Daniel Catán: con eñe

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 Antaño esas noticias solían llegar a través de una llamada telefónica. Antes, por vía de una carta o un telegrama. Hoy, en cambio, viajan a la velocidad de la luz a través de las redes sociales y de su omnipresencia instantánea. Por eso el despertar del pasado lunes 11 de abril no fue como cualquier otro. Desde muy temprano y por estos nuevos caminos se abría paso la triste y sorprendente noticia de que Daniel Catán había muerto en Austin, Texas, a los 62 años. En plenitud y en plena labor creativa y docente. Sin embargo, los comentarios tuiteados o subidos a las páginas de Facebook daban cuenta de que su fallecimiento había acaecido tres días antes. O sea, el viernes anterior: el 8 de abril de 2011.

De entrada me llamó la atención esa demora impropia de las comunicaciones en nuestro tiempo. La noticia de la muerte de un hombre que dedicó casi toda su vida creativa a la laboriosa y larga tarea de componer óperas llegaba también con la dilación propia del género que cultivó con maestría y que proyectó internacionalmente como muy pocos otros exponentes de lengua castellana.

Curiosa y elocuente coincidencia.

Una vez confirmada esta información que de verdad tomaba a todos por sorpresa, me pregunté qué distingue a la obra de Catán. Por qué, al cabo de horas, medios de la talla de The New York Times o Los Angeles Times dedicaban un espacio a su obituario.


Es cierto, la amistad con Plácido Domingo y sus frutos artísticos (léase la ópera
Il postino, basada en la famosa película derivada de la novela Ardiente paciencia, de Antonio Skármeta) habían consolidado la proyección operística internacional de Daniel. Pero obligadamente debía de haber algo más.

Entonces, casi como un acto reflejo, vino a la mente de quien esto escribe un momento imborrable de Capriccio, la última ópera de Richard Strauss –compositor con el que de tantos modos estuvo estilísticamente emparentado y en deuda Daniel. En medio de esa alegoría del deber ser operístico que el músico alemán narra a través de esa tarde en la que una condesa se devanea entre el amor por un poeta y el amor por un escritor, la soprano canta la siguiente frase: “Todo es confusión: las palabras suenan, los sonidos hablan.”

Tras una breve reflexión, todo se aclaró: la asociación se daba porque ese fue el credo del compositor de óperas mexicano que hasta ahora mayor proyección internacional ha tenido. Estoy seguro de que Daniel Catán amaba el canto por encima de la música misma y de los textos que estudió hasta la saciedad antes de transformarlos en óperas como La hija de Rappaccini, Florencia en el Amazonas, Salsipuedes o Il postino. El canto definido exactamente como esa condesa straussiana lo hace: a través de una providencial y tan difícil de alcanzar confusión entre sonidos y palabras. No se trata de un equilibrio. No se trata –a la usanza contemporánea– de privilegiar los sonidos hasta masacrar la inteligibilidad de las palabras y la fisiología vocal. Tampoco de exacerbar la melodía fácil y emotiva en detrimento de la construcción sonora o de un postulado estético. Se trata –se trató en Catán– de trabajar afanosamente hasta hallar el sonido más bello y verdadero posible que ese torrente de palabras en español contenía, y de encontrar la verbalidad castellana oculta dentro de todos esos sonidos. De forjar le son juste, podría decirse parafraseando a Flaubert.

Visto así el tema del canto –o, mejor dicho, así escuchado– la intensa amistad que desarrolló con Domingo resultó natural y acaso inevitable.

Recuerdo a Daniel en un viaje que hicimos juntos por el Amazonas durante 1995, con el grupo de “creativos” estadounidenses que se involucraría en diseñar la producción de Florencia en el Amazonas. Yo era entonces director de la Ópera de Bellas Artes. Alcanzo a evocar a una suerte de hombre-niño. Atildado y alto. Vestido de lino claro y coronado con elegantes sombreros para guarecerse de ese sol cenital, lo veo como un ser curioso por naturaleza que preguntaba todo a todos todo el tiempo. Incisivo hasta el extremo y perseverante hasta la fatiga ajena. Sonriente y con una inagotable capacidad de asombro. Entusiasta. De timbre quedo y poco agraciado.

Y también recuerdo –con malestar y tristeza– las dificultades que se presentaron para escenificar esa ópera en México. La imposibilidad de sortear dos obstáculos letales en ese momento: la negligencia en el diseño técnico estadounidense que hacía inviable montar esa producción en los escenarios mexicanos que debían acogerla y los eternos avatares de nuestra economía que imposibilitaban el diseño de una producción que sustituyera a aquella. Pero también recuerdo y lamento mi falta de perseverancia y de testarudez para insistir y lograr una escenificación posterior. Siempre es posible hacer más.

Toda muerte trae arrepentimiento y anhelos de expiación.

Primero filósofo, luego compositor. Eso dice su biografía. Acaso habría que anteponer a esos dos calificativos el de hedonista. Daniel Catán pareció buscar con su música solo aquello que deseaba y que le daba placer. Cuando un compositor hace eso, se torna viable que sus escuchas experimenten eso mismo: en este caso deseo y placer. Daniel lo consiguió muchas veces y con no poca gente. De ahí el calificativo de “pucciniano” conferido a su obra.

Mexicano, sí. Judío, también. Además formado académicamente en el extranjero (Sussex, Southampton, Princeton). La mezcla resultante produjo a un individuo cosmopolita por definición; por genética y por voluntad. Allende su esencia canora, dos rasgos pueden definirlo: por un lado, una pasión irredenta por la lengua castellana, por la palabra en español; por el otro, la decisión inflexible de escribir música como quería, sin importarle que pudiera ser acusado de conservador o incluso de reaccionario. Por todo esto creo que Daniel fue un compositor a secas, antes que un compositor mexicano o uno contemporáneo o uno de vanguardia.

 En todo caso, si alguna tilde hubiera que ponerle, esta sería la de la eñe distintiva de nuestra lengua. Que con tanto gusto portó y a la que bien sirvió.

La música de Daniel –su línea melódica siempre voluptuosa y erótica; su orquestación pictórica y fantasiosa hasta los umbrales de la psicodelia– estará eternamente vinculada con la ensoñación; con lo onírico como acto creativo en estado puro.

Algunos dicen que el instante de la muerte y el modo de morir determinan y de alguna manera resumen la vida de todo individuo. No puede por tanto verse como una simple coincidencia el hecho de que Daniel muriera como lo hizo: durmiendo. Quiero creer –y de hecho por alguna razón estoy seguro de que así fue– que lo hizo soñando. Tal y como compuso. ~