La otra historia de la tecnología

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Naief Yehya

Pornografía. Obsesión sexual y tecnológica

México, Tusquets, 2012, 348 pp.

 

En la década de los setenta, mientras los científicos probaban maneras de transmitir enormes volúmenes de datos en su red de comunicaciones digitales, alguien tuvo la idea de utilizar alguna de las imágenes de alta calidad que publicaba la revista Playboy a fin de realizar experimentos de escaneo y transferencia. Para tales efectos, eligieron la foto de una chica llamada Leena, playmate de noviembre de 1972, cuyas peculiaridades en rango de color, enfoque y detalle resultaron óptimas para los estudios y a la larga ayudaron a desarrollar los estándares de compresión de imágenes que aún utilizamos hoy día. Sobra decir que en el principio de este adelanto tecnológico, y de la serie de avances que dieron origen a la revolución de la World Wide Web, estuvo la foto de una señorita sin ropa.

La anécdota no es menor (ni representa un hecho aislado) si tomamos en cuenta que nadie mejor ha entendido los alcances de cualquier innovación tecnológica como los elaboradores y consumidores de pornografía. La historia es larga y abarca una gran cantidad y variedad de soportes. De los manuales escritos por doctores taoístas en el siglo II a. C. al empleo indiscreto de los teléfonos inteligentes, la representación de órganos y actos sexuales parece inseparable de nuestra historia como especie que produce objetos. Pornografía. Obsesión sexual y tecnológica, el libro donde Naief Yehya describe las espinosas relaciones entre tecnología y porno, es la documentada exploración de esta historia.

Dedicado desde hace años al estudio del tema, Yehya (ciudad de México, 1963) ha querido trazar el desarrollo del género “maldito” desde su uso como material de disidencia en la era de la imprenta hasta su banalización y adopción como mero entretenimiento mainstream. El rango abarca lo social y lo político, pero también lo estético y lo tecnológico. No es verdad que la pornografía se reduzca a los territorios del consumo íntimo: hay una historia y un contexto que hacen posible sus significaciones, pero también la facilidad o dificultad con que tenemos acceso a ella. Más que la presencia del sexo, si algo define a la pornografía son las fuerzas sociales, legales, morales e intelectuales que entran en tensión una vez que la etiqueta de “porno” ha sido colocada sobre un producto. Y ya sabemos que la categoría de lo porno es omnívora, según ha señalado John Ellis, y suele devorar a “cualquier representación sexual que alcance cierto grado de explicitud”.

El autor identifica dos grupos en pugna que a lo largo de los siglos han sido representados por una variada gama de personajes públicos: religiosos, autoridades políticas y feministas versus escritores eróticos, científicos con interés en el sexo, autores y consumidores de pornografía, entre otros. Los detalles de estos enfrentamientos, así como el papel que ha desempeñado el desarrollo tecnológico en la propagación de materiales obscenos, son la columna vertebral de este trabajo. Más que la interpretación de la imagen pornográfica, el autor ha preferido la revisión histórica. Así, el libro termina siendo un retrato múltiple (pedagógico por un lado, divertido por otro, en no pocas ocasiones lúcido) de las hostilidades entre la producción de pornografía y la necesidad, no me- nos vigorosa, por contenerla.

El ensayo examina diversos tópicos de lo porno para ofrecer esta panorámica: las dificultades para definir lo obsceno, el ascenso de las representaciones gráficas de la sexualidad, el nacimiento del cine hardcore, el estudio científico de la perversidad, el papel del feminismo, las consideraciones sobre la masturbación y toca incluso la vertiente económica de una industria sobre la que todos están seguros que genera muchos millones de dólares, pero nadie está en posición de calcular sus ganancias. Yehya pasa revista también de los géneros extremos, las prácticas fuera de los círculos comerciales, la supuesta cosificación de la mujer y se toma tiempo para desmontar los malentendidos o de plano las contradicciones y mentiras alrededor de asuntos que suelen poner susceptibles a nuestras sociedades, como el cine snuff o la pornografía infantil.

De todas las condenas contra la libre difusión de las fantasías sexuales, la que Yehya ataca con mayor pasión es la proveniente del círculo feminista, quizá porque se trata de un discurso que maquilla con progresismo argumentos que en realidad son de índole censora. Más que un asunto de moralidad, la crítica feminista antiporno interpreta la producción, consumo y tolerancia de la industria XXX como una práctica política de sometimiento de la mujer y puede, a partir de esa lectura, abogar por su desaparición. En esta lucha, las dos estrellas principales, por su virulencia y presencia escénica, han sido Andrea Dworkin y Catharine MacKinnon, para quienes incluso la supuesta neutralidad de la jurisprudencia respecto al porno ya es en sí una postura “masculina”. Para ellas, los daños que produce la pornografía tienen más peso que las libertades a las que se apega. Aunque expresados con ímpetu, los argumentos de este feminismo antiporno pueden ser rebatidos cuando se les quiere analizar con seriedad. Así procedió J. M. Coetzee en su esclarece- dor ensayo sobre Catharine MacKinnon (“Los daños de la pornografía”), donde demostró que si bien el porno puede ser entendido como una teoría de la opresión ello no significa que la opresión real contra las mujeres sea una práctica de esa teoría. Yehya, que en un principio discute las tesis feministas (aunque sin la paciencia del Nobel sudafricano), rápido decanta por el lado histriónico del asunto:

• MacKinnon se aprovecha de la otrora luminaria porno y luego renacida mujer de bien Linda Lovelace para exhibirla como freak de su campaña antipornografía (p. 184).

• Andrea Dworkin denuncia públicamente una violación, cuyos delirantes detalles hacen pensar que en realidad esta nunca sucedió (p. 207).

• Algunas feministas desaprueban el sadomasoquismo por ser “un reflejo del mundo patriarcal” (p. 253).

• Muchas feministas rechazan el travestismo masculino y consideran la transexualidad una treta más de los hombres para conservar el poder (p. 256).

• Durante la proyección de la cinta Snuff en 1976, diversas organizaciones feministas ven la oportunidad de estar de nuevo en la mira pública y salen a protestar (p. 260).

• El exdetective Yaron Svoray se lanza a una búsqueda enloquecida de películas snuff alrededor del mundo, después de una conversación con la feminista Catharine MacKinnon (p. 266).

Aceptémoslo: algunas integrantes de círculo tienden a ponerse algo briosas y les da por simplificar el mundo en intereses masculinos y femeninos, pero todo ello puede dirimirse en una argumentación. Acudir a los detalles anecdóticos supone adoptar la tramposa estrategia que el mismo Yehya advierte de las feministas antiporno cuando decidieron apropiarse de la historia de Linda Lovelace. En mi opinión, acudir a los excesos del censor o del pornógrafo desvía el debate, y sirve más bien para apoyar las opiniones hechas respecto a alguno de estos dos grupos.

Pese a ese detalle, hay que reconocer la amplitud con que Yehya quiere presentar el fenómeno pornográfico a fin de entender su preeminencia en una sociedad, como la actual, que ha querido llevar la búsqueda de placer al punto más alto de la pirámide de Maslow. No es solo que el porno exponga “cómo nos usamos y explotamos de las maneras más desesperadas posibles”, según la conocida afirmación de Ballard, sino que suele ser un buen espejo del sistema (moderno, capitalista, simuladamente progresista) bajo el cual se produce. ~

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