Los viajes y los sueños de la poeta Abutsu ni

Diario de la luna menguante

Abutsu ni

Traducción por Rumi Sato

Satori

Gijón, 2022 , 172

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En el Japón medieval la poesía fue una de las ocupaciones principales y más prestigiosas de las clases aristocráticas. Las familias formaban verdaderas sagas de poetas y compiladores. A una de estas familias –la familia Fujiwara– perteneció Ankamon in no Shijō, que ha pasado a la historia de la literatura con el nombre que adoptó al hacerse monja: Abutsu ni. 

Abutsu ni fue reclamada desde la corte del emperador retirado Go-Saga para que hiciese una copia de La historia de Genji, la novela que había escrito Murasaki Shikibu dos siglos antes. Las copias de obras literarias eran uno de los bienes más preciados en aquella época, y uno de los mejores regalos que se podía recibir. Aquel trabajo no solo dejó claro el inmenso talento que tenía Abutsu ni sino que también determinó su vida, ya que empezó a trabajar como copista estable de los archivos familiares para Fujiwara no Tameie, que era uno de los poetas más célebres de su tiempo. Así tuvo acceso a una gran cantidad de tesoros literarios; se dio la afortunada circunstancia de que coincidieron el talento innato con un ambiente adecuado. Shijō acabó casándose con Tameie y dedicó su vida a la práctica y la enseñanza de la poesía. 

De cómo fue la vida de Abutsu ni, de la importancia que tenía la poesía en el Japón del siglo XIII, de cómo las familias dedicadas a su estudio acabaron siendo reemplazadas en la corte por los clanes militares y de muchas otras cosas lejanas e interesantes me entero leyendo la muy completa y muy entretenida introducción de Teresa Herrero a Diario de la luna menguante, recién publicado con traducción de Rumi Sato por la editorial Satori, especializada en literatura japonesa clásica y contemporánea.

El Diario de la luna menguante es la relación en primera persona del viaje que emprendió Abutsu ni cuando, ya viuda, salió de la ciudad de Heian-kyō (que ahora es Kioto) hacia Kamakura, para resolver unos problemas legales que tenía. Pero esta edición da liebre por gato, por usar la expresión del arquitecto Víctor D’Ors que también recogió Alejandro de la Sota, porque además de ese relato de viajes incluye un relato de juventud de Abutsu ni: Un sueño ligero o en la duermevela

En Un sueño ligero o en la duermevela se cuenta la historia de un amor contrariado, posiblemente autobiográfico. La que escribe es una mujer que está sufriendo porque el amor de su amante por ella se ha enfriado. Por eso decide ingresar en un convento donde a pesar de ser recibida con mucho cariño (“…muchas de las monjas se habían asombrado igualmente al ver mi aspecto misterioso y alocado, pero la gran bondad con la que me acogieron no le iba a la zaga a la de…”) no consigue librarse del todo de los recuerdos que la atormentan. Al cabo del tiempo se aleja aún más del mundo, cuando contrae una enfermedad que debe pasar a solas. A menudo los dolorosos sentimientos son descritos en relación con la naturaleza: “Las hojas de los árboles cambiaron de color paulatinamente. Que alguien tan desafortunado como yo fuera capaz de sentir la brisa del otoño resultaba inmensamente triste”.  El relato se despliega entre la melancolía y el desespero desgarrado pero la tristeza de la antigua enamorada no se ha resuelto del todo en el punto en que se detiene la historia. A ocho siglos de su composición, este relato de Abutsu ni (que nació hace justo ochocientos años, en 1222) se mantiene como un texto muy bello y muy vivo sobre uno de los temas más clásicos, que me imagino que no se habrá resuelto cuando hayan pasado otros tantos siglos.  

El relato de viajes que da título a todo el volumen lo escribió cuando ya era mayor, y también refiere hechos reales. Igual que en el texto anterior, los poemas se alternan con los fragmentos en prosa, pero en este caso con mucha ventaja para los primeros. La autora está ya en lo esencial y es capaz de transmitir lo importante en versos muy concentrados. El texto se cierra con un delicado apéndice en el que al índice de cada jornada le acompaña un dibujo de la luna menguante, cada vez menos visible hasta que en la decimocuarta jornada, cuando la autora llega por fin a Kamakura, se ha convertido en una finísima uña.

En su esclarecedora introducción, Teresa Herrero explica cómo a menudo los poetas japoneses apoyaban los tankas (los poemas de cinco versos con sílabas de cinco, siete, cinco, siete y siete sílabas) que escribían con textos en prosa en los que los incrustaban. De esa manera el lector se ha preparado para recibir la imagen concentrada. Me fijé en eso al ir leyendo, y sabiéndolo la contención propia de las imágenes de la poesía japonesa me resultó más penetrable, y comprendí la alternancia entre prosa y verso que le da a los textos un aire tan particular. Los versos a menudo remedan versos de poetas anteriores. Se repite a menudo la imagen de las mangas mojadas del kimono para indicar que se ha llorado, que es un código de la poesía japonesa, y las sofisticaciones sobre esta imagen delatan al poeta consumado (“…como si pretendieran / humedecer aún más / mis mangas ya mojadas”; “… seguro que las olas / apenas rociarían mis mangas”; “acostumbrada a ver mis mangas / rociadas por las olas”). Todo esto se cuenta en la introducción, que contiene algunas de las indicaciones que recogió Abutsu ni para los jóvenes poetas, quizá para nosotros: “lee los libros de antaño”; “cuando compones un poema, primero debes saber a conciencia el alma del tema principal del poema”; “aquellos que compongan poemas deberán considerar los sentimientos como su mayor prioridad”. Y también nos ofrece un truco que en principio es para los tankas pero que puede servir para otras formas y que consiste en trabajar desde el final hacia el principio: “es recomendable trabajar en el hemistiquio inferior de 7-7 sílabas, después pensar en el segundo verso de siete sílabas, y a continuación decidir cuidadosamente las primeras cinco sílabas; de tal modo que todo encaje desde el principio hasta el final”.

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