Fue a Granada a buscar a su padre

Malaventura

Fernando Navarro

Impedimenta

Madrid, 2022, 186 pp.

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“Cuando canto, me sabe la boca a sangre”, decía la leyenda del cante flamenco la Tía Anica la Pirañaca, y esa cita suya abre el debut en la narrativa del guionista Fernando Navarro, Malaventura. La invocación al cante no es casual: Malaventura es un libro lleno de personajes con destino trágico, de historias de violencia y tiene más que ver con la imaginación que con la realidad, por mucho que se reconozcan topónimos (Las Negras, Motril, Almería, Murcia, etc.). Hay una delimitación espacial del terreno, de Murcia a Granada, pero todo lo demás se mueve en el terreno de lo literario. Malaventura, de hecho, funda un territorio mítico. Por eso en muchos de los personajes resuenan historias de otros mitos, o se tiene la impresión de que son o podrían ser en realidad historias de la tradición oral recuperadas y compiladas aquí. En parte, gracias al Romancero gitano de Lorca, que convertía en literatura y mito una materia prima no noble; en parte, gracias a toda la tradición del bandolerismo.

Con respecto a la horquilla temporal que parecen recorrer estos cuentos, que en realidad son casi como una novela sin trama, más allá de recrear una atmósfera, podríamos decir que hay una cierta cronología que va desde principios del siglo XX hasta una época más cercana, con la llegada de lo quinqui. Entre otros aciertos, el libro tiene el de mostrar que lo quinqui no es más que la evolución del bandolerismo.

Malaventura tiene mucho que ver con el western, por un lado, el espacio real en el que construye su mitología fue escenario de películas del oeste, y por otro, aquí hay un clima de fundación, de algo que no existe y se está haciendo, por eso no hay ley, salvo la del más fuerte. Es un mundo primitivo en el que la violencia se ejerce de manera indiscriminada hacia mujeres, niños, hombres y animales. Si en las pelis del oeste la ley llega a través del sheriff, en Malaventura aparecerá la guardia civil, como en el Romancero gitano. Hay historias de venganza, como la de un hombre que sobrevive a su ahorcamiento y que sabe que ha estado pendiendo siete días “gracias a las noches, que era cuando el frío me helaba los huevos y estaba más espabilado, más consciente. Sé que se me helaron los huevos siete veces, lo que hacía unos siete días”. Hay desgracias, como el incendio en una escuela al que solo sobreviven siete niños, hay muertes accidentales, lobos que se comen a una mujer y asesinatos despiadados. La referencia a Lorca resulta inevitable por el terreno y la galería de personajes, aunque aquí todo es un poco menos simbólico, menos lírico y más descarnado. Algunos de los relatos se cuentan además desde la perspectiva de niños, solo desde la inocencia del que no sabe exactamente qué es la violencia o el sexo se pueden mostrar en su crudeza. Está también la idea del destino, que aparece en Lorca pero también en las películas del oeste: el destino es uno y hay que afrontarlo. Se explica en el cuento “La Jacoba, que veía el futuro”: “Y entonces te jode la vida la Jacoba porque ya sabes lo que te va a pasar y sabes que no puedes hacer naíca porque la Jacoba lo ha visto en tu mano y eso quiere decir que va a pasar. Y a veces, por intentar que no pase lo que dice la Jacoba que ha visto en la mano, hay gente que ha acabado peor de lo que se veía en la mano.”

La deuda o el homenaje en el estilo y la composición de estos cuentos-capítulos es también con el cante, con el ritmo y la oralidad, de ahí la cita inicial. Uno de los textos, “Martinete”, es casi una canción, solo le faltan las palmas que marquen el palo. El juego de voces y tonos es también un guiño a los palos del flamenco. Otro de los cuentos habla de un traslado de un pueblo anegado por un pantano. El cante no es la única referencia: está el cine. “Yo he visto a un niño llorar”, cuento con furgoneta, recuerda a The last picture show, la película de Peter Bogdanovich basada en la novela homónima de Larry McMurtry, un western crepuscular. En “De tomillo y castañas” hay una atmósfera a lo Bonnie and Clyde en versión quinqui. El cine aparece en el último cuento, “The night they drove old Dixie down”, que es el texto clave y conclusión del libro: es un cuento sobre un hijo que se acuerda de su padre y de las dos veces que fue extra de cine en películas del oeste; justifica el libro y lo explica. Es como si todos esos cuentos que lo preceden fueran ensayos, un pretexto para recordar las dos muertes de su padre, una en la ficción y luego la de verdad: “La última vez que vi a mi padre fue en la cama del hospital. En pijama. Llevaba algunas vendas en el cuerpo. Estaba cansado. Apoyado en el hombro de mi madre. No podía hablar. El bigotón y la barba estaban amarillentos de tantos años de Ducados. Estaba ya muy delgadico. Lo miré un rato. Seguro que le apetecía hacer algún chiste o algo. No tenía fuerzas. Allí me di cuenta de lo que era. De lo que siempre había sido. Un soldado del ejército confederado que había perdido la guerra.” Navarro decía que los cuentos pueden leerse como borradores de guiones para western que el protagonista del último relato no ha llegado a escribir nunca, pero con los que ha fantaseado. Más que Macondo, Fernando Navarro ha creado aquí su Comala particular. ~


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