Muro de contención

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Uno de los primeros méritos de Elorza en estas páginas es mostrar de manera clara cómo el gobierno nacionalista vasco compagina el elogio de sus éxitos, la grandiosidad de su política, con el terrible sentimiento en el que vive bajo el invasor español (algo así como si un preso de Carabanchel explicara a sus compañeros de celda lo bien que se vive allí gracias a dicho sector de reclusos). Ese sometimiento, por supuesto, sólo puede acabar —sigue Elorza— con la reconstrucción de una Euskal Herría idílica, que vaya usted a saber cuándo existió. Es una vieja estrategia, tanto política como religiosa, que no por sobada deja de tener sus éxitos: siempre existe una edad de oro, sea en el pasado o en el paraíso futuro; sólo queda el matiz de lamentar o esperar. En el caso del nacionalismo vasco, esa edad de oro está construida sobre la visión esperpéntica y racista de Sabino Arana, que paradójicamente recrea a fondo los más lamentables elementos del españolismo.
     Otro mérito reseñable del libro de Elorza es la desmitificación de la izquierda vasca (y parte de la española), demostrando que tras la máscara de su resistencia al franquismo se encontraba justamente un rancio antiespañolismo sabiniano. Si bien es cierto que algunos grupos estaban empapados de marxismo, lo que ha predominado en el intento de construir el “pueblo trabajador vasco” han sido las concepciones reaccionarias, enemigas del progreso y amantes del orden rural de los “puros de sangre”.
     Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial el racismo se volvió impresentable, así que fue preciso buscar otra seña de identidad. Ésta sería la lengua, el camino para la vuelta a la idílica Euskal Herría. El invento correría a cargo del filólogo F. Krutwig. La estrategia: “Es una obligación para todo hijo de Euskal Herría oponerse a la desnacionalización, aunque para ello haya que emplear la revolución, el terrorismo y la guerra. El exterminio de los maestros y de los agentes de la desnacionalización es una obligación que la Naturaleza reclama de todo hombre”. Elorza muestra la adaptación que tiene este aranismo maquillado a las luchas radicales de los años sesenta. En este aspecto destacan las páginas donde se analiza la memez de la izquierda latinoamericana frente a la mitología etarra. Es de mencionarse que aún hoy es frecuente encontrar elogios y apoyos a Batasuna en el más influyente diario de la izquierda mexicana, y continuas descalificaciones a ese peligrosísimo agente del imperialismo español que es Fernando Savater.
     Destaca asimismo en La hora de Euzkadi el modo en que Elorza remarca el uso del “nosotros” entre los nacionalistas vascos: “¿Quién es ese nosotros?” No puede tratarse del conjunto de los vascos, a no ser que por vascos entendamos exclusiva y excluyentemente a los “auténticos vascos”, los nacionalistas que permanecen fieles a la doctrina del Fundador —al que, por lo demás, no conviene nombrar más de la cuenta—. Si la realidad no coincide con los deseos de los iluminados, peor para la realidad. Eso a pesar de que en múltiples ocasiones la mayoría de esos vascos, desde Bayona hasta el Ebro, han demostrado en elecciones democráticas que piensan de otra manera. Lo negado por los votos puede ser subsanado por varias vías, desde el asesinato hasta la emigración forzada por el terror, o sea, un escrupuloso programa (pogromo) de limpieza étnica que garantice que todos los vascos que se queden voten lo que hay que votar y disfruten del pedigrí.
     La visión de Elorza sobre los efectos de la lucha nacionalista discrepa de otras críticas a los adictos a Euskal Herría. Para el autor, cualquiera que sea el grado de violencia empleado sólo puede resultar contraproducente para la construcción nacional vasca. Aparentemente, dice Elorza, toda crítica al ideario de los tres partidos abertzales es considerada como antinacionalismo o, peor aún, puro españolismo. La confrontación con el legado de Arana es una exigencia ineludible para quienes pretendan una articulación nacional vasca asentada en la participación ciudadana y en los usos democráticos. Esa participación no existe para la mitad de los vascos, ni puede manifestarse libremente: Euskadi es patrimonio de los abertzales. Para los cegados con la creencia de que los vascos viven oprimidos más o menos en las mismas condiciones que los indígenas del Subcomandante Marcos, por culpa de los españoles, no estará de más señalar que, aparte de que la mayoría de los vascos están sobrados de calorías y los indios se pudren en la miseria, son la mitad de los vascos los que pueden caer en cualquier momento por el tiro de ETA o por la complacencia, por acción u omisión, de los otros nacionalistas; al final los hermanan sus fines.
     Elorza mezcla con habilidad sus conocimientos históricos, la crítica ideológica y el seguimiento de la actualidad en esta reunión de artículos publicados en El País y en El Correo Vasco. De esta manera, facilita al lector ver cómo de aquellos polvos vinieron estos lodos. Lodos, por otra parte, astutamente administrados por el pnv, que durante muchos años se ha beneficiado del orden constitucional vigente con el horizonte de suprimirlo cuando se haya suprimido del todo a los discrepantes, o sea, cuando el pastel esté amarrado y puedan seguir administrando una soberanía vasca anterior a toda Constitución. Como bien señala Elorza, es inútil explicar a los fanáticos que cualquier historiador solvente desestima la interpretación de Sabino Arana, cuyo único “mérito” intelectual demostrable es que es uno de los precursores del pensamiento fascista rural en Europa.
     El aranismo sigue vivo y matando: tal es una de las más destacables conclusiones de Elorza. A saber cómo gente que abandonó el arado para ponerse ciega de chacolís en los bares de las facultades puede seguir tragándose la píldora de la “soberanía originaria” (puedo asegurar que no es culpa del chacolí), y que ante tan sagrada finalidad nada importe que salten por los aires las instituciones y el propio Estado Democrático (y, claro, los hombres).
     Remataré como buen escéptico: es inútil que a esta gente se le pongan por delante los análisis de Caro Baroja, Juaristi, Aranzadi, Savater, o Elorza. ¿Para qué pensar si ya todo lo pensaron los nuestros? Nunca faltará el idiota que asegure que contra Franco vivíamos mejor. ~


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