Entrevista a Laura Ferrero: “Somos unos grandísimos editores del relato que transmitimos a los demás”

Laura Ferrero
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La escritora Laura Ferrero (Barcelona, 1984) publica su tercer libro, un conjunto de relatos al que da título el último, “La gente no existe”. El libro, La gente no existe (Alfaguara) puede leerse como un tratado sobre las relaciones personales, sobre los temores y la torpeza, sobre el miedo y sobre las expectativas. Son indagaciones en situaciones aparentemente cotidianas, y también hay algo de intentar encontrar qué es lo que nos define y atraparlo. Lo que se aprende con estos relatos es que si miras el tiempo suficiente siempre encuentras algo.

¿De dónde sale el título del libro, La gente no existe? ¿Qué se esconde detrás?

Es el título de uno de los relatos y fue al terminarlo cuando entendí que era el que daba una dirección a los demás relatos. Que lo que estaba tratando de entender es cuándo y cuánto, del tiempo que estamos aquí, en la tierra, estamos vivos. Y qué es lo que nos hace estarlo y lo que no.

Hay una cosa curiosa con los cuentos: no hay duda de que suceden hoy porque aparecen teléfonos móviles, aviones o redes sociales, pero al mismo tiempo tienen algo atemporal, como si quisieras alcanzar un algo más, o quizá para escapar de la esclavitud del tiempo y del ahora.

Me gusta la idea de que las historias tengan algo de universal, que puedan apelar a cualquiera que las lea. A veces siento que cuando las anclas a hechos muy concretos, ceñidos a la actualidad, pueden caducar rápido. De todas formas, crear una atmósfera atemporal siempre me seduce más que una muy pegada al aquí y al ahora.

Muchos de los cuentos hablan de personajes que huyen: abandonan una relación, dejan una casa con su novio para volver a la de sus padres, dejan una ciudad de EEUU a la que han ido a hacer un reportaje, o huyen de una presunta felicidad, ¿por qué?

Otra de las grandes preguntas es si en la vida es más fácil irse o quedarse. La huida tiene que ver, obviamente, con irse, pero también con ese profundo miedo que nos embarga cuando nos quedamos. O a esa posibilidad de que, de repente, logres tener aquello que deseabas y tampoco estés bien. En ese caso, que es lo que les ocurre a muchos de los personajes de estos relatos, es mejor pensar que la raíz del malestar está fuera y que yéndote mejorará todo. Asumir que quizás el que no está bien eres tú es más complejo y la huida te proporciona la sensación de control y de que cambiando de lugar estarás mejor. Es, en definitiva, un autoengaño como otro.

Otro de los temas del libro es la distancia que hay entre lo que parecen las cosas de lejos y lo que son de cerca, es el tema de “Son preciosas”, con esa metáfora de las plantas artificiales que atraen a la mujer madura y separada…

Exacto, esa distancia entre lo que es y lo que querríamos que fuera me interesa mucho, en la vida y en la literatura. Es el terreno de las proyecciones. En ese relato una mujer se enamora ya no de un hombre sino de la proyección que hace de ese hombre. Me fascina cómo eso es algo que hacemos continuamente: inventarnos a las personas para que se adapten a quienes nos convendría que fueran.

Hay varios cuentos que tratan la relación entre padres e hijos; está el del padre que graba una nota de voz para su bebé, el estupendo retrato de tu padre o el del padre que acompaña a su hija adoptiva a encontrarse con su madre biológica en Dacca…

Este libro está lleno de padres e hijos, de madres e hijas, pero sobre todo de ese momento en que los hijos se dan cuenta de quién son sus padres, del hombre o mujer que se esconde –con todas sus vulnerabilidades y abismos– detrás de esa máscara. También eso es madurar, aunque sea difícil.

La infancia es otro de los asuntos que reaparecen, desde las primas que tratan de salvar a un ratón hasta el protagonista del cuento final que, ya abuelo, recuerda una broma pesada que le gastaron sus familiares. Pero lo que cuentas no es tanto la infancia, sino la infancia vista desde la memoria.

La infancia vista desde la memoria forma parte de ese relato que todos nos contamos, como decía Didion, para sobrevivir. Somos unos grandísimos editores del relato que transmitimos a los demás y lo vamos editando en función de la coherencia, y por tanto, vamos cortando un poco de aquí y un poco de allá, llenando los huecos que nos faltan… Dicen que nunca es tarde para tener una infancia feliz, pero lo cierto es que infancia solo hay una y es un periodo tremendamente vulnerable. Todo lo que ahí te ocurre te marca, para bien o para mal.

También hay niños en el libro y, generalmente, los presentas en situaciones en las que empiezan a descubrir quiénes son sus padres. De hecho, es la pregunta que te haces tú misma en el relato que dedicas a la muerte de tu abuelo: “Quién sabe las personas que son nuestros abuelos, nuestros padres, nosotros mismos”, escribes.

Creo que la fuerza de la costumbre, de la cotidianidad, es un velo que nos impide ver quiénes son esas personas que aparentemente tenemos tan cerca. Hay que bajar a los padres de ese altar en el que los ponemos durante la infancia: eso nos libera a nosotros, pero también a ellos.

Me gusta mucho la libertad de los puntos de vista que adoptas: padres, niños, otras veces podrías ser tú, otras eres tú… ¿la literatura sirve para jugar a ser otros?

Supongo que sí, al menos a mí me sirve para adentrarme en las vidas que jamás tendré. Me acerca, de hecho, a entender cosas que no entiendo, a ponerme en otras pieles y a no juzgar.

Uno de mis cuentos favoritos es el que le dedicas a Lorrie Moore, ¿por qué se lo dedicas?

Está dedicado a Lorrie Moore, además de porque es una de mis escritoras de referencia, porque tiene un libro llamado Autoayuda formado por un conjunto de relatos escritos en segunda persona y que son una suerte de manual de instrucciones. Hay uno que me gusta particularmente, el de “Cómo ser la otra mujer”. Siempre me ha atraído el mundo de las instrucciones, que te den unos pasos y que el resultado esté más o menos asegurado. A veces fantaseo con que eso pudiera aplicarse a la vida personal. Sería fantástico, ¿verdad?