La perdida Relación de la Nueva España y su conquista de Juan Cano, de Rodrigo Martínez Baracs

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Juan Cano de Saavedra (ca. 1502-1572), conquistador español, llegó a estas tierras con las fuerzas de Pánfilo de Narváez. Tras su derrota a manos de Cortés, las fuerzas panfilistas sobrevivientes se incorporaron a las de Cortés y continuaron la saga bajo su mando. En 1531, Juan Cano se casó con Isabel Moctezuma, Tecuichpo, la hija del emperador. Escribió una Relación de la Nueva España y su conquista, que está perdida o extraviada. El valor de su testimonio tiene varias vertientes. Los testimonios de la Conquista que han quedado son todos cortesianos y la obra de Cano es un relato distinto y a favor de la causa de Diego Velázquez y de Pánfilo de Narváez. Además, la animadversión de Cano contra Cortés incide incluso en litigios judiciales, pues, al haberse matrimoniado con Isabel Moctezuma, Juan Cano reclamaba el reconocimiento de la legítima herencia de las posesiones del emperador a favor de su única legítima heredera (el otro heredero, Axayaca, había muerto).

Juan Cano, pues, uno de esos nombres que uno ha visto en un renglón por aquí, una línea por allá y uno cree que recuerda, cuando aparece mencionado, pero jamás de los jamases evoca. No soy historiador y mi recuerdo falible es el del lector común, de esos que de pronto cogen manía por un periodo, un tema, una literatura, se hacen unas cuantas lecturas y queda lo que queda, según el capricho de la memoria. Un hedonismo apenas. Uno cree, desde luego, que aquellas dudas soterradas se habrán de resolver luego, con otras lecturas, a la hora de regresar a la antigua obsesión. Eso le toca a los historiadores. Y pienso que, según suertes, a algunos les puede tocar ser elegidos por un autor de mala prosa y pasan del olvido a la flojera, mientras que a otros, al revés, la suerte los bendice con un autor de la talla de Rodrigo Martínez Baracs. Y es cuando los hedonistas perezosos, como yo, hallamos nueva vida en temas viejos.

Confieso que, con las dos primeras páginas del libro, me temí lo peor. Si algo me resulta pesado es la lectura de documentos judiciales. Algo verdaderamente insufrible se apodera de mí cuando tengo que rasparme los pocos ojos que tengo con las horrendas prosas y podridas almas de los letrados, jueces y jurisconsultos. Y sobre todo, los de lengua española, donde cada caso puede llevarse años y siglos sin que se resuelva nada, nomás juntando papeles. Y digo esto porque el segundo acápite del libro lleva el amenazante subtítulo de “Juan Cano, Doña Isabel Moctezuma y sus alegatos”. Bendita fortuna, no podía estar más equivocado. Ahora digo por qué.

En primer lugar, porque la parte pesada, de separar bagazo y pulpa se la llevó el autor, y ya la había adelantado Zorita que, a su vez, es un autor de calidad notable, como escritor y por su prudencia y mesura. Rodrigo Martínez juega con esto mismo y propone, por ahí entre las primeras páginas, una fórmula engañosamente simple, igual que son engañosamente simples las conclusiones a que llega esa disciplina que se llama “ingeniería en reversa”: “Si Zorita = Cortés + Gómara + Cano + Otros” entonces podemos despejar y “Cano = Zorita – (Cortés + Gómara + Otros)”. La resta de donde sale Juan Cano es de una sencillez falsísima. Establecer qué es de quién, y hallar las proporciones para las citas y las glosas, lo sabe cualquiera que haya querido escribir novela o teatro, por ejemplo, es justo el trabajo que distingue al arrastraplumas del maestro.

Juan Cano resulta muy importante, ahora que existe, porque ofrece un contrapunto al cortesismo. Y desde luego, no porque Cano sea un hombre honesto y Cortés un malvado. Los que ya admirábamos a Cortés, lo hacíamos advertidos de todas sus bajezas. Y además, no me refiero a una discrepancia cuyo origen sea nuestra rauda moral. Me refiero a ciertos datos y a algunas perspectivas. Los datos son abundantes y sabrosos: el trayecto y accidentes de la flota de Narváez, el número de españoles que vivían entre los mayas; el rastro de la Malinche y el nombre dado a Cortés, de “Señor Malinche” –usado por Cano con picardía y malevolencia quizás–, la noche de la batalla en Cempoala, y así hasta la consumación de la Conquista, donde el reconstruido Cano cuenta del asedio a la ciudad con los trece barcos y la hazaña heroica de un militar llamado… sí: Juan Cano. Que este personaje así era. Echador, reclamón, sesgado. Mentía, como también mienten Cortés y Bernal, por ejemplo; exageraba las faltas de sus contrarios con una admirable mala leche (es decir, en esos puntos, finamente elegidos, para acrecentar su reclamo y poner en mal al adversario), tergiversaba, escondía y callaba. La perdida Relación de Juan Cano no debe haber sido un dechado de “probidad historiográfica”, como lo fue la obra de Zorita. Pero la constatación de las licencias, yerros y sesgos es la constante en las crónicas de la Conquista. Cosa notable: esta misma característica enriquece, a cada una, con sus granos de sal, pero además convierte a cada testigo en un personaje mucho más rico, con muchos más matices. Personajes renacentistas, de hecho. Y aquí sumo a Moctezuma –quizás mi encuentro, junto con Zorita como historiador, más interesante.

Ya se desprendía con claridad, pero yo tenía un poco de temor de hallarme una historia en sentido contrario. Siempre me ha quedado la impresión de que Moctezuma, muy lejos de ser un cobarde, era un hombre de Estado, con una visión política de largo alcance, y dueño de todos los recursos de que se haya podido hacer un lector de Maquiavelo, del otro lado del mundo. Quizás por la intriga que me genera Moctezuma, tenía yo temor de que el capítulo de la pedrada y la muerte me fuera a resultar en desengaño. Todo lo contrario. Y como no quiero echar a perder el misterio a quien no haya leído el libro, nada más digo que el episodio de la rodela es digno de esa forma con que el teatro griego mostraba la llamada “culpa trágica”: destino, accidente, azar puro, provocado por una precaución mal colocada.

También podría alargarme en el análisis textual de la reconstrucción, para el cual no tengo palabras más que de elogio, pero lo voy a hacer breve. Las reconstrucciones de textos perdidos requieren dos pericias contradictorias: la cabeza del investigador (que debe borrarse, quedar sin voz) y la correcta tesitura de la doble voz de autoría, la original y la del autor incorporado. No es nada fácil: es un trabajo de orfebrería: montar pequeñas piezas en engastes transparentes, colocarlas junto a otras y articularlas a veces, a veces embonarlas. El problema es que esta mirada de relojero suele ser incompatible con la visión general. Hay que sosegar al mismo tiempo el impulso del detalle ínfimo y el de la generalización. Falla cualquiera y el libro se vuelve tortuoso e ilegible. Y esto es justamente lo que no sucede en una sola página. El peor pecado de un autor, decía el Doctor Johnson –que algo sabía de esto– es aburrir. El libro de Martínez Baracs es una lectura que se hizo línea por línea, cotejando palabra por palabra, y no se atora; y luego, cada uno de los personajes según éste, según aquél, y los otros, para que queden como personas sobre el mundo y no como definiciones en el papel. Y no se atora. Luego, encima, la versión de uno frente a la del otro, de nuevo, línea a línea, dato por dato. Y no se atora.

Conste que si algo resulta arduo es esa lectura de las genealogías y de los vínculos entre personas y clanes y familias. Quién desciende de quién, en qué contexto, con qué legitimidad. De establecer eso en un litigio –y conste que Cano, después de la Conquista, se dedicó a dar lata judicial– dependían la riqueza y el poder de cada quién. Y lo mismo le va en juego a Cortés que a Cano. Es claro que, en toda tradición documental, uno de los primeros deberes es establecer las genealogías y relaciones. Lo mismo el Génesis que la Ilíada, que la Eneida. Y en la Conquista vuelve a suceder, pero de modo revuelto, porque cada versión afecta el lugar final asignado. Y se trata de asuntos extraordinariamente difíciles de escribir. Quiero ver el guapo que pudiera, en una sola lectura, reconocer sin titubeos la genealogía de Esténelo en la Ilíada o los vínculos de Job y Labán y de las descendencias. Vaya: que hasta en Cien años de soledad puede uno perderse, si se distrae, entre Aurelianos y José Arcadios. Es dificilísimo. Requiere una capacidad notable para mantener presente a cada personaje, con cada atribución, sin incurrir en reiteraciones y sin dejar morir al personaje entre unas puras palabras huecas.

Y ésta es una de las virtudes –de verdad notable, y notable porque no se nota– de la escritura de Rodrigo Martínez Baracs. Todo va quedando claro: quién es quién, qué va con qué y qué le corresponde, merced a los comentarios intercalados, mientras de paso nos va quedando también clara la fuente. Aquí hablamos de una claridad mental distinta del mero saber; es decir: el autor ha de tener en cuenta un ritmo de dosificación, sin perder ni la armonía del momento, ni el motiv de cada persona y personaje.

La perdida Relación de la Nueva España y su conquista de Juan Cano es –lo voy a decir de una vez– la novela de una reconstrucción. Resulta que, ya casi acabando de leer el libro, se me ocurrió preguntarme qué sucedería si apareciera la original Relación, la escrita de puño y letra de Juan Cano. Y llegué a la conclusión de que sería fundamental como documento, en términos de datos, pero no habría sido una lectura que yo llevara a cabo. Martínez Baracs ha señalado con puntualidad las ocasiones en que las citas de Cano buscan transmitir una información sesgada, interesada en las posesiones y riquezas que deberían haberle reconocido y otorgado a él, en calidad de esposo de Isabel Moctezuma. Eso y, seguramente, información útil en litigios, además de un verdoso venenillo constantemente dosificado contra Hernán Cortés. En resumen: si la Relación existiera como libro, desde luego la habría comprado, pero, seguro, habría abandonado su lectura después de unos cuantos capítulos. Digamos que los quejosos interesados no están entre mis personajes favoritos, a menos que pasen por la pluma de un autor de primera. Que es lo que ha sucedido aquí. ~

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