Lugar, de Juan José Saer

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Juan José Saer, Lugar, Muchnik Editores, Barcelona, 2002, 190 pp.

RELATO
El detective lejano

En La pesquisa (1994), Pichón Garay, argentino exiliado en París que funge como detective accidental y, más aún, como alter ego de su creador, Juan José Saer —argentino también, avecindado también en la capital francesa desde 1968—, viaja a Buenos Aires a fines de verano para encontrarse con su amigo Carlos Tomatis y conocer a Marcelo Soldi, un rico heredero que los lleva a la finca en la que un dactilograma anónimo titulado En las tiendas griegas ha sido localizado entre los papeles de Jorge Washington Noriega, el poeta muerto en el que vibran ecos jamesianos y que es motivo de una extraña celebración analizada a lo largo de Glosa (1986). Luego de estudiar el dactilograma, los tres amigos se instalan en la terraza de un restaurante bonaerense a intercambiar impresiones; durante la cena, Pichón refiere un insólito suceso acaecido años atrás en París: el caso de un policía, Morvan, que descubrió que el asesino de ancianas que perseguía desde hacía tiempo no era otro que él mismo. Inerme, el inspector caía en un trance nocturno que nublaba la realidad y le impedía darse cuenta de sus raptos criminales:
           Cuando se despertaba de ese sueño único —dice Pichón—, que soñaba con frecuencia y se repetía casi sin variantes, Morvan pasaba el día entero en un estado particular, y una distorsión ligera, hecha no sabía bien si de distancia o de proximidad, modificaba su relación con las cosas.      
     Al igual que La pesquisa, en cuyo núcleo está inserta, la historia de Pichón concluye con el primer indicio del otoño, una tempestad que obliga a los tres amigos a mudarse no sólo de sitio sino de texto; salen de la novela y el restaurante para entrar en "Recepción en Baker Street" y en la estación de autobuses donde se refugia Nula, el enólogo con que arranca esta nouvelle incluida en Lugar (Seix Barral, 2000; Muchnik Editores, 2002). Una vez en el bar de la estación, al cabo de que los cuatro piden de beber, Tomatis se apropia del micrófono para contar el proyecto que trae entre manos, un extenso poema narrativo protagonizado por un octogenario Sherlock Holmes: "Sófocles y yo —acota— seríamos los dos únicos autores que hubiésemos tratado en verso un enigma policial." Dos años después de su viaje a Buenos Aires, Pichón recibe en París una llamada de Tomatis, que le reseña el hallazgo de un segundo dactilograma perdido entre los papeles de Washington Noriega y desprendido de En las tiendas griegas. Esta llamada es el detonador de "En línea", otro de los veintiún magníficos relatos que conforman Lugar.
     "Se me ocurrió —ha declarado Saer (1937)— que la mejor manera de hacer una síntesis de todo aquello que me rodeaba era no hacerla; tratar los temas de manera separada y darles una unidad desde el estilo a través de mi propio mundo, a través de mi mirada. Ése y no otro es el lugar al que alude el título de mi libro." Un estilo, un mundo, una mirada: originales, inconfundibles, estos elementos han urdido un corpus escritural que abarca cuento, novela, ensayo y poesía y que se ha ganado a pulso un sitio de honor en la literatura contemporánea. Vasta y compleja, en deuda tanto con la filosofía y los clásicos grecolatinos como con el nouveau roman y ciertos postulados policiacos, la obra de Saer avanza a contracorriente del mercado y los reflectores, diseñando estrategias narrativas y poéticas acordes con las necesidades de cada texto, construyendo puentes por los que deambulan personajes y situaciones de un título a otro, tejiendo una prolija red de correspondencias en la que pervive la huella de Balzac y Faulkner. Tomatis, ese engreído entrañable, por ejemplo, aparece en cinco relatos de Lugar; Pichón, en tres; Soldi, en dos; Washington Noriega y el Matemático, uno de los protagonistas de Glosa, en uno. ¿Y qué une a los viejos aliados de Saer con las nuevas criaturas que pueblan Lugar? Un estilo, un mundo y una mirada, sí, pero también una obsesión que fluye con la tenacidad de un río subterráneo —la imagen no es gratuita pues el río es una constante, material y rítmica, en la prosa de Saer— por varios libros: la pugna entre cercanía y lejanía, patente en los devaneos del asesino de La pesquisa, que al despertar advierte que "una distorsión ligera, hecha no [sabe] bien si de distancia o de proximidad, [modifica] su relación con las cosas". En esta tensión de claros bordes metafísicos, a caballo entre el orbe exterior y el orbe interior, entre lo visible y lo invisible, se mueven los personajes de Lugar, seres que buscan y dan con "ese espacio ambiguo, al mismo tiempo inmediato y remoto, en el que lo familiar se transfigura y empieza a parecerse a lo desconocido". Berlín, Bruselas, Buenos Aires, Chernobil, El Cairo, Figueras, Madrid, París o Viena; una localidad del Middle West estadounidense, una ciudad de la Rumania post-Ceaucescu o la Troya antigua: los escenarios cambian pero la tensión —el lugar al que pertenecen los viajeros psíquicos de Saer— se mantiene fija, inamovible. "¿Para qué ir tan lejos a develar misterios —dice el astronauta de "Ligustros en flor"— si lo más cercano, yo mismo por ejemplo, es igualmente enigmático?" Juan José Saer ha dado una brillante respuesta a esta pregunta retórica: veintiún textos en los que cuestiona la superficie del mundo porque sabe —detective por accidente como su alter ego Pichón Garay, pero detective al fin y al cabo— que hay que indagar en las simas en pos de la sustancia. Sabe que hay que venir "de más lejos que del fondo del patio […] de muchísimo más lejos", como uno de sus personajes, para entregar una literatura inquietantemente próxima. ~

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