Nin reír / La risa a lo largo de la historia, la ciencia, el arte, mi vida y la literatura, de Bárbara Jacobs

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Para leer o para escribir sobre la risa y el reír, se hace necesario o bien estar de muy buen humor, o bien tener muchas ganas de leer y de escribir –o bien una mezcla de todas esas cosas rayana en la locura. La risa es una planta frágil y celosa que no se da en cualquier sitio, ni crece en cualquier terreno. Aunque se supone que algunas especies animales –como la hiena o la guacamaya– son capaces de risa atigrada o de carcajada emplumada, en rigor, la risa, como el lenguaje, es cosa propiamente humana.

“¿Cómo quiere usted que le corte el cabello?, le pregunta un peluquero hablantín a su cliente. Respuesta: en silencio.” Este breve cuento proviene del Filolegos, aquella recopilación de chistes y ocurrencias que data de los siglos tercero y cuarto antes de Cristo.

El primer bromista de la historia fue el griego Palamedes que inventó las damas y el abecedario, y es uno de los primeros actores cómicos que registra formalmente la historia, aunque se atribuye a Homero “La guerra de las ranas y los ratones” o “Batracomiomaquia”. Aristófanes inventó la comedia –género bastante tardío– curiosamente para burlarse de los que se burlaban del pueblo, los sofistas, peligrosamente representados por un suicida: Sócrates. En el antiguo testamento los profetas no suelen reír, pero en la voz “aleluya” resuena la risa, el jajajá del cosmos.

Los dioses del Olimpo, como insisten Maurice Blanchot y Pierre Klossowski, murieron de la única forma en que podían hacerlo: de risa. Luego los historiadores del arte vendrían a decirnos que ese bíblico Isaac listo para ser sacrificado por su padre era en realidad la figura traviesa y perversa del dios Baco, entre los griegos Pan, divinidad tutelar de las pesadillas y de otras hijas del mal dormir.

La risa siempre ha estado cerca de lo imprevisible. Cuenta un cronista que llevaron a unos indios a la corte en Europa, para ver si realmente eran hombres y comprobar si eran capaces de reír; así, los pusieron a contemplar las evoluciones de malabaristas y payasos, pero los indios imperturbables no movieron un músculo de la cara. Al salir de la ceremonia, el obispo que precedía la sesión tropezó y estuvo a punto de caer. Las carcajadas de los indios no se hicieron esperar.

La risa ha sido siempre un objeto de estudio tan escurridizo como capaz de suscitar vértigo y obsesión.

La risa puede ser por lo demás un arma blanda pero mortal, como prueba la tradición satírica en contra de los poderes establecidos, principalmente en los países de origen latino. Hasta tal punto que se podría decir que donde hay poder, hay risa, y donde hay caudillo hay chiste.

Y apenas ayer alguien me contó que se acaba de inventar una cámara fotográfica tan discreta, que sólo se activa cuando el sujeto a punto de ser fotografiado se ríe.

 

II

“La risa de los dioses” es el título del ensayo que Maurice Blanchot dedicó a la obra de Pierre Klossowski. El ensayo de Blanchot se publicó en México en 1972 en la revista independiente Cave Canem [Cuidado con el perro], fundada por Francisco Valdés y el casi niño Adolfo Castañón. En ella colaboraron Bárbara Jacobs, Bernardo Ruiz, Eduardo Hurtado, Alán Arias, Carlos Rodolfo y algunos otros; en sus páginas yo mismo traduje a Pierre Klossowski y el ensayo mencionado de Mauricio Blanchot.

A Bárbara la conocí en aquellos años a la sombra cordial del taller de cuento animado por Augusto “Tito” Monterroso. Aunque yo adivinaba que Bárbara –que llevaba nombre de silogismo y de hija de la frontera– estudiaba algo, nunca hubiese imaginado que se encontraba trabajando en una tesis para la facultad de psicología sobre el tema de la risa.

El libro comentado, Nin reír, es una prenda sobreviviente, reciclada, recalentada, cocinada o embalsamada, de aquel proyecto. La intención de aquel ambicioso trabajo probablemente varió, pero el libro guarda todavía ciertos aires académicos y resabios universitarios, como la exposición sobre el origen de “La comedia” o la guía de capítulos desaparecidos que contiene.

Nin reír se presenta más bien como un ensayo novelado o una epístola dramatizada. En el reparto figuran dos voces: la que suponemos de Bárbara o su narrador(a), y la de su Maestro interior. También cruzan por las calles y callejuelas de esta ciudad de letras las voces de autores como el judío-español del siglo xii Sem-Tom [el judío-español del siglo xiv Sem Tob] o las de Michel de Montaigne, Robert Burton, Augusto Monterroso, Ambrose Bierce, Sigmund Freud.

El libro de Bárbara menciona a Quevedo y a Cervantes como autores que propenden a lo cómico y me lleva a moverme, reordenar mi biblioteca y sacar de sus estantes la larga tradición que va del Cancionero de Burlas y La Celestina a José Bergamín y Ramón Gómez de la Serna, la tradición de los humoristas españoles recogida en la Antología de humoristas españoles,1 en la Antología del humor negro español, preparada por Cristóbal Serra,2 y, en fin, en La broma literaria en nuestros días,3 obra por la que atraviesan los simulacros, espectros falaces, buscapiés identitarios y otros perfiles de artistas de la falsificación como: Max Aub, Francisco Ayala, Ricardo Gullón, Carlos Ripoll y César Tiempo. Aparecería de nuevo aquí Augusto Monterroso del brazo de Eduardo Torres, su inventado autor, y en el horizonte las figuras de Bustos Domecq (hijo de Borges y Bioy), Juan de Mairena y Abel Martín (hijos de Antonio Machado), Gorrondona y Jaime Leñada (hijos de Alejandro Rossi). ¿Para qué? Para formar con ellos un estante encabezado por Nin reír.

Nin reír es un libro sobre la risa, la sonrisa, el buen humor y el humor negro, o más bien sobre la melancolía –ese otro humor negro–, los sentimientos azules y la pesadilla, para la cual Bárbara propone un neologismo que no me parece apropiado: caossueño.

Nin reír es un ensayo novelado cuya apariencia de fábula y travesura intelectual no debe engañar al lector pues se trata, en el fondo, de un libro de filosofía y, si se me apura, de un breviario de las distintas técnicas y prácticas que se encuentran desplegadas en la paleta cómica: la ironía, el chiste, el humor, sus condiciones contextuales y circundantes, sus límites con la melancolía y sus lindes en la tristeza…

Libro deleitoso, como escrito en voz baja y que incluye no pocas citas memorables de la tradición europea.

La verdad académica de que los sueños, los chistes y las bromas sirven como válvula de escape a las tensiones de una sociedad, la sabían en la práctica los satíricos mexicanos estudiados por Carlos Monsiváis en Las herencias ocultas del pensamiento liberal del siglo xix, y por Rafael Barajas, “El Fisgón”, en Sólo me río cuando me duele. De Nin reír parecen estar excluidos el humor grueso, la payasada estentórea, el chiste a ras de suelo o de cuerpo, la salida chambona y procaz no tienen lugar en Nin reír. La poderosa, plebeya, sarcástica, tradición humorística mexicana que “El Fisgón” interroga en Sólo me río cuando me duele, se puede leer al tiempo que se practica la de Bárbara Jacobs, como quien pone un poco de salsa picante junto a la vinagreta hecha a base de aceite de oliva.

Cuando un escritor da con un tema verdadero, suele resultar un descubridor que se adentra en un territorio al mismo tiempo que otros por otras vías, tal es el caso del libro de Bárbara Jacobs. ~

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