Ruy Pérez Tamayo, lámpara en el océano

Ruy Pérez Tamayo vivió y desvivió varias vidas: la del investigador médico y patólogo, la del profesor y maestro, la del autor de numerosos libros y artículos, la de miembro de sociedades e instituciones. Este es un fugaz recorrido por algunas de ellas.
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A lo largo de su fecunda longevidad, Ruy Pérez Tamayo (1924-2022) vivió y desvivió varias vidas: la del investigador médico y patólogo, la del profesor y maestro, la del autor de numerosos libros y artículos, la de miembro de sociedades e instituciones como la Academia Mexicana de la Lengua, El Colegio Nacional, la del amigo que se reunía periódicamente con sus compañeros de generación –como el genetista Rubén Lisker o el médico Salvador Armendares–, o la banda del “Club de Berlín” que reunía periódicamente a físicos y científicos –como Asdrúbal Flores, Jorge Flores, Ariel Valladares, entre otros, como recordó Malva Flores en su vívido obituario del inmunólogo– la del lector y paseante, la del jardinero y esposo, padre, viudo, abuelo y bisabuelo.

Ruy Pérez Tamayo sabía hacer libros y conocía cómo estaban hechos. Lo prueban los dos tomos de El concepto de enfermedad: su evolución a través de la historia que le publicó el Fondo de Cultura Económica en 1989. El título es engañoso. Se trata de una historia de la humanidad vista a través de las enfermedades, epidemias, pandemias y padecimientos que la han acompañado a lo largo de la historia y alrededor del planeta. Ruy era uno de los pocos que podía decir con pruebas de laboratorio en mano que nada humano le era ajeno. Su ojo clínico incluía la poesía y la literatura, como demostró en “Una lectura crítica de la flor punitiva” sobre Ramón López Velarde y la gonorrea y la sífilis. Un detalle: el libro El concepto de enfermedad está cuidadosamente ilustrado. Cada una de las imágenes que acompañan esa obra fue elegida por él. El 14 de agosto de 2020 me escribió para preguntarme si no recordaba yo de mis tiempos del FCE ¡si se había pedido permiso a los herederos de Walt Disney para reproducir una imagen de Mickey Mouse que aparece en esa obra!:

Necesito saber quién seleccionó la Fig. 1 del primer tomo de mi libro El Concepto de Enfermedad, editado por El Fondo de Cultura Económica en 1988. La figura es del Ratón Miguelito y entonces no existía Walt Disney International, por lo que se reprodujo sin permiso. Ahora El Colegio Nacional va a imprimir una segunda edición y estamos esperando que nos digan cuánto cuesta. Walt Disney International quiere saber de dónde se tomó la imagen para la primera edición, cuando ellos no tenían existencia. ¿Me podrás ayudar?

No fue posible ayudar a Ruy en su detectivesco afán.

Me consta que cuidaba celosamente el proceso de la edición y, como he dicho antes, era una persona que sabía cómo hacer libros así en el orden material como en el intelectual. A diferencia de muchos otros escritores, la biblioteca de Ruy Pérez Tamayo estaba limpia, cuidadosamente ordenada, los volúmenes guardados diligentemente como en los estantes de una farmacia.

Ruy fue un personaje clave en la organización del Catálogo del FCE relacionado con la ciencia. Formó parte del núcleo de científicos que, con Jorge Flores y Alejandra Jáidar, se unieron para lanzar la exitosa iniciativa editorial primero llamada La Ciencia desde México y luego La Ciencia para Todos.

Como sabía escuchar a quien le hablaba, Ruy era un gran conversador capaz de decir verdades incómodas con elegancia de samurái. Fue uno de los más activos y entusiastas participantes en lo que se ha llamado la divulgación de la ciencia. Le gustaba leer y escribir, desde luego, pero también participar en la gestación de las obras de los investigadores de menor edad que él. Eso lo llevó a ser querido y apreciado, amado por generaciones de jóvenes y no tan jóvenes. Más que un maestro, fue un polinizador. Entre sus discípulos más conocidos están Francisco González-Crussi, José Luis Díaz Gómez y Arnoldo Kraus. No es asombroso que el FCE junto con otras instituciones haya fundado un prestigioso concurso editorial: el Premio Internacional de Divulgación de la Ciencia Ruy Pérez Tamayo, fundado en 2016 y que se convoca cada dos años.

Aunque nació en el puerto de Tampico, en 1924, bajo el signo de Escorpión en el horóscopo tradicional y del de la Rata en el chino, Ruy pasó algunas temporadas de su infancia en Yucatán, pues sus padres eran originarios de ahí, y corría por sus venas sangre de los antiguos mayas. Me consta que le interesaba la trova yucateca y un día tuve la fortuna de regalarle una pequeña colección del Cancionero Picot donde venían las letras de compositores como Guty Cárdenas. Acaso ese interés esté en la prehistoria intelectual de los trabajos de su hijo, el historiador, compositor y musicólogo Ricardo Pérez Monfort, autor de Tlacotalpan, la Virgen de la Candelaria y los sones, 1992, y de El fandango y sus cultivadores, 2015.

Una de las diversas vidas que vivió fue la del apasionado de la música. La había heredado de su padre quien, además de ser violinista en la Filarmónica de la UNAM, fue anunciador en Radio UNAM y en la XEW. Su afición por la música clásica era conocida. Asistía con puntualidad a los conciertos de la sala Nezahualcóyotl y no se perdía ciertas interpretaciones de grandes virtuosos en Bellas Artes.

Entre el caudal imponente de sus obras de investigación (sus obras completas en El Colegio Nacional ascienden a 26 tomos, sin contar obras sueltas como El viejo alquimista, y más de 170 artículos en revistas nacionales y extranjeras), a mis ojos destaca un volumen de ensayos que publicó con Siglo XXI, en plena madurez, a sus 56 años, titulado Serendipia: ensayos sobre ciencia, medicina y otros sueños. Ahí se vierte el mirador caleidoscópico de sus diversas curiosidades. Me llama la atención el subtítulo que equipara a la ciencia y a la medicina con el sueño. Para Ruy la ciencia era, además de rigurosa observación, un sueño. No pocos de sus ensayos tendrían que estar en una nueva hipotética antología del ensayo mexicano moderno inspirada en la que hizo José Luis Martínez, quien dirigía la Academia Mexicana de la Lengua cuando él ingresó.

El dedicado a Pérez Tamayo fue el segundo de los programas que hice para la serie “Los maestros detrás de las ideas”, auspiciada por la UNAM. Para hacer los programas, realizaba una investigación y una entrevista previa con el entrevistado. Eso me permitió entrever sus días a lo largo de los años, conocer algo de su familia (el doctor Alfonso G. Alarcón, amigo de sus padres, fue el encargado de recibir al niño que se llamaría Ruy), de sus lecturas (leyó precozmente, en inglés, a Bertrand Russell) y de sus inquietudes intelectuales como investigador, a partir de su encuentro decisivo en 1943 con Raúl Hernández Peón y, más tarde, con el maestro español trasterrado Isaac Costero.

La curiosidad por ver el entorno con los ojos de la ciencia se despertó en Ruy Pérez Tamayo desde muy joven. Se impuso una disciplina de lectura y estudio que lo haría sobresalir entre sus compañeros. Tenía la costumbre de levantarse temprano en la mañana, cuando todavía no amanecía, para de ahí trasladarse al hospital donde se encontraban sus espacios de experimentación, su laboratorio. Impartía cursos y conferencias; no sé a qué hora leía y escribía tanto, pero sabemos que durante muchos años jugó al tenis. Ruy tenía una consciencia muy aguda de que era importante una buena condición física para dedicarse a las labores científicas. Se cuidaba, era frugal y apenas desayunaba un par de huevos tibios, pero eso no le impedía concluir la jornada acompañado de un whisky en las rocas.

Ruy entró a la Academia Mexicana de la Lengua el 13 de noviembre de 1986 para tomar posesión el 3 de abril de 1987 como noveno ocupante de la silla VIII. Sucedió a su maestro y amigo, don Francisco Fernández del Castillo, a quien dedicó un perfil en el citado libro Semblanzas de académicos. Fue el primer director adjunto y el décimo tercer tesorero y tesorero honorario de la Academia Mexicana de la Lengua.

Quienes formamos parte a lo largo de las años de la Comisión de Consultas de la Academia Mexicana de la Lengua, conocíamos su inteligencia exacta como reloj. Nos enteramos de su muerte el jueves 27 de enero, al final de la sesión #653 de la comisión de la que él formaba parte desde su fundación en 2005. El interés que nos congrega a los académicos que nos reunimos todas las semanas en el espacio de esa comisión es la lengua, el lenguaje, las palabras y su uso, la gramática y la sintaxis. Ruy se divertía en esas sesiones donde se encontraban la clínica, la lexicografía, la historia y la gramática. Llegaba siempre con la tarea hecha.

Estaba al corriente de los adelantos científicos y técnicos en el mundo, así como de los problemas que enfrenta a nivel global la investigación en el orden político y financiero. Nada se le escapaba. Conocía el árbol de la ciencia desde las raíces hasta la fronda, casi se diría hasta la sombra y árbol adentro. Siempre le atrajeron los temas difíciles, arriesgados, fronterizos de y para la ciencia y la técnica, como la alquimia, la magia, la medicina tradicional, según documenta su libro ¿Existe el método científico? Historia y realidad. Como había hecho sus estudios en los Estados Unidos y estaba casado con una investigadora, su compañera de origen alemán, Irmgard, conocía personalmente y por sus libros y artículos, a muchos galardonados con el Premio Nobel en química, física, medicina. Persona modesta, era dueño de un incisivo sentido del humor. También era compasivo y le preocupaban las dificultades de las personas que lo rodeaban, pero también, y mucho más, las que enfrentan en un país como México, las vocaciones atraídas por la investigación y la ciencia. No es casual que haya publicado en México, en 2013, “Diez razones para ser científico”.

Acudía a dictar conferencias y participar en conversatorios y foros tanto en la ciudad como en el país. Aunque estaba lejos de ser amigo de las polémicas, en noviembre de 1992 publicó en la Revista de la Universidad (núm. 502): “En defensa de las conferencias”, en donde exponía sus discrepancias con las “Tesis sobre administración cultural” publicadas por Gabriel Zaid en el número 188 de Vuelta en julio del mismo año, en torno al uso y abuso de esta práctica académica. La pieza resulta interesante, pues en ella Ruy hace una exposición de lo que podría llamarse la ética de la divulgación científica cultural.

Ruy Pérez Tamayo nació en Tampico, Tamaulipas, cerca del mar. También nos dejó mirando serenamente al mar, en el puerto de Ensenada, según ha referido su hija, la bióloga, traductora y editora Isabel Pérez Monfort. Poco extraña que las manifestaciones producidas por su fallecimiento hayan sido innumerables. En el primer día se registraron más de 43 solo en parte de la prensa nacional, sin contar las noticias de radio, TV e internet. Estas letras son apenas algunas gotas de esa cascada.


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