a los que no duda en llamar fascistas. Estos últimos, nos dice Lassalle, son más diestros en el manejo de las nuevas tecnologías digitales que están imponiendo una nueva cultura planetaria fundada en el poder de los algoritmos.

Aunque no discute a Yuval Noah Harari, Lassalle parece tener las mismas preocupaciones que el historiador israelí. La tecnología digital que hace posible las redes sociales no se encuentra hoy en día regulada por un pensamiento humanista y liberal. Para alcanzar ese propósito, que podría considerarse el desafío de nuestro tiempo, se necesita una transformación del pensamiento liberal. Lassalle no lo dice con esas palabras, pero su proyecto podría entenderse como una especie de “liberalismo posmoderno”.

Tal vez la sugerencia de que el ciberfascismo contemporáneo procede del neoliberalismo sea la más controvertida en el libro. El Moby Dick particular de Lassalle no es el fascismo islámico, el comunismo o el fascismo clásico de principios del siglo XX. El autor piensa que el Kulturkampf de nuestra época proviene de lo que podríamos llamar el viraje economicista del liberalismo que, en el siglo XX, tuvo, entre otros, a la escuela austríaca de economía como uno de sus mayores exponentes. Es esta vertiente lo que realmente se debe entender como neoliberalismo y, sobre estas bases, no es difícil llegar a la conclusión de que para Lassalle fue el propio liberalismo el que procreó a su némesis. Se trata, sin duda, de una hipótesis muy provocadora que debe ser atendida, pues proviene de alguien que se considera un defensor de la democracia liberal.

Algo de razón tiene Lassalle si consideramos el maridaje del pensamiento neoliberal y las ideas radicales de la derecha trumpista en Estados Unidos. Sin duda, es un rasgo que describe al multimillonario y visionario Peter Thiel –mencionado de manera prominente en este libro–, que ahora mismo intenta influir para lograr el regreso de Trump a la presidencia de Estados Unidos.

Es curioso, sin embargo, que Lassalle no se refiera a la Escuela de Claremont y a su gurú, Harry Jaffa, como la vanguardia intelectual y filosófica del trumpismo. En lugar de eso, procede a criticar a Leo Strauss y la escuela straussiana. Creo que se equivoca sobre las ideas de Strauss, a quien parece entender a partir de la crítica hostil de académicos como Shadia Drury. A diferencia de Lassalle, pienso que Leo Strauss y algunos de sus pupilos, aunque no todos, son amigos del liberalismo. Admito que el autor no yerra del todo si consideramos que una rama del pensamiento straussiano –la de la Escuela de Claremont– está coqueteando muy peligrosamente con las ideas fascistas. No obstante, también creo que no es una buena alternativa culpar al maestro por lo que propone uno de sus discípulos.

A pesar de esto, El liberalismo herido es un libro muy recomendable. La editorial Arpa, muy probablemente junto con el autor, decidió facilitar la lectura al no abrumar al lector con largas notas al pie. Por otro lado, uno aprende mucho de las fuentes que utilizó Lassalle, sobre todo las que se refieren a la tecnología digital.

Si el neoliberalismo es el Moby Dick de Lassalle, Spinoza es su Virgilio. El filósofo judío puede considerarse, como lo describió Leo Strauss, el padre de la democracia liberal. La intervención liberal de Lassalle en su afán por encontrar una solución al problema del fascismo digital me parece crucial. Spinoza ha sido muy bien tratado por la izquierda, como le comentó Enrique Krauze a Jorge Luis Borges en una gran entrevista. Para poner un solo ejemplo tenemos los escritos de Gilles Deleuze y, más recientemente, los de Antonio Negri. Por otro lado, no encontramos una gran simpatía por sus ideas entre la derecha radical. Y, aunque hay que decir que Nietzsche se consideraba un pupilo de Spinoza, la relación de las ideas nietzscheanas con el pensamiento de derecha es un asunto muy complejo.

De cualquier manera, Lassalle, me parece, hace muy bien en reclutar al autor de la Ética y del Tratado teológico-político en la batalla del siglo XXI entre el liberalismo humanista y sus enemigos. Concuerdo con la idea general de Lassalle en el sentido de que el liberalismo se encuentra en una encrucijada y pienso que recuperar su tradición humanista, de Cicerón a Isaiah Berlin, teniendo a Spinoza como eje principal, no es solo una propuesta sugerente sino acertada. ~


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