Marie-Hélène Lafon. Flaubert c’est moi

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Una premisa sencilla. La editorial francesa tiene una colección que se llama “Les auteurs de ma vie”: “un gran escritor de hoy comparte su pasión por un gran escritor de ayer”, se explica. Cada libro tiene la presentación del gran escritor de ayer que hace el gran escritor de hoy y una antología de fragmentos –largos– del escritor de ayer. Marie-Hélène Lafon (Aurillac, 1962) se ocupa de Gustave Flaubert (1821-1880). El texto introductorio se acaba de publicar en la colección micra de minúscula con traducción de Lluís Maria Todó, traductor también de Los países y Nuestras vidas, en la misma editorial.

I love Flaubert. Lafon escribe unas páginas breves e intensas, con sentido del humor, inteligentes, modernas, habla de las novelas y de la vida de Flaubert, habla de la escritura de Flaubert y de su escritura, y es experimental por momentos porque es difícil explicar la pasión que uno siente por un escritor, hay que romper un poco la gramática: “Flaubert for ever. También lo llamo el Buen Gustave. Por más que. Vivo un poco con él; hacemos buena pareja; es fácil con los muertos. El amor de lejos”. Lafon ha leído y releído a Flaubert: “Los volúmenes de su correspondencia como horizonte de expectativa sobre el escritorio, frente a la ventana. Leí los tres primeros y picoteé en los dos siguientes, por la parte de George Sand, o de la muerte de la madre, o de la ruina de los Comanville. También leeré los dos siguientes. También. Más adelante. Cuando. Cuando, los leeré cuando”.

El Buen Gustave. Gustave tenía un hermano mayor que se llamaba como su padre, Achile. Entre ese hermano mayor pasaron ocho años y tres bebés, “nacieron tres hijos que no vivieron, se los tragó el limbo”. Los dos Achile eran cirujanos y Gustave hacía todo por impresionar a su padre, que no es que no lo quisiera, es que vivía ensimismado en su trabajo. El padre murió de una septicemia, su hijo mayor no logró frenarla. Ese mismo año murió la hermana pequeña de Gustave, Caroline, después de una agonía de meses tras el complicado parto de una niña, también Caroline. Esa muerte, las dos muertes, devastaron a Gustave. Pero antes, Gustave le leyó a su padre La educación sentimental: “Al cabo de media hora, su padre está roncando con la cabeza apoyada en el pecho. Flaubert se interrumpe. El doctor se despierta, se despereza, se ríe y sale encogiéndose de hombros”. La sobrina hija de la hermana muerta se casará con un tipo cuyos negocios estarán a punto de causar la ruina de Flaubert. Gustave hay un momento en que piensa, tras la muerte de su padre y de su hermana, que si se muere su madre, lo vende todo y se va a Italia. Lo piensa y lo escribe, en una carta a uno de sus amigos, Maxime Du Camp. Flaubert viaja, a Italia, a Oriente, como había viajado la familia en la luna de miel de la hermana.

Charles Bovary y los demás. A Lafon le gusta Charles: “Me gusta su Charles, que no ve venir nada. Nada de nada de nada. Su Charles que se debate y no aguanta más, entre su madre y sus esposas, entre las tres madame Bovary”. Y un poco más adelante: “Su Charles fue abúlico. Su Charles es un héroe”. Más adelante todavía: “Yo cambio todos los Frédéric por un Charles. Todos los Moreau por un Bovary”. Destaca también que Flaubert pone nombre a los criados. Llegamos a Salambó y Herodías: “Esas mujeres tienen demasiado de todo, demasiada carne, colores, olores, palabras, frases. Sobre todo frases. Esas mujeres son demasiado”.

Gustave y los otros. Flaubert se carteó con George Sand, a la que llamaba indistintamente Querido Maestro, Querida Maestra, para ella conjuga el verbo perrear en una carta, a ella le dice, cuando muere su madre en 1872, “es como si me hubieran arrancado una parte de las entrañas”. Se carteó con la escritora Louise Colet, con quien mantuvo una relación: “Flaubert sabía que la cosa terminaría entre lágrimas y malentendidos y frases de sobra, frases que habría sido mejor no decir, que habría sido mejor no escribir; lo sabía, lo sabe, pero sigue adelante, se encarama a la almenta de los amores, con el cuerpo, con las palabras, no puede hacer otra cosa, es el oficio del hombre, forma parte del juego de estar vivo; hurgar en los cuerpos y en las zapatillas es también una manera de estar en el mundo. Flaubert está en el mundo, dentro del mundo, con todo su cuerpo”. El cuerpo de Flaubert es un tema, según Lafon el cuerpo del escritor, de cualquier escritor, es un tema inagotable: “Estoy engordando, me pongo barrigón y vulgar hasta el vómito. Voy a entrar en la categoría de esos hombres con los que a las putas no les gusta follar”, escribe a Louis Bouillet el 10 de febrero de 1851.

Lafon & Flaubert. Lafon escribe: “No puedo escribir cuando estoy leyendo a Flaubert; o no puedo leer a Flaubert cuando estoy escribiendo; son cosas que no pueden hacerse juntas”. Y explica un poco qué ha tratado de hacer en este libro: “Comérselo. Comérselo de memoria. Comerse a Flaubert de memoria. A tragos cortos. Sólidos. A chorros. Un puñado de chorros tozudos, unas zarzas. Asestarlo. Soltarlo. A los amigos. A los amantes. A los alumnos. A los lectores. Que ya no pueden pero. Recitarlo por dentro mudamente para nosotros cuando no dormimos, cuando flotamos en el metro, cuando andamos por la calle. Recitarlo para la paz y para la alegría”.

 

Flaubert for ever

Marie-Hélène Lafon

Traducción de Lluís Maria Todó

Barcelona, minúscula, 2021, 72 pp.