Historia de un alemán, de Sebastian Haffner

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UNA VIDA PRIVADASebastian Haffner, Historia de un alemán. Memorias: 1914-1939, traducción de Belén Santana, Destino, Barcelona, 2001, 264 pp.En sus Tesis de filosofía de la historia (1940), Walter Benjamin escribe: "La verdadera imagen del pasado pasa súbitamente". Esa imagen, continúa, "relampaguea en el instante". Esa imagen puede ser un hecho escueto. O un conjunto de cifras. También puede ser un relato personal, la crónica de una vida o de una parte de ella. A diferencia de la autobiografía (que exige la reinterpretación de lo vivido), el relato personal se conforma con dar testimonio, con dejar, justamente, que la verdadera imagen del pasado relampaguee en el instante.
     La época de la que se ocupa Historia de un alemán —el lento ascenso y luego triunfo del nazismo en Alemania— es muy rica en relatos de este tipo. Es más: si hay una época que nos siga obligando imperiosamente a la búsqueda de la "verdadera imagen" de ella es, sin duda, ésta. Probablemente nunca se ha escrito tanto sobre una época determinada de la historia del mundo; probablemente, nunca queda tanto por escribir aún. Basta, de hecho, con el descubrimiento (pues de un hallazgo póstumo se trata) de relatos como éste para que se haga necesario traer de nuevo —una vez más— a nuestro presente aquel presente. Su autor, Sebastian Haffner (en realidad, Raimund Pretzel), nació en Berlín en 1907 y emigró a Inglaterra en 1938. Pronto se convertiría en un notabilísimo intérprete de la actualidad bélica. En sus primeros años de exilio escribiría Germany: Jekyll and Hyde. Su obra sería la de un historiador de la Europa de la preguerra que no olvida el oficio de cronista. Escribió una notable biografía de Churchill (1967), otra de Hitler (1978) y, sobre todo, Von Bismarck zu Hitler. Ein Rückblick (1987), quizá su obra más conocida. Haffner murió en 1999. El manuscrito de Historia de un alemán fue hallado entre sus papeles, inédito.
     El texto fue escrito en 1939 para ser traducido al inglés y publicado inmediatamente. Quizá no fuera aquél el momento. Es la historia de un alemán cualquiera, un "ario" más bien de derechas, bastante fiel al retrato que de la clase media alemana hiciera Norbert Elias en Los alemanes o Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Sus vivencias no son las del campo de concentración o del exilio obligado, como es el caso de los Diarios de Anna Frank, o el Harvard-Paper de Karl Löwith, o el impresionante Crónicas del mundo oscuro de Paul Steinberg. Haffner vive el lento ascenso del nazismo como la hecatombe no tanto de la sociedad o la cultura alemanas en general (también fue eso), sino de la vida cotidiana misma y la del delicado tejido de vivencias que, a su alrededor, teje esa misma vida. Es la historia de un "duelo entre dos contrincantes muy desiguales: un Estado tremendamente poderoso y un individuo pequeño". Ese Estado "exige a este particular, bajo terribles amenazas, que renuncie a sus amigos, que abandone a sus novias, que salude de forma distinta a la que está acostumbrado, que coma y beba de forma distinta a la que le gusta […] El particular no quiere hacer nada de eso".
     Haffner escribe, pues, la crónica del terrible impacto que sobre la dimensión privada, intransferible, de la existencia tienen ciertos acontecimientos. Y estos últimos no son, necesariamente, los que cabría pensar. La Primera Guerra, por ejemplo, fue vivida por el Haffner niño como una gran novela de aventuras, leída por entregas (los partes de guerra) y provista de un decepcionante e inesperado final. Los niños de 1914, cuya experiencia de la guerra estaba asociada a un fenomenal juego, serían quienes, con mayor entusiasmo, abrazarían el nazismo.
     Tampoco la Revolución de 1918 incidió sobre la rutina diaria: el ambiente era "irreal", un tiempo de "vacaciones inesperadas": "en cuanto podíamos, nos escapábamos de casa e íbamos en busca de los lugares de combate para ver algo". El primer acontecimiento verdaderamente "histórico" (es decir, capaz de modificar la vida cotidiana) sería la gran inflación del año 1923: "En aquella época toda una generación aprendió —o creyó aprender— que es posible vivir sin lastres […] Una buena escuela preparatoria para el nihilismo". Junto a la desesperación absoluta convivía el júbilo desenfrenado de los que hicieron fortunas rapidísimas mediante la especulación bursátil: "De repente, fueron los jóvenes, y no los viejos, quienes tenían dinero […] Se gastaba como jamás se había hecho antes". Haffner evoca luego con infinita nostalgia el mandato de Stresemann, el periodo comprendido entre 1924 y 1929: "En todas partes había una porción razonable de libertad, calma, buenos salarios y un ligero aburrimiento en la opinión pública. Todos y cada uno habían recuperado su vida privada […] Sin embargo, en aquel momento sucedió algo extraño […]: resultó que toda una generación de alemanes no supo qué hacer con un regalo consistente en gozar de una vida privada en libertad". De hecho, éste es el acontecimiento que marca una cesura en el relato de Haffner: el nazismo fue posible en Alemania en virtud de esta "extraña" renuncia. La indiferencia ante ese bien que podríamos llamar "orden público" habría de provocar el colapso de todo lo demás.
     Hacia el final del libro, ese colapso queda simbolizado en una escena. En 1933, el Tribunal Cameral de Berlín, la más alta y venerable institución jurídica de Alemania, es nazificada. Haffner, prosiguiendo la tradición paterna, trabaja en él como pasante. Un magistrado nazi ocupa el lugar del único miembro judío —expulsado— de la institución. Sus dictámenes son absurdos; su desprecio al minucioso trabajo jurídico, absoluto; su retórica, estúpida. Ninguno de los otrora poderosos jueces del tribunal osa contradecir al patán. Ese día, Haffner comprende que Alemania había desaparecido para siempre.