Más allá de la sordidez

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Nadia Villafuerte

Por el lado salvaje

México, Ediciones B, 2011, 402 pp.

 

De principio, admitamos que pocas fórmulas resultan ahora tan atractivas como los fracasos o las epifanías de un puñado de supervivientes. Los mutilados, los sicarios, las mujeres que viven al borde y todos aquellos que representan alguna forma de estridencia, legitiman la complejidad del mundo y nunca dejan de corroborarle al lector la suerte de estar, más o menos, a salvo. A primera vista, gracias a su título y a la oferta de su contraportada, pareciera que Por el lado salvaje es un retrato de ese tipo de marginalidad, pero se trata de una apreciación errónea. El debut novelístico de Nadia Villafuerte (Tuxtla Gutiérrez, 1978) evita los regodeos en la abyección, aunque toda ella recorra el volumen, aunque no falten transgresiones, mezquindades, sometimientos consentidos. A pesar de su predilección por los escenarios hostiles del mundo, por los detalles corporales o las declaraciones alarmantes, la autora no se detiene en esos hechos, sino abunda en los infiernos interiores, en aquello que los personajes tienen que decir sobre los hechos. El resultado no es otro que literatura de primera línea.

Los ingredientes son numerosos y podrían alentar la idea de que nos encontramos ante una cronista de la degradación: una adolescente manca que para huir de Chiapas inicia un periplo que la lleva a Honduras y de ahí a un burdel de Tijuana, el biólogo travesti que la saca del país, un fotógrafo italiano tras las imágenes de la guerra en Centroamérica, un reportero que intenta descifrar a un terrorista islámico, un exconvicto y su novia en un auto a doscientos kilómetros por hora. Más que la sordidez, los personajes que Nadia Villafuerte pone en escena tienen en común su condición de prófugos. Y sus tramas contienen altas dosis de azar, porque uno de sus móviles narrativos es saber qué hace alguien que se ha topado, en un momento decisivo de su vida, con el azar.

Villafuerte sorteó, me parece que con talento, las tentaciones de la descripción cruda, el costumbrismo, los clichés fronterizos y la escritura falsamente estilizada. Por fortuna, no es la única autora que lo está haciendo (pienso en sus compañeras de generación Gabriela Torres Olivares e Iris García). La chiapaneca apuesta por eludir los tópicos a través de la introspección psicológica y la reflexión sobre la confiabilidad de los retratos, sobre el valor de lo narrable. Detrás de sus seres extremos, sus escenarios deprimentes, la violencia y el sexo, advierto en esta novela una discusión sobre la validez de las representaciones. ¿Puede la fotografía –y la escritura– capturar el horror de ciertas realidades o solo será un mero registro que nos consuele de “no haber estado ahí”? ¿Qué nos está permitido observar y qué no: la niñez desnuda, la enfermedad, el dolor de los demás? ¿Es la narrativa también una intrusión en la intimidad ajena, en busca de algo másque dé significado a nuestro voyeurismo?

No es casual, por dicho motivo, que varios de los personajes de este libro sean periodistas, gente dedicada a dejar constancia visual y escrita de los sucesos. Las fotografías, ha afirmado Susan Sontag, “confieren importancia a los acontecimientos y los vuelven memorables”. El grupo de reporteros que intenta capturar la realidad de la revolución sandinista pero acaba viéndola como espectáculo o la caja de viejas fotografías de guerra que solotendrá valor para una universidad estadounidense ponen el tema en el centro de Por el lado salvaje. Aquellas evidencias de la atrocidad terminan sirviendo para explicar la historia, pero también para sustituirla, como indica uno de los personajes.

En una novela donde las imágenes resultan esenciales tampoco es fortuito que aparezcan tantos narradores dando su versión de los sucesos. Cada uno aportando un supuesto autorretrato cuyo mayor mérito es mostrar con la misma claridad –pero igual reserva– a sus intrusos. Todos los personajes siendo “photobombers” de otros personajes, arruinando instantáneas ajenas, pero al mismo tiempo otorgándoles sentido.

Dos aspectos a destacar. Por un lado, los “Cinco retratos para una exposición (Las postales de Bonnie)”, esa serie de relatos cortos dentro de la novela, muestran a Nadia Villafuerte en pleno dominio narrativo: con historias donde en apariencia nada sucede, pero todo está derrumbándose en cámara lenta. Es la estrategia que mejor ha sabido desarrollar, como lo corroboran también los cuentos de ¿Te gusta el látex, cielo? (2008): una suerte de tensión creciente que nunca explota de modo ensordecedor, porque lo peor ya está aconteciendo, así en voz baja. Una pareja de migrantes en un buque carguero, una pedicurista en Shanghái y sus conversaciones con un hombre repentino, la estudiante africana sometida por un rico portugués (protagonistas ambos de una escena tan hermosa como repulsiva). Todos ellos no son solo individuos en lugares equivocados, sino imágenes que, dado el sitio que ocupa el observador como intruso, no conceden más verdad que la conjetura.

Por otro lado, la presencia de un poetastro que se hace llamar Spiderman confiere a la novela uno de sus personajes más interesantes a la vez que un estremecedor testimonio, no exento de humor, de la relación entre una madre enferma de cáncer y el hijo responsable de cuidarla. Es a través de este escritor aficionado a hacer pintas en las paredes donde Nadia Villafuerte logra una voz originalísima, que nunca abandona el lirismo, pero tampoco su precisión al momento de describir los malestares del cuerpo, las decepciones familiares y las contradicciones internas de aquellas palabras que ya imaginábamos en desuso, como “amor” o “candidez”. Además, Spiderman resume en una de sus frases el que quizá sea el plan narrativo de la autora: “Lo importante no es el final, tampoco el principio, ni siquiera lo ocurrido en el itinerario, sino que los personajes de una historia se salgan del trayecto.”

Acudiendo de nuevo a Sontag, “la mirada y el acopio de los fragmentos de la mirada nunca pueden completarse”. Por el lado salvaje está construida con esa convicción fotográfica, en su forma puntillosa de secuenciar las versiones de una historia, pero también en el cuestionamiento de si la narración o la fotografía pueden superar el mero empeño de la representación. Finalmente, toca a la adolescente manca de esta trama descubrir dicha verdad: verlo todo es no comprender nada. ~