Las andanzas de Luis H. Álvarez en Chiapas

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Luis H. Álvarez

Corazón indígena. Lucha y esperanza de los pueblos originarios de México

México, Fondo de Cultura Económica, 2012, 319 pp.

 

El levantamiento armado del 1o de enero de 1994 en Chiapas supuso un giro radical en la vida de Luis H. Álvarez y abrió una nueva, inesperada y fructífera etapa en su quehacer político. A pesar de su firme rechazo al uso de la violencia como medio para alcanzar fines políticos, don Luis comprendió la desesperación de los indígenas que habían optado por las armas con el fin de salir de la miseria y de la marginación en la que vivían y se reconoció en las demandas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Por esta razón, a finales de 1994, siendo senador electo por Chihuahua, apoyó la iniciativa del presidente Ernesto Zedillo de crear una comisión legislativa que coadyuvara a que las negociaciones entre el ejecutivo federal y el EZLN llegaran a buen término. Así se integró a la primera Comisión de Concordia y Pacificación (la llamada “Cocopa histórica”), de la que fue su primer presidente. Durante los seis años en que participó en esta comisión, se convirtió en promotor de una solución pacífica y negociada del conflicto chiapaneco. En diciembre del año 2000, el presidente Vicente Fox lo nombró coordinador para el Diálogo y la Negociación en Chiapas. En el sexenio actual de Felipe Calderón, desempeñó el cargo de director general de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI) y luego, hasta la fecha, el de consejero para la Atención a Grupos Vulnerables de la Presidencia de la República.

Haciendo a un lado su habitual discreción, don Luis ha decidido dar a conocer sus experiencias y sus reflexiones sobre su quehacer político ligado a los indígenas de Chiapas primero y a los de todo el país después en su nuevo libro, Corazón indígena. Lucha y esperanza de los pueblos originarios de México,[1] que aporta una fresca y novedosa versión de las negociaciones con el EZLN y que depara al lector un gran número de sorpresas, incluyendo algunas revelaciones de importancia.

Luis H. Álvarez es uno de los raros políticos mexicanos cuyo prestigio desborda las fronteras de los simpatizantes y electores de su partido, Acción Nacional (PAN). La huelga de hambre que emprendió en 1986 para protestar por el descarado fraude electoral que se había perpetrado en los comicios para gobernador de Chihuahua llevó a muchos mexicanos –entre los que me incluyo– a vislumbrar que era posible alcanzar un cambio político en el país que ampliara las libertades individuales y sociales, y que hiciera posible la realización de elecciones libres y democráticas, sin tener que recurrir a la violencia política.

Su libro nos muestra, una vez más, su amplitud de miras, su talante negociador y su compromiso con la paz. Para empezar, vale la pena destacar la importancia que don Luis le otorga a la lucha contra la desigualdad social y al papel del Estado para combatir la pobreza y la marginación con el fin de lograr un mejor reparto de los ingresos, banderas que se suelen considerar como exclusivas de los partidos de izquierdas. Más sorprendente –por lo menos para mí– es el entusiasmo con el que abrazó la causa indigenista-indianista, que empezó a tomar forma durante la presidencia de Lázaro Cárdenas, que desarrollaron muchos gobiernos del Partido Revolucionario Institucional (PRI), siguiendo las iniciativas de grandes antropólogos mexicanos y que, finalmente, la izquierda –tanto partidista como radical– ha hecho suya. Para bien o para mal, don Luis es uno de los más firmes defensores de la mal llamada Ley Cocopa –dado que en realidad se trata de una iniciativa de reforma constitucional–, que el EZLN sigue exigiendo se apruebe al pie de la letra. La posición de don Luis en apoyo de esta propuesta de reforma constitucional es totalmente congruente si recordamos que, como miembro de la Cocopa histórica, participó de manera destacada en su redacción.

Más significativo es el hecho de que en su libro, don Luis se exprese con cariño y empatía de tan solo unos pocos hombres políticos, todos ellos de izquierda –cuando se refiere a los demás mantiene un tono más formal y distante, cuando no desliza alguna crítica sutil, aunque siempre incisiva–. Entre estos políticos, está, en primerísimo lugar, su gran y añorado amigo Heberto Castillo. Luego le siguen, al filo de las páginas: Amado Avendaño, candidato a gobernador de Chiapas en 1994, que fue registrado por el Partido de la Revolución Democrática (PRD) y que contó con el apoyo explícito del EZLN; el profesor Othón Salazar, histórico dirigente magisterial, que un año antes que don Luis en Chihuahua logró vencer al pri en unas elecciones municipales en su natal Alcozauca de Guerrero como candidato del Partido Socialista Unificado de México (psum), y Gilberto Rincón Gallardo, quien empezó su carrera política apoyando a don Luis cuando fue candidato a la presidencia de la república en 1958, antes de integrarse a los sucesivos partidos políticos de izquierda, a los que intentó renovar y apartar de sus radicalismos y fundamentalismos, hasta que optó por fundar el Partido Democracia Social (pds), del que fue candidato presidencial en el año 2000. Por último, aunque don Luis no deja de señalar sus graves errores políticos ni de manifestar su desacuerdo con el recurso a la violencia, el Subcomandante Marcos aparece retratado en su libro con auténtica simpatía y bajo una luz favorable.

Aunque su relato de los años en que participó en la “Cocopa histórica” hacen referencia a acontecimientos que la opinión pública siguió muy de cerca –la prensa nacional cubría con avidez todo aquello que tuviera que ver con el Subcomandante Marcos y las negociaciones en Chiapas–, no deja de ser de gran interés conocer el punto de vista de un actor central de este proceso que, no obstante las enormes esperanzas que suscitó, desembocó en un callejón sin salida. A pesar de que Luis H. Álvarez no es dado a repartir ni culpas ni errores, la lectura de su libro permite entrever algunos de los grandes problemas a los que se enfrentaron las negociaciones de paz: en primer lugar, la incongruencia y los bandazos del gobierno de Zedillo –que a mi juicio se debieron a la lucha de facciones en su interior–, y en segundo lugar al protagonismo del mediador, el obispo Samuel Ruiz García, quien dificultaba el diálogo directo entre los comandantes del EZLN, el gobierno federal y la Cocopa. Por mi parte, añadiría un tercer elemento crucial: el repetido fracaso del Subcomandante Marcos por crear alguna organización política sustentada en amplias bases sociales –la Convención Nacional Democrática primero, el Movimiento de Liberación Nacional y el Frente Zapatista de Liberación Nacional después, y mucho más adelante, en 2006, la Otra Campaña– que le permitiera mantener su liderazgo y su influencia en la opinión pública más allá del conflicto chiapaneco. Sin este respaldo, la firma de la paz en Chiapas suponía para el Subcomandante dejar de ser el foco de atención de los medios de comunicación y limitarse a encabezar un grupúsculo de izquierda radical, sin demasiado futuro en la nueva situación política del país que hacía posible la alternancia política en todos los niveles de gobierno, situación que paradójicamente la rebelión de 1994 había contribuido a alumbrar.

Es por ello –pienso– que Marcos, después de su “zapatour” triunfal por la república mexicana, optó por regresar súbitamente a Chiapas en los últimos días de marzo de 2001, justo cuando el senado se aprestaba a debatir la aprobación de la Ley Cocopa. Esta retirada le permitió no tener que negociar con los senadores las modificaciones que se le hicieron a esa iniciativa de reforma constitucional, para poder luego rechazar tajantemente dichas modificaciones –por cierto, aprobadas por unanimidad en la cámara alta– y dar por terminado todo contacto con el gobierno del presidente Fox. Para grandes sectores de la opinión pública, que confiaban en que el EZLN firmaría rápidamente la paz con el nuevo gobierno federal, la actitud del Subcomandante Marcos resultó incomprensible, y muchos medios de comunicación empezaron a desentenderse del conflicto en Chiapas, que entró en una fase de estancamiento que perdura hasta nuestros días.

En cambio, es a partir de este momento que el preciso y pulcro relato de Luis H. Álvarez se torna fascinante y empieza a arrojar mucha información novedosa, que incluye algunas importantes revelaciones que se habían mantenido hasta ahora bajo reserva. Don Luis, ya se ha dicho, había sido nombrado coordinador para el Diálogo y la Negociación en Chiapas por Vicente Fox. Tras el fin de los contactos con el Subcomandante Marcos, su responsabilidad parecía haber perdido toda razón de ser. De hecho, las oficinas y el presupuesto de la coordinación se redujeron a su mínima expresión. Cualquier otro político habría dejado el cargo lo más pronto posible o se lo habría tomado como una tranquila y cómoda jubilación; nada más lejos del sentido de responsabilidad de don Luis. Convencido de que el problema de fondo en Chiapas eran la miseria, la marginación y la discriminación que padecían los indígenas, decidió brincarse la intermediación del EZLN y de otras organizaciones que decían hablar en su nombre. Lejos de los reflectores mediáticos se dedicó incansablemente a recorrer las comunidades indígenas de Chiapas para escuchar de viva voz sus quejas y sus demandas de apoyo, que luego negociaba tenazmente con diversas instancias de gobierno para que fueran atendidas, dado que la coordinación a su cargo no contaba con un presupuesto destinado a esos fines.

El relato de don Luis, que a partir de ese momento empieza a multiplicar las sabrosas y significativas anécdotas, narradas con emoción, nos permite comprender la complejidad que vivía en esos años la llamada “zona de conflicto”. Aunque seguía habiendo un buen número de desplazados por los enfrentamientos entre facciones políticas opuestas, con su cauda de resentimientos, y aunque de vez en vez estallaba la violencia entre zapatistas y sus antiguos aliados de las organizaciones campesinas independientes por el control de las tierras que habían invadido juntos, en muchos lugares el tejido social se iba recomponiendo silenciosamente. Don Luis se reunió, así, con alcaldes del PRI y del PRD que mantenían buenas relaciones con los Municipios Autónomos zapatistas y con las Juntas de Buen Gobierno que se encontraban en su jurisdicción; con antiguos insurgentes que se habían integrado a los ayuntamientos y que canalizaban discretamente una parte del presupuesto para atender las necesidades de las comunidades que permanecían leales al EZLN; con organizaciones campesinas e indígenas rivales, si no es que incluso enemigas, que se unían para exigirle que les hiciera llegar apoyos para paliar sus necesidades más urgentes.

Además de buscar resolver los problemas concretos y urgentes de las comunidades indígenas, Luis H. Álvarez buscaba también otro fin: entablar una comunicación directa con los comandantes y las autoridades civiles indígenas del EZLN. Si no era posible llegar a un acuerdo con sus principales dirigentes, por lo menos había que desactivar los problemas sociales y los conflictos políticos desde la base.

El éxito de esta estrategia, que pasó casi totalmente desapercibida por la opinión pública, empezó a alarmar a algunos actores políticos de primer nivel. Al gobernador de Chiapas, Pablo Salazar, no le hacía gracia que parte de los recursos que llegaban a las comunidades no pasaran por su intermediación y que un prestigiado funcionario del gobierno federal tuviese un contacto tan directo con la realidad social de su estado como para desmentir las versiones apocalípticas que todavía eran dominantes y que permitían seguir lucrando políticamente con el conflicto en Chiapas. Por ello, por ejemplo, el gobierno de Chiapas no tenía reparos en apoyar financiera y logísticamente –por debajo de la mesa, obviamente– la celebración que llevó a cabo el EZLN con motivo del noveno aniversario del levantamiento armado. Así, México y el mundo sabrían que los zapatistas se mantenían fuertes y combativos en Chiapas y que las ayudas que se le brindaban al estado seguían siendo tan urgentes y necesarias como antes para mantener la paz social.

La dirigencia zapatista se molestó todavía más con las acciones de Luis H. Álvarez. Había prohibido categóricamente a sus seguidores recibir cualquier apoyo del gobierno federal, en un momento en que estos se multiplicaban en toda la república y, todavía más, en Chiapas. Esta orden acabó resultando totalmente contraproducente para el EZLN. Muchos abandonaron sus filas para acogerse a los beneficios que prometían programas como el de Oportunidades. Por ello, cuando don Luis llegó a las puertas de las comunidades zapatistas a ofrecer ayuda para gestionar apoyos y algunos de sus miembros empezaron a plantearle demandas concretas o, peor aún, a recibirlo al son del himno zapatista, todas las alarmas se encendieron.

El hecho es que el coordinador por el diálogo empezó a tener problemas en sus recorridos, que realizaba sin escoltas, acompañado tan solo por un puñado de colaboradores. En dos ocasiones, en Guadalupe Tepeyac, grupos de zapatistas llegados de comunidades cercanas –entre otras de La Realidad– le insultaron y obligaron a salir del poblado a pie, en una ocasión bajo la lluvia. Pero ni esas agresiones ni las advertencias diversas que recibió ni el escaso entusiasmo de algunos funcionarios por conceder las ayudas que exigían las comunidades indígenas de Chiapas hicieron desistir a don Luis de su empeño por visitarlas y atenderlas sin hacerse acompañar de escolta alguna.

De toda la riqueza que encierra el libro Corazón indígena, la prensa mexicana –siempre perezosa– solo informó, como si se tratara de una importante primicia, que a fines del año de 2010, Luis H. Álvarez había sido informado que “su amigo” el Subcomandante Marcos padecía de cáncer en los pulmones y necesitaba de su ayuda. Al destacar de manera escandalosa esta “nota”, los periódicos olvidaron que este rumor ya había sido noticia en sus mismas páginas al grado que el Subcomandante Marcos terminó por difundir un comunicando en el que negaba –con su sentido del humor habitual– que estuviese enfermo, comunicado del que, por cierto, la misma prensa dio cuenta en su momento.

En cambio, todos los medios de comunicación pasaron por alto lo que, en las mismas páginas del libro, sí constituía una revelación de gran importancia, que se había mantenido bajo sigilo. Junto con la noticia de la enfermedad de Marcos, se le comunicó a don Luis que a Marcos “le calaba en el corazón […] ver que las comunidades indígenas integradas por bases de apoyo del EZLN padecían aún condiciones de marginación y pobreza por la resistencia a la que se les había convocado y que, por tanto, pedía que pudiera yo visitarlas para conocer sus necesidades y ver que se les apoyara”.[2] Aunque para ese entonces don Luis ya había dejado de ser desde hacía cuatro años coordinador para el Diálogo y la Negociación en Chiapas, se tomó muy en serio este llamado y buscó entablar contacto con los representantes de las comunidades zapatistas. Como prueba de la autenticidad de las palabras del Subcomandante que le habían sido transmitidas por Jaime Martínez Veloz, todas las puertas de dichas comunidades se le abrieron. En los meses siguientes, don Luis tuvo varias reuniones con sus representantes, durante las cuales le plantearon sus demandas. Desde entonces, las comunidades en “resistencia” han recibido, discretamente, los apoyos del gobierno, se han afiliado a los programas federales como Oportunidades y han inscrito a sus hijos en el registro civil.

Como además –añado yo–, desde hace ya muchos años, los Municipios Autónomos y las Juntas de Buen Gobierno han abandonado su pretensión inicial de imponer sus decisiones a quienes no militaban o simpatizaban con el EZLN –lo que fue fuente de serios conflictos en el periodo de gobierno de Pablo Salazar–, estos “órganos de gobierno zapatista” se han convertido más bien en estructuras de tipo partidista que se ocupan de resolver los problemas de sus afiliados, incluyendo los de la convivencia diaria –al igual que lo han hecho desde hace décadas diversas instancias de las organizaciones campesinas e indígenas de Chiapas–, o, en otras ocasiones, en un espacio de conciliación y resolución de conflictos locales a los que acuden a veces indígenas no zapatistas, lo que los acerca de algún modo a los ayuntamientos tradicionales, que existen en muchos municipios de Los Altos.

De esta forma, el zapatismo, más que desaparecer, se ha ido indianizando, ya que la dirigencia mestiza pesa cada vez menos en las decisiones que se toman a nivel local, y se ha diluido, en el sentido de que sus formas de lucha y de organización se han vuelto un patrimonio común de los indígenas, sumándose a muchos otros aportes externos que los indígenas de Chiapas han adoptado y transformado a lo largo de la historia.

Se podría pensar, entonces, que aunque no se ha llegado a un acuerdo de paz, el conflicto chiapaneco está desactivado en los hechos. Sin embargo, existe todavía un serio problema que sigue pendiente: las sesenta mil hectáreas que el ezln, a menudo junto con sus otrora aliados, invadió en la Selva Lacandona. A diferencia de todas las demás propiedades que fueron ocupadas por campesinos en los años de 1994 y 1995, las que ocupan simpatizantes del EZLN siguen sin ser regularizadas. El Estado mexicano se las ha comprado a sus antiguos propietarios, pero no ha negociado con sus poseedores actuales la entrega de los títulos de propiedad, tal vez porque el gobierno no ha puesto el suficiente empeño en llegar a un acuerdo con ellos, tal vez porque lo que queda de la dirigencia del EZLN teme que, una vez que los indígenas tengan asegurada la propiedad de sus tierras de labor, abandonen en masa las filas de la organización armada. El problema es que ante la debilidad de los zapatistas, algunos antiguos propietarios buscan recuperar estas tierras –a pesar de que accedieron a venderlas, aunque fuera a regañadientes, y recibieron un pago por ellas–, lo que podría dar lugar a nuevos enfrentamientos violentos.

Finalmente, quisiera hacer referencia al curioso título del libro, Corazón indígena. Aunque en ningún momento se hace explícito en sus páginas, el lector, poco a poco, va comprendiendo cómo, en estas dos últimas décadas, los indígenas han ido ocupando un lugar cada vez más grande en el corazón de Luis H. Álvarez, lo han ido convirtiendo a sus diversas y plurales causas, lo han –en suma– conquistado e indianizado a fuerza de dialogar y convivir con él. Probablemente, al elegir ese título, don Luis no tomó en cuenta que los habitantes del municipio más monolingüe del país, San Juan Cancuc, a su vez creen –como tan bien lo analiza Pedro Pitarch en su bello libro Ch’ulel; una etnografía de las almas tzeltales–,[3] que en sus propios corazones habitan muy diversas almas: un multil o’tan –un gallo en el caso de los varones, una gallina en el de las mujeres–, el genuino ch’ulel –una sombra con figura similar a la de la persona, sombra que vive simultáneamente en el corazón y en una sociedad perfecta, ubicada en alguna cueva sagrada– y muy diversos lab –lo que en otros lugares se conocen como naguales, es decir almas que se comparten con fenómenos atmosféricos, con animales, con culebras cuya cabeza es un instrumento de metal o, finalmente, con seres sobrenaturales y peligrosos como son los clérigos, los jesuitas y los obispos–. Lo curioso del caso es que, fuera de los animales endémicos y de los fenómenos atmosféricos, todas las demás almas tienen un origen claramente europeo: gallos y gallinas, herramientas de metal, por no hablar de los sacerdotes católicos. Es decir, que para los indígenas, dentro de sus corazones habitan también los otros, los “caxlanes” –término que los indígenas de Chiapas utilizan para referirse a los hablantes de castellano–, sus animales y sus productos. No se trata de un elemento aislado de su cosmovisión, como nos lo hace notar Pedro Pitarch. Por el contrario, los tzeltales de Cancuc –y de algún modo todo esto es generalizable, con sus ajustes y matices, a todos los indígenas de Los Altos de Chiapas– colocan en el centro de su vida social aquello que proviene de fuera –el Cabildo, la iglesia, los santos y las fiestas religiosas–, mientras que los elementos de origen mesoamericano se despliegan en los márgenes –los ritos en las cuevas y ojos de agua, los rituales de curación, las montañas sagradas, etcétera.

Curiosamente, nuestra cultura oficial –obra de mestizos– no ha procedido de otra manera: en el corazón de nuestra identidad nacional están los indígenas y sus artes; en el origen del país, las civilizaciones mesoamericanas que nos aportan nuestro toque distintivo en el concierto internacional; y en el centro de nuestra bandera, el nopal, el águila y la serpiente.

Más que denunciar la falsedad histórica y la hipocresía social de estas construcciones identitarias, habría que ver en ellas un síntoma de que los mundos mestizos e indígenas –que distan mucho de ser uniformes y homogéneos– se encuentran tan íntimamente entremezclados que los unos son inconcebibles sin los otros. Este podría ser un primer paso para superar la dicotomía indígena-mestizo que, no lo olvidemos, es el sustento de la profunda discriminación que padecen los hablantes de lenguas mesoamericanas y sus descendientes, y un poderoso obstáculo para comprender y asumir la compleja diversidad social, cultural e identitaria que caracteriza a nuestra nación.

Luis H. Álvarez señala con justa razón que “el mejor antídoto para superar prejuicios es el conocimiento. Mientras más se conozcan las culturas y formas de vida indígenas, más se podrá hacer frente a las visiones deformadas sobre su forma de ser y actuar”. Corazón indígena  es una contribución relevante para comprender mejor la historia reciente de la llamada “zona de conflicto” en Chiapas, más allá de los mitos maniqueos creados por los medios de comunicación. Pero es también un excelente medio para conocer la visión del mundo y las obras de un hombre político excepcional, que ha desempeñado un papel de primer orden en la transición democrática en México y que, tras haber ocupado altos puestos partidistas y de elección popular, no vio desdoro alguno en la tarea que se impuso de recorrer las comunidades indígenas de Chiapas para ayudarles a resolver algunas de sus necesidades más básicas. Es por que ello que, en más de un corazón indígena agradecido, late la figura de aquel cordial y paciente principal “caxlán” que llevó a su pueblo el agua potable, la escuela o la clínica, junto con la esperanza de obtener justicia y de vivir en paz. ~



[1]México, Fondo de Cultura Económica, 2012.

[2]  Ibíd, p. 262.

[3]México, Fondo de Cultura Económica, 1996.