París, de Marcos Giralt Torrente

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El laberinto del olvido
     Marcos Giralt Torrente, París, Anagrama (xvii Premio Herralde de Novela), Barcelona, 1999.
      
     El deslumbramiento literario apoyado por un no menos deslumbrante aparato publicitario ha convertido a los escritores "nirvana" (por la reiterada presencia de este grupo musical, el autoinmolado Kurt Cobain a la cabeza) o de la "generación x, y, z" (Ray Loriga, Benjamín Prado, Francisco Casavella) en los representantes por excelencia de la narrativa de la década de los noventa. Frente a este grupo generacional de finiseculares, hay una serie de escritores cuyo único denominador común es la independencia, la reformulación de la realidad en un itinerario textual, artístico, psicológico o mental, y una visible disciplina expresiva. Destaco aquí a Eloy Tizón, Martín Casariego, Isabel del Río, José Ángel González Martín, Antonio Soler, Luis Magrinyá, Andrés Ibáñez, Belén Gopegui, José Luis de Juan y el más joven de todos ellos, Marcos Giralt Torrente, nacido en Madrid en 1968, quien ya en su libro de cuentos Entiéndeme (1995) resumía las cualidades mencionadas.
     Pasemos por alto la indiscreción de un miembro del jurado al declarar que esta vez el premio "no ha sido una victoria por ko sino a los puntos". Pasemos también por alto la decisión de optar por un título, París, más propio de una guía turística que de un novela, en lugar de Después de París, con el que concursó al Premio Herralde de Novela, mucho más cercano al espíritu de un libro que bien podría haberse titulado Su único hijo, de no habérsele adelantado Clarín, o El hijo adoptivo, de no habérsele adelantado Álvaro Pombo. En todo caso, la concesión del Premio Herralde a Giralt respalda la afirmación del autor de que "me parece el más li-terario de todos los que se dan", lo que sólo el Biblioteca Breve parece estar en condiciones de desmentir.
     París es, esencialmente, una novela psicológica, es decir, se aleja radicalmente de una tradición realista española de la posguerra que va del realismo esperpéntico de Camilo José Cela al realismo pobre de los "nirvana". Ni siquiera los "novísimos" (Javier Marías, Félix de Azúa, Vicente Molina Foix), renovadores y cosmopolitas, o escritores independientes e inclasificables como Álvaro Pombo o Juan José Millás han podido evitar su preocupación por la dictadura franquista o la corrupción de la socialdemocracia, es decir, los traumas de la sociedad que inciden en los individuos. París se basa en una acumulación de traumas de carácter familiar que van marcando a un protagonista, cuyo nombre ignoramos, y a la relación con sus padres o, mejor dicho, a su relación con el padre, con la madre y con ambos, a la relación de los padres entre sí, y a la relación del narrador y de la madre con tía Delfina.
     El narrador nos habla de estos traumas y estas relaciones desde un presente que apenas si tiene presencia narrativa. En 1992, a sus 37 años, va reconstruyendo los aspectos más importantes de su vida. Cuando tenía nueve años, es decir, en 1974, su padre estuvo dos años en la cárcel, por estafa. Cumplida la condena, madre e hijo viajan en coche a Burgos, para buscarle. Lo que le cuenta la madre en el trayecto sella una alianza con ella y, al mismo tiempo, se enfrenta por primera vez con la figura problemática del padre. La madre descubrirá que es mentira que el padre ha encontrado un trabajo y el hijo descubrirá un carnet de identidad con datos falsos. El padre desaparece de la casa y, tras una estancia en La Coruña en casa de tía Delfina, la madre parte para París, donde se quedará diez me-ses. A largo de la novela el hijo se interrogará obsesiva e inútilmente sobre las razones secretas de ese viaje.
     Con el regreso de la madre se abre una nueva época. El narrador es todavía un muchacho cuando dos desconocidos se presentan a su casa para preguntar por el padre y uno de ellos le da la dirección del bar donde trabaja. Más tarde descubre, en otro bar, a su madre con su padre y surgen de nuevo las especulaciones sobre la naturaleza del encuentro y de la relación entre ellos: ¿quién necesita a quién? ¿Cuál es la naturaleza de esta necesidad? En un viaje a Madrid de tía Delfina discute con su hermana y el narrador descubre que la madre ha decidido vender el piso y dar la mitad del dinero a su marido, para de esta forma liberarse de él. Cuando parte Delfina, la madre le cuenta a su hijo muchos de los secretos que le habían inquietado. No las misteriosas razones de su estancia en París. Sí, en cambio, algo que cambiará definitivamente la imagen del padre, para convertirse, más que en un único hijo, en un huérfano.
     Nada o casi nada sabemos de la vida del narrador desde esos hechos que marcaron su vida de los nueve a los quince años. Todo regresa con la enfermedad de la madre, que ha perdido la memoria y que ya no puede escucharle. Lo secreto se mantendrá secreto para siempre. Los recuerdos vivirán solamente para el narrador. Por un lado tenemos los hechos como fueron entendidos en el pasado; por el otro, como son recordados e interpretados en el presente. Dos perspectivas en un mismo narrador. La escasez de personajes permite familiarizarse con ellos pero, por lo que ocultan, es siempre un conocimiento parcial y sólo sabemos aquello que inquieta al protagonista, a quien vemos acechando y especulando para entender el tejido oculto de su vida y, sobre todo, su condición de hijo único. A toda costa necesita encontrar una identidad que se apoye en sus padres o en su madre porque "los padres son la única referencia, nuestro único punto de mira", pero "no tenemos con quien contrastar la soledad que nos ahoga", "estamos solos".
     El narrador analiza meticulosamente los encuentros y los desencuentros que nos dan la medida del vacío. La relación con el padre culmina en una de las mejores escenas del libro, en la que le vemos seguirle en un largo recorrido y en un acercamiento sin encuentro posible, para concluir que no siente nada por él, "a pesar de que sea en él en quien pienso cuando digo 'mi padre', unas palabras que acabarán por carecer de sentido".
     Por lo que se refiere a la madre, se da cuenta de que sin ella se siente perdido, pero sabe que "sólo me tengo a mí, sólo a mí puedo recurrir para reconstruir esos meses, sólo yo pienso en ellos". Finalmente se dará cuenta de que este itinerario por los laberintos de la memoria le ha permitido constatar que el recuerdo nos devuelve sobre todo las interrogantes y que el vacío de entonces, hecho de hipótesis, de traumas y de decepciones, regresa al presente no para revelar sino para confirmarnos que "Nunca más mi padre solo o acompañado. Nunca más París. Nunca más mi madre y su empecinamiento. Nunca más mi unicidad inquisitiva de hijo único. Nunca más el triángulo y su vértice que soy yo. Para siempre la duda y el estupor y el lamento y la queja. Para siempre mi madre y yo juntos y para siempre mi madre y yo separados".
     Giralt Torrente ha sabido dar una dinámica narrativa a un agitado mundo interior que descubrimos a medias a través de las acciones y las palabras de los personajes. Acciones nunca del todo entendidas, palabras que siempre ocultan algo. "Sobre mi madre todo son preguntas", nos dice. Pero en su vejez, incapaz de hablar, de oír y de recordar, "¿qué hacer cuando todavía nos quedan preguntas por formular?" A través del tiempo poblado de hechos significativos, a través de las palabras pobladas de significativos silencios, a través de lo que escuchamos y vemos, de lo que se nos oculta y de lo que se nos revela, nos sumergimos en este decir incesante de las novelas de Álvaro Pombo, en este pensar incesante de las novelas de Javier Marías, dos de los escritores que más decididamente han contribuido a la modernidad de una narrativa como la española veladamente anacrónica. La sorprendente madurez de Giralt Torrente hace el resto. –