La imbatible relación costo-beneficio de los libros usados

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Tengo que reconocer que, cuando allá por 2012 me enteré de la apertura de una librería en Madrid que vendía libros al peso, creí que era una total novedad. No había tenido, hasta ese momento, ninguna noticia acerca de otros lugares que hubieran hecho lo mismo. La Casquería —la librería en cuestión— se encuentra dentro del Mercado de San Fernando, en el barrio de Lavapiés, y ofrece precios variados según la sección: hay estantes de 3 euros el kilo, otros de 5, otros de 10…

Unos meses después de la apertura de La Casquería, la librería Ross —un negocio tradicional de Rosario, Argentina— lanzó una iniciativa similar: miles de ejemplares a 20 pesos (por entonces, unos 4,30 dólares) el kilo. Los medios informaban, en aquellos días, que las ventas habían alcanzado los 600 kilos de libros durante el primer mes. La propuesta no bastó para salvar el negocio familiar, que fue adquirido por la cadena Cúspide un par de años después.

Tal como me había pasado a mí con La Casquería, un medio rosarino vio en esta una “modalidad absolutamente novedosa”. Sin embargo, la práctica de la venta de libros al peso se remonta al menos hasta varias décadas atrás.

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Ya en la década de 1930 la editorial Tor, de Buenos Aires, había recurrido a esta técnica. Ofrecía, por entonces, un kilo de libros a 1 peso y dos kilos a 1,50. La Academia Argentina de Letras, flamante en ese entonces (se fundó el 13 de agosto de 1931) pero desde el principio tan correcta, puso el grito en el cielo cuando vio la balanza y los carteles de oferta en plena calle: los libros no podían venderse, según esa institución, como si fuera carne o verduras.

Un perfil de la poeta uruguaya Ida Vitale recuerda que, cuando era niña, visitaba una librería “que compraba y vendía libros al peso, permitiéndole, a la incipiente bibliófila, hacer inestimables negocios”. Vitale nació en 1923, de modo que estamos hablando más o menos de los mismos años.

Y Cortázar, en el capítulo V de su novela El examen, escrita en 1950, dice que su alter ego Andrés Fava se acuerda “de las librerías de lance, de la venta de libros por kilo. Así había comprado O’Neill, Veinte poemas de amor, Hijos y amantes. Irse a un café. (‘Mozo, un café y un cuchillo, por favor’) abrir los libros, pregustarlos, ser feliz, tan feliz. Los días eran altos, y las desdichas ayudaban tanto a la felicidad”.

Son apenas tres referencias, detectadas casi al pasar. Supongo que habrá una cantidad innumerable. Evidentemente, la venta de libros por peso no fueron una novedad de 2012, como lo creímos yo y el redactor del diario rosarino.

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El blog español Pseudópodo se preguntó, hace algunos años, cuánto costaba el kilo de libro. No del que se vende al peso, claro, sino del que se comercializa de forma tradicional. Tomó los últimos libros que había comprado, los dividió en tres categorías y calculó el precio promedio del kilo en cada una de ellas. Según sus resultados, le costó unos 49 euros el kilo de novedades, 39 euros el de libros de bolsillo y 13 euros el de libros usados o de ocasión.

No conforme con eso, quiso calcular después el precio por palabra. Estimó la cantidad de palabras de cada uno de sus libros: multiplicó la cantidad de palabras por línea por la cantidad de líneas de cada página, y luego ese resultado por el número total de páginas. Imaginó una suerte de libro estándar, de unas 100 mil palabras de extensión. Entonces calculó, a partir de los precios que había pagado, cuánto cuesta un libro estándar de cada una de las tres categorías. Según estas cuentas, un ejemplar estándar de una novedad cuesta casi 19 euros. Uno de bolsillo, poco más de 8 euros. Usados o de ocasión, 2 euros y medio cada uno.

Los que compramos libros con cierta frecuencia sabemos que esos resultados se condicen mucho con la realidad. Y sabemos también que ciertos libros de ocasión logran la más extraordinaria relación entre costo y beneficio: a cambio de muy poco dinero, largas horas de lectura. Ser felices, tan felices, diría Cortázar.

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Leer —según afirmaba el escritor Rafael Reig en una diatriba contra el libro electrónico en 2010— es “demasiado barato y sencillo (desde el punto de vista empresarial)”. Luego se explayaba:

“Los libros no son caros y, por si fuera poco, se pueden prestar, sacar de una biblioteca, comprar usados en una librería de lance, etc. Además no se estropean: yo le leí a mi hija el mismo ejemplar de Mark Twain que nos leyó mi madre a todos los hermanos. Ese Tom Sawyer de tapas amarillas lo hemos leído ya, por el mismo precio, más de treinta personas. Impreso en 1944, aún sigue ‘funcionando’.”

El precio de los libros —tema del que hemos hablado alguna vez aquí—, una vez cubiertos los costos “reales” (producción, distribución, etc.), es muy subjetivo. Un amigo cuenta una anécdota muy divertida. Cuando era niño, tomó un libro de su padre, un libro que creía que tenía mucho valor, y, sin permiso, lo llevó a una librería de viejo y lo canjeó por unas revistas de historietas. Un rato después de la travesura, lo abrumó la culpa. Tras juntar valor, habló con su padre y le confesó lo que había hecho.

—¿Y qué te dieron a cambio? —preguntó el padre.

—Dos Patoruzitos.

—Ah, muy bien, hijo, hiciste negocio.

Un “inestimable negocio”, sin dudas, como aquellos que también hacía Ida Vitale en su niñez.

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A otro amigo se le ocurrió que ciertos productos son demasiado baratos o demasiado caros en relación con su duración. La sal, el detergente de lavar los platos, las cajitas de infusiones o los mecheros son en general muy baratos y duran semanas o meses o incluso años. Por el contrario, el azafrán, las entradas para algunos conciertos musicales, la consulta con un abogado y los pasajes de avión son carísimos y proporcionan algo que se acaba enseguida. Mi amigo, cuando se pone radical, opina que, como una botella grande de detergente lavaplatos y un teléfono celular le duran más o menos lo mismo, deberían costarle más o menos el mismo dinero.

A veces da la sensación de que la industria editorial emplea esta misma lógica y, al establecer el precio de los libros, piensa en los hombres como Rafael Reig, que les leen a sus hijas los mismos ejemplares que sus madres les leyeron a ellos y sus hermanos. Si por el mismo precio los van a leer más de treinta personas, parecen decirse, tienen que ser caros. Y así es como algunos libros cuestan lo que cuestan.

Cada tanto, por suerte, tenemos la posibilidad de ver qué pasa cuando los libros son baratos. En estos días, la librería El Vitral, de Buenos Aires, anunció liquidación final por cierre: remata sus existencias a tres libros por 10 pesos argentinos (65 centavos de dólar). Para poder acceder, hay que ir por la mañana para tratar de obtener uno de los mil turnos diarios. Por la tarde, hay una cola de más de cien metros de gente que espera para entrar. No creo que nadie, en esta ocasión, se tome el trabajo de calcular por cuántos pesos o centavos de dólar dejó ir El Vitral cada uno sus volúmenes. Lo que parece claro es que la felicidad a veces sí cuesta poco.