Entrevista con Bibiana Candia: “La historia de aquellos que nos precedieron es también la historia de nosotros mismos”

Entrevista con Bibiana Candia
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Azucre (Pepitas de calabaza) es la primera novela de la escritora Bibiana Candia y parte de un hecho trágico: en 1853 salieron 1700 chavales de Galicia rumbo a Cuba para trabajar, al llegar allí descubrieron que habían sido vendidos como esclavos. Candia toma ese hecho, que apareció en los periódicos de la época y requirió de la intervención del gobierno, para dar voz y cuerpo a esos chavales. Con un lenguaje exuberante, Candia consigue dotar de individualidad a cada uno de los personajes de su novela, que son a la vez parte del grupo.

Azucre parte de un suceso histórico que en su momento fue un escándalo: unos 1700 chavales fueron de Galicia a Cuba creyendo que iban a trabajar y al llegar resultó que habían sido vendidos como esclavos. ¿Cómo descubres el hecho y qué te hace pensar que ahí hay una novela?

Lo descubro gracias a una amiga que me hace llegar uno de los primeros hilos de los que tirar para documentarme. Al principio era muy escéptica, pensaba que esta historia sería una simple anécdota o directamente falsa pero cuanta más información encontraba más real se volvía. Para colmo, los datos que la demostraban ni siquiera estaban ocultos pero, por alguna razón que se me escapaba, esta historia no era conocida ni siquiera entre los gallegos. Empecé a preguntarme seriamente cómo podía ser que un suceso como este, que había afectado a tantas familias y que había salido en la prensa de la época durante semanas, no estuviese insertada en nuestra memoria popular. Llegué a la conclusión de que era así porque nadie nos la había contado, faltaba el testimonio de los supervivientes. Los documentos oficiales y los datos son importantes para emitir un juicio pero el relato que permanece en la memoria y apela a la parte más humana es el testimonio de boca de los protagonistas, ese descubrimiento fue el que me llevó a escribir Azucre.

Tu libro se sirve de la ficción para contar ese hecho, para dar cuerpo a esos chavales. ¿Qué aportaba la novelización?

La novelización me permitía humanizar a los personajes, que era lo que más me interesaba. Quería apartarme del tono puramente documental en el que predominan las cifras, las fechas y los lugares para pasar a una narrativa que apelase directamente a los lectores. Mi intención era que se identificasen con ellos, que los viesen como semejantes y no como un grupo de desgraciados sin rostro que vivieron en un tiempo muy lejano.

Además del mismo suceso trágico que cuentas, el tema da para tratar otros asuntos más universales como qué es emigrar, todo lo que se deja atrás cuando uno se va, que tiene que ver sobre todo con la identidad.

Emigrar es abrir una página en blanco de la propia identidad, supone comenzar de cero rodeado de gente que no tiene referencias tuyas. No somos conscientes de hasta qué punto nos condiciona la red de contactos que nos rodea, salir de ahí significa volver a repensarse a uno mismo.

Hay un equilibrio muy logrado en el retrato del grupo de chavales y cada una de las historias de sus vidas más o menos trágicas pero únicas.

Era fundamental para diferenciarlos, para darles a cada uno su propia personalidad. La historia oficial nos dice que venían de pasar por una gran hambruna y una epidemia de cólera, pero sabemos perfectamente que no todas las personas reaccionan igual y por eso, cada uno de ellos tenía que tener un bagaje previo distinto. Si quería que mis personajes resultasen creíbles no bastaba con colocarlos en el escenario que recrease las circunstancias reales, era necesario que ellos también tuviesen sus propios conflictos interiores y que los lectores acompañasen la evolución de estos conflictos hasta el final.

Otro de los atractivos de la novela es la mezcla de cosas aparentemente lejanas pero que en el fondo son un poco lo mismo: me refiero a supersticiones, leyendas, religión…, que aparecen las de los dos mundos, el gallego y el cubano.

Esa era la parte que me atraía más. A la hora de crear la voz narrativa busqué un tono muy oral, quería que sonase como si la historia de los rapaces hubiese viajado en el tiempo hasta nosotros, que sus voces se cruzasen unas con otras formando un relato conjunto, amalgamado. Por supuesto una narración de este tipo tenía que estar muy influida por las supersticiones y la religión, la idea de que el imaginario gallego y el cubano se cruzasen era un modo de materializar una de las frases que dice la novela: “las palabras cambian pero las cosas son siempre las mismas”. Las personas nos aferramos a los mismos conceptos en busca de esperanza cuando tenemos miedo o buscamos explicar lo inexplicable, que se llamen de manera distinta no quiere decir que no sean más que una búsqueda de certezas.

Además del trabajo de documentación, el estilo es muy peculiar, busca la sonoridad y la expresividad, y en cuanto a la estructura hay mucho trabajo de montaje, ¿no?

El hilo argumental de la novela es muy sencillo, un viaje clásico que sabemos que acabará mal y además, se desvela ya en la contraportada del libro, no me pareció que tuviese sentido hacer cambios en esa parte porque no aportarían demasiado. Como Azucre se relata exclusivamente a través de los ojos de sus protagonistas, me pareció que lo lógico era que la estructura se construyese alrededor de la voz narrativa. La estructura fragmentaria es un reflejo de esa voz que es una y múltiple, con sus cambios, sus diálogos insertados en medio de la narración… una especie de eco.

Azucre, que es como se llamaba al azúcar en Galicia, es también una novela sobre la dignidad humana. En ese sentido, es emocionante leerla como intento de reparación y de devolución de las voces y los testimonios de los rapaces.

Azucre se llama así porque es el testimonio de aquellos que llamaban así al “azúcar”, ya que es su propia historia contada por ellos mismos que el título estuviese en gallego era lo único que tenía sentido. Esta novela es, desde luego, una búsqueda de la dignidad a través de la memoria y del reconocimiento de los protagonistas, pero no solo eso. Es también un recordatorio para nosotros, que muchas veces miramos al pasado como algo totalmente ajeno, de que la historia de aquellos que nos precedieron es también la historia de nosotros mismos.

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