España ante su espejo retrovisor

Qué hacer con un pasado sucio

José Álvarez Junco

Galaxia Gutenberg,

Barcelona, , 2022, , 328 pp.

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Francis Scott Fitzgerald puso un soberbio cierre a su Gatsby, usando la imagen del bote que rema contra la corriente para designar al individuo que sigue adelante con su vida pese a verse arrastrado de manera incesante hacia el pasado. Pero la cuestión es que lo mismo sucede con las sociedades, que son órdenes colectivos fundados sobre la base que les proporciona un pasado compartido sobre el que sus miembros –unos más que otros– no pueden dejar de volver la mirada. Y ese pasado no siempre es impecable, sino que suele ser más bien una complicada mezcla de episodios lamentables y heroicidades ocasionales. Por algo dijo Hegel aquello de que los periodos de felicidad son páginas en blanco en el libro de la historia, frase que indignaba a nuestro Ferlosio; producir historia ha sido durante demasiado tiempo una actividad llena de ruido y furia. Es verdad que no todos los pasados son iguales: Malta ni sueña con parecerse a Alemania. Pero algunos son especialmente difíciles de digerir y las comunidades políticas democráticas no siempre saben cómo lidiar con ellos.

Tal es el jardín –la jungla– en el que se adentra uno de nuestros más reconocidos historiadores, el profesor Álvarez Junco, en este libro de poderosa actualidad. No en vano los últimos años se han caracterizado por la formulación de demandas de reconocimiento o justicia en relación con sucesos históricos más o menos remotos: tan pronto oímos al presidente mexicano exigir que los españoles se disculpen por la conquista como leemos a historiadores estadounidenses denunciar el silenciamiento del colonialismo alemán en África. Sin ir más lejos, el gobierno liderado por el socialista Pedro Sánchez sacó los restos del dictador Francisco Franco del Valle de los Caídos y ha logrado aprobar una controvertida Ley de Memoria Histórica que ha contado con el apoyo de Bildu –la coalición de partidos de la izquierda abertzale– y extiende la investigación de los crímenes franquistas hasta 1983. De manera que la corriente del pasado parece haberse fortalecido en este tramo del río y nos enfrenta a viejos dilemas de una manera nueva. Centrándose en el caso español, hasta el punto de que el libro bien podría haber incluido un subtítulo que así lo aclarase, Junco hace un encomiable esfuerzo de síntesis histórica y desbrozamiento conceptual, gobernado en todo momento por una vocación de objetividad que quiere evitar a la vez las devociones partidistas y los sesgos ideológicos.

En consonancia con la índole de su trabajo académico, empeñado en demostrar la tardía conformación de la conciencia nacional española, Junco se muestra a lo largo del ensayo enemigo jurado de cualquier esencialismo: las naciones y los pueblos son construcciones –intelectuales, narrativas, jurídicas– que toman como base una realidad múltiple y proceden a simplificarla, para así hacerla comprensible a las masas de población que han de dotar de legitimidad a las comunidades políticas resultantes. En ese terreno se mueven los mitos políticos y eso que ha venido en llamarse memoria histórica o colectiva, por contraste con la aproximación científica que se espera de los mejores historiadores; aunque Junco ejerce como tal, no deja de reconocer que las distinciones académicas tienen mucho de idealizaciones y que la construcción del demos no puede prescindir de las emociones. El problema surge cuando la historia sirve para construir una historia falsificada al servicio de fines políticos particulares, cosa que también puede suceder –como el autor viene a reconocer– con las llamadas políticas de la memoria.

Tras dedicar la primera mitad del libro a exponer con brillantez el proceso mediante el cual se ha ido formando la “autoimagen española” hasta llegar a nuestros días y prestar especial atención a los historiadores que han hecho decir al pasado lo que se quería que dijera en cada momento, Junco concluye que la debilidad del Estado español durante el siglo XIX dificultó nuestro proceso de nacionalización y propició una larga contienda entre versiones antagónicas de nuestra identidad, a su vez demasiado a menudo explicada como un problema metafísico achacable a una “forma de ser” singular. Ni que decir tiene que el golpe de Estado del general Franco y la guerra civil que le sigue constituyen el gran trauma histórico de los españoles: Junco destaca la inusitada violencia del conflicto –perpetrada sobre todo en su trastienda– sin equidistancias ni idealizaciones, resaltando que ambos bandos presentaron su enfrentamiento como una lucha por salvar a la España auténtica de sus enemigos. Posteriormente, la dictadura crearía espacios monumentales y ritos públicos vinculados con la mitificación del pasado glorioso de una “patria sacralizada” con el auxilio de los historiadores oficiales: de los “25 años de paz” a la Formación del Espíritu Nacional. Solo la democracia planteará a los españoles la necesidad de gestionar su “pasado sucio”, desempeño en el que vuelca su atención el autor tras culminar este brillante recorrido por la historia española.

Para evitar caer en la recurrente tentación del excepcionalismo, el autor pone cifras a la brutalidad de la Europa de la primera mitad del siglo XX y hace un repaso de las políticas de justicia histórica aplicadas a casos tan distintos como Alemania y Japón después de 1945, el genocidio turco de los armenios, la Italia fascista y la Francia colaboracionista, las dictaduras latinoamericanas o la Sudáfrica del apartheid: unos recuerdan, otros olvidan. España se caracteriza por una transición más o menos pacífica a la democracia basada en la idea de la reconciliación nacional; contra lo que hoy suele pensarse, los años ochenta fueron ricos en debates historiográficos y reparaciones tan cuantiosas como discretas. De acuerdo con un enfoque pragmático y en consonancia con el fin pactado de la dictadura, se dio prioridad a la modernización de una sociedad española hambrienta de futuro; el precio a pagar no fue otro que una cierta debilidad conmemorativa. Pero en ningún sitio está escrito que recordar obsesivamente el pasado sea preferible a olvidarlo o mantenerlo en segundo plano; en las páginas finales, Junco repasa los argumentos de quienes –Todorov, Rieff, Rousso– reivindican el deber de olvidar. Pensemos en monumentos como el Arco del Triunfo madrileño: mientras algunos lo consideran humillante, la mayoría de los viandantes pasan por su lado sin sentir la menor emoción. Esta posición relativizadora apenas puede defenderse hoy en España, donde el cultivo de la llamada “memoria histórica” se ha convertido en una suerte de obligación que tan pronto sirve a fines honorables (exhumaciones, reconocimiento de víctimas o episodios desatendidos) como a intereses políticos de parte (apropiacionismos ideológicos, deslegitimación de la transición a la democracia y por tanto de la democracia misma).

Para Junco, una exigencia de justicia asentada en la memoria puede entrar en conflicto con una historia rectamente entendida: aquella que contempla el pasado en su compleja totalidad y persigue la comprensión antes que la revancha. De ahí que junto al repaso de todo aquello que aún puede hacerse en este terreno –declarar la nulidad de la legislación represiva del franquismo, devolver el patrimonio incautado a los individuos, exhumar cadáveres a petición de los familiares, ordenar los archivos, hacer un museo de la guerra en el Valle de los Caídos– defienda aquí la necesidad de evitar cualquier versión “oficial” del pasado y no digamos la simple proyección sobre el mismo de los valores contemporáneos. Junco admite que el Estado puede limitar las libertades de enseñanza y expresión con objeto de prohibir las mentiras más obvias acerca del pasado, aunque de nuevo pasa por alto que las decisiones del Estado son adoptadas por unos gobiernos tras los cuales hay partidos políticos que se guían por sus propios intereses. A cambio, es difícil no estar de acuerdo con las consideraciones que cierran este notable ensayo: ya que recordar bien es más importante que recordar a secas, solo una aproximación cautelosa a la realidad histórica, cuyo propósito sea el debido conocimiento de su complejidad factual y moral, puede producir el tipo de personalidades abiertas que necesitan nuestras democracias para florecer en lugar de marchitarse. Para abordar un pasado sucio, pues, no hay nada mejor que un presente limpio: la lectura de este libro podría ayudarnos a tenerlo. ~

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