El arqueólogo de un país que es un solo sitio arqueológico. Entrevista a Eduardo Matos Moctezuma

El pasado octubre, Eduardo Matos Moctezuma recibió el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales. En esta conversación recorre algunos momentos significativos de su trayectoria como arqueólogo y ofrece su punto de vista sobre la situación de la disciplina en el México actual.
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El pasado octubre, Eduardo Matos Moctezuma recibió el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, según el dictamen del jurado, por reconstruir el pasado mesoamericano y “para hacer que dicha herencia se incorpore con objetividad y libre de cualquier mito”. Nacido en la Ciudad de México en 1940, Matos Moctezuma se graduó como arqueólogo en la ENAH y es maestro de ciencias antropológicas por la UNAM. Su invaluable labor en instituciones, la divulgación, la investigación académica y, sobre todo, proyectos emblemáticos como el del Templo Mayor corroboran el carácter polifacético de Matos, a quien también se le atribuye la apreciación de que en México existe un solo sitio arqueológico: el país entero. En esta conversación recorre algunos momentos significativos de su trayectoria como arqueólogo y ofrece su punto de vista sobre la situación de la disciplina en el México actual.

¿Cómo observa usted su propio pasado? ¿Ve en su niñez –en la afirmación de su madre de que era descendiente del emperador Moctezuma o en sus estancias en Venezuela y Panamá– algún indicio que lo llevara a la arqueología o al estudio del pasado?

Para un arqueólogo, observar su propio pasado es como hacer la arqueología de uno mismo. Sin embargo, la verdad es que nunca me preocupó si era descendiente o no del tlatoani Moctezuma. El único indicio que recuerdo en relación a algo que me remontara al pasado fue que, cuando vivíamos en Panamá, pues mi padre Rafael Matos Díaz era embajador de República Dominicana en aquel país, mi madre nos leía por las noches a mi hermano Rafael y a mí –yo tendría como ocho años– El origen de las especies de Charles Darwin. No sé si su intención era que nos durmiéramos, lo que pronto conseguía, o si trataba de ilustrarnos sobre el proceso evolutivo, o ambas cosas.

¿Cuáles fueron sus primeras lecturas? ¿Cómo fue su relación temprana con los libros?

Mi padre nos compraba libros para niños y algunos para jóvenes. Recuerdo los títulos de Cuentos armoricanos y Cuentos coreanos. Eran relatos con pasajes interesantes y en ocasiones curiosos. Más tarde compró un buen número de los Breviarios del Fondo de Cultura Económica en los que podía leer sobre temas diversos. De igual manera me dediqué a leer historias de santos de la iglesia pues como a los trece años se me despertó el interés por ser hermano lasallista, pues había estudiado en Panamá con estos religiosos. Pero al llegar a los quince años vino un cambio fundamental en mi vida: leí a Kafka y su Metamorfosis; a Hermann Hesse y El lobo estepario; también La montaña de los siete círculos del fraile trapense Thomas Merton; otras lecturas vinieron a ampliar mi panorama y entonces perdí aquel interés de ser religioso. Me cuestioné severamente sobre la existencia de Dios y una noche salí a caminar y tomé una decisión: lo que de ahí en adelante hiciera o dejara de hacer sería mi responsabilidad. Nada de que “Dios lo quiso” o cosas por el estilo. Al día siguiente me sentí la persona más libre del mundo y dueño de mis actos. Es lo que he llamado mi primer rompimiento, el romper con las ataduras de la religión. Después vendrían otros más.

Ha contado que, de joven, su interés por la arqueología vino de leer sobre Egipto, ¿qué lo hizo pensar que sería la profesión de su vida?, ¿cómo empezó a interesarse en la historia mexicana?

Cursaba el segundo año del bachillerato y no había definido lo que iba a estudiar. Mis padres estaban preocupados y yo también. Un buen día mi amigo el doctor Luis Vargas me prestó el libro Dioses, tumbas y sabios, de C. W. Ceram. Trataba de diversas sociedades antiguas como Egipto, Mesopotamia y otras más. La primera fue la que me apasionó. Fue ahí donde decidí ser arqueólogo. Se lo comuniqué a mis padres y recuerdo que mi mamá, un tanto inquieta, me dijo:

–Eduardo, ¿dices que la escuela de antropología en la que deseas entrar las clases son solo en las tardes?

–Así es.

–¿No sería bueno que en las mañanas llevaras cursos en la Escuela Bancaria y Comercial?

Evidentemente me estaba dando a entender que como arqueólogo me moriría de hambre. Fui a ver a mi amigo y le conté todo esto. Me dio una respuesta que decidió mi futuro:

–Pues sí, a lo mejor te mueres de hambre, pero te vas a morir muy contento porque estudiaste lo que tú quisiste…

Sabias palabras. Al poco tiempo me inscribía en la Escuela Nacional de Antropología e Historia que por entonces estaba en el antiguo Museo Nacional de Antropología en la calle de Moneda. Era el año de 1959.

¿Qué recuerdos tiene de su paso como estudiante en la ENAH?

Muchos y muy gratos. Lo primero fueron mis maestros. El primer semestre llevé el curso de arqueología general con José Luis Lorenzo, quien dictaba la clase enfocada a la prehistoria europea. Buena clase. La antropóloga física Johanna Faulhaber me dio el curso de antropología física general, que resultó apasionante. Javier Romero dictó la clase de lingüística y la doctora Calixta Guiteras, etnóloga, daba el curso de etnología general. Ella era cubana y nos mantenía informados acerca de los avances de la Revolución, pues por aquel entonces Fidel Castro acababa de entrar en La Habana y se presentaba como una esperanza antiimperialista. Años después esa imagen se disipó.

En el segundo año de la carrera tuve una novia a la que debo una lectura que me impactó: Cartas a un joven poeta de Rainer Maria Rilke. Fíjate que curioso: dos lecturas fueron importantes en mi vida y marcaron mi derrotero: la lectura que me llevó a la arqueología, es decir, a fijar mi vocación, y la de Rilke, que me llevó a conocer mi interior. De ahí parte lo que siempre he dicho de mí mismo: en mí hay una dualidad, aquella que me formó en el campo del rigor académico a través de la arqueología y la otra que me hizo percibir mi sensibilidad interior y todo lo que ello implica.

Ante diversos críticos, usted ha defendido la importancia de la ENAH para la sociedad mexicana. ¿Cuál es la situación que usted percibe en la institución en estos momentos y por qué vale la pena apoyarla?

Siempre he defendido a mi alma mater y hay razones para ello. Allí se forman investigadores cuyo objetivo es el estudio del hombre, de las sociedades. Imagínate la importancia que tiene ese saber que, aunque suene trillado, es el conocernos a nosotros mismos. La antropología lleva a cabo ese estudio a partir de las ramas que la conforman: la antropología física, que atiende el conocimiento de los individuos como seres humanos, su genética y sus características físicas; la lingüística, es decir, el conocimiento del lenguaje y las diversas lenguas que sirven como medio de comunicación; la etnología, o sea las poblaciones actuales indígenas y la antropología social; finalmente la arqueología, que estudia a las sociedades del pasado y sus procesos de desarrollo.

Esta concepción de la antropología parte de principios del siglo XX, cuando existió un antecedente de la ENAH que fue la Escuela Internacional de Arqueología y Etnología Americana, con sede en México. Allí se formó don Manuel Gamio, quien más tarde se graduó en la Universidad de Columbia y llevó a cabo el primer proyecto inter y multidisciplinario dentro de la Dirección de Antropología, que formaba parte de la Secretaría de Agricultura y Fomento, dirigida por entonces por Pastor Rouaix. Gamio partió para su investigación de dos categorías fundamentales: población y territorio. Había dividido el país en once regiones, no tanto por sus límites políticos, sino por sus características culturales. Escogió la región del centro, formada por el Estado de México, Puebla, Tlaxcala e Hidalgo, y como representativo de ellos el Valle de Teotihuacan. El programa que emprendió se conoce como “La población del Valle de Teotihuacan”. Para la investigación invitó a participar a un grupo de especialistas reconocidos en diferentes campos del conocimiento y planteó el estudio desde la época prehispánica, la etapa colonial y la moderna, analizando de manera integral los distintos componentes: desde la geografía, la economía, costumbres, arquitectura, leyendas, danzas, etc., en cada una de las etapas. Inició el estudio en 1917 y en 1922 se publicaban los resultados en tres tomos que atendían las etapas señaladas. Así nacía el concepto de la antropología formado por aquellas disciplinas que aún perduran en la enseñanza de la ENAH.

Hay otra razón importante para defender a la ENAH. Pese a ser una escuela de pocos alumnos –si la comparamos con las grandes facultades universitarias–, la ENAH ha formado a por lo menos diez premios nacionales: Ignacio Bernal, arqueólogo; Santiago Genovés, antropólogo físico; Pablo González Casanova, historiador; Rodolfo Stavenhagen, antropólogo social; Román Piña Chan, arqueólogo; Eduardo Matos Moctezuma, arqueólogo; Margarita Nolasco, etnóloga y antropóloga social; Roger Bartra, antropólogo social; Antonio García de León, lingüista; Salomón Nahmad, antropólogo.

Por todo lo anterior, considero que el apoyo a la ENAH debe prevalecer pues de eso depende en mucho que sus egresados reciban una formación adecuada que los capacite para la investigación. Un país como el nuestro, rico en vestigios prehispánicos, coloniales e históricos, que encima está compuesto por una población heterogénea desde la perspectiva económica y social, además de contar con un acervo cultural invaluable, merece que los estudiosos del pasado y del presente tengan una preparación de excelencia.

¿Cómo se involucró en el proyecto del Templo Mayor y qué representó ese descubrimiento en la historia de la arqueología en México?

Corría el año de 1977 cuando don Gastón García Cantú fue nombrado director del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Por aquel entonces yo era jefe del Departamento de Monumentos Prehispánicos, dependencia que tenía a su cargo todos los sitios arqueológicos del país. Tuve mi primer acuerdo con el nuevo director y don Gastón me nombró presidente del Consejo de Arqueología. Este organismo estaba presidido por don Ignacio Bernal y su función era la de aprobar, en su caso, todos los proyectos de investigación en materia arqueológica tanto nacionales como extranjeros. Esto se derivaba de la ley del patrimonio de 1972, en la que se establecía que correspondía al INAH llevar a cabo trabajos de excavación arqueológica en México. Cualquier trabajo de esta índole tendiente a obtener bienes arqueológicos sin el permiso de la institución constituía un delito. La importancia del consejo era, pues, evidente. Asumí el cargo y lo primero que hice fue elaborar las normas a las que debían sujetarse los investigadores para efectuar sus trabajos.

Pasaron seis meses. Medité mucho acerca de mis funciones y tomé una decisión: fui a ver al director para expresarle que deseaba volver a la investigación. Don Gastón no salía de su asombro y me dijo:

–Pero Matos, ¿se da cuenta de que este puesto lo desearían muchos de sus colegas por su importancia?

–Así es, don Gastón, pero ya lo tuve y prefiero investigar.

–Bueno, espero que lo haya pensado bien. ¿Y qué quiere hacer?

–Llevar a cabo un recorrido por Tepeapulco, sitio del estado de Hidalgo. También deseo continuar con mis estudios de doctorado en la UNAM.

–Sé que tiene interés en los mexicas. Le ofrezco que colabore en un proyecto que el museógrafo Iker Larrauri desea emprender en las ruinas del Templo Mayor que están en la esquina de las calles de Argentina y Guatemala.

Estos vestigios habían sido excavados por Gamio en 1914 y había llegado a la conclusión de que pertenecían al principal edificio mexica. Acepté el ofrecimiento. El director me pidió que esperara un tiempo al frente del consejo para definir quién sería mi sucesor. Lo importante para mí fue que, después de un autoanálisis, tal como había ocurrido con mi primer rompimiento, ahora se presentaba el segundo: romper con el poder que para mí representaba ser presidente del consejo. Di aquel paso sin titubeos y con clara percepción de lo que quería.

Eso sucedió en agosto de aquel año. Pasaba el tiempo y no ocurría nada. Volví con don Gastón y le recordé lo que habíamos platicado. Me respondió que lo tenía muy presente y que ya tenía en mente a mi sucesor. Era mi maestro José Luis Lorenzo. Aproveché el momento para pedirle permiso de asistir a un congreso de arqueología en Panamá que se celebraría en febrero de 1978. Me concedió el permiso. Viajé a Panamá en la segunda semana de febrero y, al subirme al avión de regreso a México, tomé un periódico mexicano en el que se daba la noticia del hallazgo de una importante escultura cerca del Zócalo capitalino. Pensé que eran exageraciones de la prensa.

Al llegar a mi casa mi esposa me dijo que me habían buscando del INAH, que era muy importante y que me presentara el lunes siguiente. Así lo hice. Al llegar, la secretaria de la dirección me dijo que me necesitaban porque había una junta de gran importancia. Entré a la oficina de don Gastón en donde, en efecto, había una reunión. Cuando me vio entrar el director se levantó y salió a mi encuentro:

–Eduardo –me dijo–, ¿ya estuvo en Guatemala?

–No, don Gastón, el congreso fue en Panamá.

–No. Me refiero a la calle de Guatemala. Salió una escultura muy importante.

El director me notificó que habían comenzado los trabajos de rescate en el lugar del hallazgo por parte del Departamento de Salvamento Arqueológico a cargo de Ángel García Cook y que una vez que terminaran con su labor yo me responsabilizaría de las excavaciones. De inmediato me di a la tarea de preparar los principios que regirían el proyecto de investigación, el cual tendría un carácter inter y multidisciplinario, contando con el apoyo de los laboratorios de Prehistoria entre cuyo personal se encontraban geólogos, químicos, biólogos y otros especialistas. Los trabajos comenzaron un mes después, el 20 de marzo de 1978.

Cortesía: Eduardo Matos Moctezuma

Durante el proyecto, ¿tuvo que tomar decisiones difíciles en torno a qué priorizar: el patrimonio virreinal o la excavación extensiva del recinto sagrado?

No hubo esta disyuntiva, ya que la mayoría de los edificios ubicados sobre el Templo Mayor y áreas adyacentes pertenecían a la primera mitad del siglo XX. Esto se pudo constatar en el catálogo de monumentos elaborado por el arquitecto Manuel Sánchez Santoveña, en donde se describían los inmuebles de aquella zona. Solo uno de ellos, sobre la calle de Guatemala, tenía elementos coloniales, mismos que fueron recuperados por el Departamento de Monumentos Coloniales a cuyo frente estaba Efraín Castro Morales. Además, se contó con el Consejo de Monumentos, que se conformaba con la representación de arquitectos especialistas de varias dependencias: la Escuela de Arquitectura de la UNAM, la Dirección de Arquitectura del INBA, Monumentos Coloniales del INAH, Colegio de Arquitectos, la Secretaría de Asentamientos Humanos y Obras Públicas, el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM y alguna otra dependencia.

Cortesía: Eduardo Matos Moctezuma

En uno de sus libros, afirma que para aproximarnos a lugares como el Templo Mayor hay que acudir a dos ramas del conocimiento: la historia escrita y la arqueología. ¿Qué aspectos del pasado ilumina cada una de ellas y cómo se complementan?

Desde que planteamos los principios que regirían nuestra investigación manifesté cómo la arqueología y las fuentes históricas eran fundamentales y se complementaban para poder entender lo que representaba el principal edificio de Tenochtitlan. La arqueología nos ponía frente a frente con la obra de quienes habían edificado las distintas etapas constructivas del templo y, más aún, conocer acerca de las ofrendas que habían sido depositadas en honor de sus dioses. Recordemos que este edificio estaba compuesto por dos partes, una dedicada a Huitzilopochtli, dios solar y de la guerra, y otra a Tláloc, dios de la lluvia y la fertilidad. Lo anterior guardaba relación con la dualidad vida y muerte. Las fuentes históricas, por otro lado, nos informaban acerca de las características del templo mismo por medio de descripciones, códices, anales, etc., de quienes lo observaron o que más tarde contaron con la palabra de indígenas que actuaron como informantes. Así, tanto los cronistas soldados (Cortés, Bernal Díaz, Andrés de Tapia y otros) como los cronistas frailes (Sahagún, Durán, Torquemada y muchos más), además de algunos cronistas civiles, fueron fundamentales para profundizar en los arcanos de un templo que para la sociedad mexica representaba el centro de su universo.

¿Cómo escribe usted sus libros?

Me apasiona escribir. La mayoría de las veces escribo varios temas al mismo tiempo: avanzo un poco en uno y me paso al otro, aunque hay libros que empiezo a escribir y los dejo por un rato para después volver a retomarlos. Fue el caso de mi Historia de la arqueología del México antiguo en la que tardé mucho tiempo pues era una investigación que requería buscar datos en otros libros, en archivos o consultar a personas. He publicado una enorme cantidad de artículos sobre temas diferentes y en la revista Arqueología Mexicana propuse tener una sección que denominé “Mentiras y verdades”, en la que atendía una buena cantidad de situaciones relacionadas con la arqueología y la historia. Algunas de ellas las escribía en función de alguna efeméride significativa y siempre con la idea de desmitificar datos que muchas gentes daban como verdades y no lo eran. Finalmente reuní todo lo escrito y salió el libro Mentiras y verdades en la arqueología mexicana. Seguí colaborando en la sección que ahora lleva el nombre de “Anecdotario arqueológico”. Con estos breves ensayos, pues eran de dos páginas cada uno acompañados de ilustraciones, aprendí a sintetizar la información para ofrecer lo sustancial de los temas. Creo que tuvo buen impacto pues los colegas me comentaban sobre este o aquel artículo.

¿Cuáles de sus trabajos, publicaciones o proyectos son los que le han dejado las mayores satisfacciones?

Aquí es necesario aclarar algo. Son tres los temas de investigación que he seguido a lo largo de mi vida académica: la historia de la arqueología, la muerte en el México prehispánico –concretamente entre los mexicas– y lo relativo al Templo Mayor. También he desarrollado otros temas, incluso estudios de cultura popular actual. Pero esos tres son los que han acaparado en mayor medida mi atención.

En cuanto a la pregunta, debo confesar que el del Templo Mayor es el proyecto que más me ha satisfecho, pues me correspondió iniciarlo y establecí los principios sobre los que se asentaba la investigación. Conté con excelentes colaboradores como el doctor Leonardo López Luján, hoy al frente del Proyecto Templo Mayor y quien desde los dieciséis años de edad se incorporó a nuestros trabajos; Raúl Barrera, encargado del Programa de Arqueología Urbana; el antropólogo Juan Román y los arqueólogos Carlos González, Salvador Guilliem, Francisco Hinojosa, Bertina Olmedo y otros más. Más tarde se sumaron nuevas generaciones como Adrián Velázquez, uno de los mejores conocedores de materiales de concha y caracoles; Emiliano Melgar, estudioso de la lítica. Cuando dejé en manos de Leonardo la dirección del Proyecto Templo Mayor en 2007, se sumaron varios jóvenes investigadores que bajo su liderazgo han alcanzado logros memorables. Recordemos que hace apenas unos años se le otorgó el Premio Shanghái como el mejor proyecto de investigación. También destacan las restauradoras que ayudaron en la conservación de los restos obtenidos. Allí están María Luisa Franco, Vida Mercado, Bárbara Hasbach, Lourdes Gallardo Parrodi, María Barajas y Mariana Díaz de León, actual jefa de restauración del Templo Mayor. Resulta difícil mencionarlos a todos. Actualmente el museo está dirigido por una excelente arqueóloga, Patricia Ledesma.

Gracias a este proyecto y a algunos otros trabajos llegaron algunos reconocimientos: las Palmas Académicas, la de Officier de l’Ordre des Arts et des Lettres y la Ordre National du Mérite, todas de Francia. Recibí el doctorado honoris causa en Ciencias de la Universidad de Colorado, Boulder. En el año 2000 se me nombró investigador emérito del INAH y en 2007 recibí el Premio Nacional de Ciencias y Artes en la rama de Historia, Ciencias Sociales y Filosofía. Años después se me otorgó la “Mención de Honor” en el 54º Congreso Internacional de Americanistas celebrado en Viena; el Instituto Arqueológico Alemán me designó miembro honorario y la University College de Londres honorary professor del Instituto de Arqueología, en 2009. La Society of Antiquaries of London me nombró miembro, junto con Leonardo López Luján, en 2013. La UNAM me otorgó el doctorado honoris causa en 2017 y un año antes la Universidad de Harvard instauró la cátedra “Eduardo Matos Moctezuma Lectures Series”. En 2022 se me nombró miembro de la American Society of Arts and Sciences y el 18 de mayo de 2022 el jurado del Premio Princesa de Asturias me reconoció en la rama de Ciencias Sociales.

Menciono todo esto porque considero que es la manera en que la academia tiene de valorar los alcances e importancia de una investigación o de la labor desarrollada a lo largo de los años. Como lo declaré en su momento, estos galardones no solo son para una persona, sino para los maestros que nos formaron y las instituciones en las que hemos podido desarrollar nuestro trabajo; más aún, abarcan también a aquellas personas que han hecho posible que esos trabajos se llevaran adelante.

En cuanto a las publicaciones debo decir que, en primer lugar, mi interés por la historia de la arqueología se manifestó cuando era yo estudiante de la ENAH. Recuerdo que empecé una serie que llamé “Raíces de la antropología” o algo así, hecha en mimeógrafo. Creo que solo salieron dos trabajos, uno de ellos un breve artículo de don Jesús Galindo y Villa. Entre los primeros libros está uno al que profeso especial cariño, pues fue el inicio de mi pasión por el tema de la muerte: Muerte a filo de obsidiana, que hoy cuenta con catorce reediciones por parte del Fondo de Cultura Económica. Por aquel entonces preparé una antología sobre don Manuel Gamio que llamé Manuel Gamio, arqueología e indigenismo. Ambos libros fueron publicados en su primera edición en la serie de la Secretaría de Educación Pública SepSetentas.

Dentro de este rubro, debo señalar que entre mis libros favoritos están –además del ya mencionado Muerte a filo de obsidiana– La muerte entre los mexicas (Tusquets) –cuyo capítulo i me parece particularmente importante– y la Historia de la arqueología del México antiguo, originalmente publicado por el INAH y Jaca Book de Milán con el título de Arqueología del México antiguo. Muy especialmente considero el libro Escultura monumental mexica, que escribimos el doctor López Luján y yo. Una obra que me encantó escribir fue Grandes hallazgos de la arqueología (Tusquets), en donde hablo de cinco tumbas excavadas. Comienzo con la tumba de Tutankamón, hallada por Howard Carter en 1922; le sigue la del emperador chino Qin Shi Huangdi con sus ocho mil figuras de terracota; incluí la tumba 7 de Monte Albán excavada por Alfonso Caso a principio de los años treinta del siglo XX; no podía faltar la tumba de Palenque encontrada por Alberto Ruz a mediados del mismo siglo y termino con los trabajos en el Templo Mayor tendientes a localizar los restos de los últimos tlatoanis mexicas, a cargo de Leonardo López Luján.

No son los únicos. Podría mencionar otros más, así como un buen número de antologías, artículos, reseñas, guías y catálogos, pero con lo dicho doy una idea general de mis escritos.

Cortesía: Eduardo Matos Moctezuma

¿Qué posición tiene respecto a la tradición nacionalista de nuestra arqueología?

Siempre he sostenido que México es un país de una enorme tradición arqueológica. Esta tradición cobra impulso con la Independencia y se consolida al paso de los años. Se diversifica en pleno siglo XX y podemos ejemplificarla con la construcción del Museo Nacional de Antropología en el Bosque de Chapultepec en 1964. Fue una obra en la que quedó plasmado el pensamiento que sobre arqueología e indigenismo predominaba en aquel momento. En la primera sala sobresalen secuencias cerámicas de las diferentes culturas mesoamericanas y, en la segunda, las expresiones materiales de los distintos grupos originarios. Es interesante lo que planteó Octavio Paz acerca de las salas de arqueología. Decía que había un aztequismo que daba predominancia a esa cultura. Tenía razón. Si vemos la distribución de las salas, notamos que comienzan con una visión de la antropología y otra de Mesoamérica para de ahí pasar a la secuencia del centro de México: los orígenes, el Preclásico, Teotihuacan, los toltecas, y culmina en la mayor sala dedicada a los mexicas. Es la única que presenta doble altura y mayores dimensiones. En su interior, la Piedra del Sol ocupa el centro de atracción en una especie de altar. Después siguen las demás culturas de Mesoamérica: zapotecas y mixtecas, mayas, occidente y norte de México. La frase que se encuentra en la entrada del museo lo dice todo en relación al nacionalismo. Fue escrita por don Jaime Torres Bodet y reza:

Valor y confianza ante el porvenir
hallan los pueblos en la grandeza de su pasado.
Mexicano, contémplate en el espejo de esa grandeza.
Comprueba aquí, extranjero, la unidad del destino humano.
Pasan las civilizaciones, pero en los hombres quedará siempre
la gloria de que otros hombres hayan luchado por erigirlas.

El año pasado el gobierno celebró setecientos años de una supuesta fundación lunar de Tenochtitlan. En su momento usted dio a conocer su desacuerdo. ¿Qué responsabilidad deberían tener los arqueólogos y los historiadores frente a la manipulación política de la historia?

Es cierto. Con motivo de cumplirse los quinientos años de la caída de las ciudades mexicas de Tenochtitlan y Tlatelolco se dio una manipulación de la historia por parte del gobierno. Se pretendía establecer una secuencia que arrancaba del año 1321 (de ahí lo de los setecientos años de fundación de la ciudad tenochca), para que se relacionara con 1521 (conquista de las ciudades mexicas), continuara con 1821 (Independencia de México) y se uniera a 2021, con la presencia de la 4T. Mi voz se dejó sentir en varios medios y también por escrito al manifestar que consideraba aquello un despropósito. La responsabilidad de arqueólogos e historiadores es la de esclarecer estos acontecimientos y ponerlos en su verdadera dimensión. Si bien las verdades absolutas no existen, se cuenta con datos e información que permiten al especialista aproximarse a los hechos del pasado. Por mi parte, traté de desmitificar mentiras que se venían repitiendo acerca de la conquista: que si Cortés quemó sus naves, algo que nunca ocurrió; que si se pensaba que los recién llegados eran dioses, nada probable ya que la primera estrategia de Moctezuma ante los recién llegados fue enviarles obsequios ¡para que se fueran y no avanzaran hacia Tenochtitlan! En varias ocasiones lo intentó y cuando esta estrategia no tuvo resultado trató de emplear la fuerza armada apostando contingentes al paso de los conquistadores. Tampoco resultó. Tildar a la Malinche y a los tlaxcaltecas de traidores es otra falacia. En fechas recientes algunos historiadores plantean algo que ya sabíamos: que, al apoyar al capitán español, las fuerzas indígenas fueron el motor del triunfo en contra de Tenochtitlan. Caso diferente es que se considere que Cortés no fue el líder de la ofensiva contra el imperio de la Triple Alianza, sino que lo fueron estos grupos. He argumentado que es falso: al alcanzar el triunfo, los miles y miles de contingentes indígenas enemigos de Tenochtitlan que apoyaban al reducido grupo español bien hubieran podido establecerse como señores y hacer a un lado a los peninsulares. No fue así; aceptaron que Cortés y sus gentes tuvieran el poder y asentaran sus reales sobre los restos de la ciudad mexica. Algunos escritos dan cuenta de ello.

¿Cómo ve actualmente al INAH? ¿En qué se ha avanzado y qué sigue haciendo falta, en comparación, por ejemplo, con la época en que usted encabezó Monumentos Prehispánicos y el Consejo de Arqueología?

Son momentos diferentes. En los años sesenta era una institución relativamente pequeña, pero que ya tenía presencia a nivel nacional. Ahora ha crecido de manera significativa y su importancia no ha menguado

Este año, Letras Libres abrió un debate con las opiniones de cuatro investigadores: el director del INAH Diego Prieto, el arqueólogo Manuel Gándara, el antropólogo Roger Bartra y el director del Museo Nacional de Antropología, Antonio Saborit. Esto surgió a raíz de un artículo en esta misma revista escrito por Gerardo Ochoa Sandy, en el que hacía un análisis de la situación que guarda la cultura en estos momentos. Son notorios los recortes presupuestales a la cultura y la ciencia con el régimen actual; los han padecido instituciones y academias. Se han privilegiado determinados programas en tanto que otros sectores padecen disminución de medios indispensables para llevar adelante su labor.

Hay en la actualidad un intenso debate sobre la memoria histórica y los monumentos. ¿Qué opina del retiro de estatuas consideradas colonialistas, como la de Cristóbal Colón?

Es un fenómeno que se está presentando en todo el mundo. En las últimas décadas muchos grupos marginados han exigido sus derechos y plantean posiciones de reivindicación. Las protestas se han multiplicado y traen al presente los agravios del pasado, entre ellos una idea de descolonización que se manifiesta en contra de quienes se consideran causantes de la marginación, la injusticia y la pobreza. En México tenemos ejemplos de lo anterior: recordemos el alzamiento zapatista de 1994.

¿Cuál debería ser el papel del Estado respecto a nuestro patrimonio arqueológico?

En nuestro país los monumentos tanto arqueológicos como coloniales e históricos son considerados como patrimonio nacional. La ley vigente promulgada en 1972 así lo establece. Rezan así dos artículos que son claros al respecto:

Artículo 2.- Es de utilidad pública, la investigación, protección, conservación, restauración y recuperación de los monumentos arqueológicos, artísticos e históricos y de las zonas de monumentos.

Artículo 27.- Son propiedad de la nación, inalienables e imprescriptibles, los monumentos arqueológicos muebles e inmuebles.

Esto lo dice todo… ~


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