Paisajes del placer, paisajes de la crisis, de Mario de Santa Ana (ed.)

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No son pocos, hoy por hoy, los países —España entre ellos, por supuesto— que tienen en el turismo su más importante capítulo económico. Abundan los estudios sobre el fenómeno turístico en el plano financiero y en el sociológico, pero escasean, en nuestra lengua al menos, los dedicados a examinar su impacto en una dimensión estrictamente cultural, aspecto que no debe olvidarse en modo alguno, porque las transformaciones económicas y sociales no pueden ser cabalmente entendidas sin las traducciones y consecuencias que implican en este otro decisivo sector. El crítico y periodista cultural Mariano de Santa Ana observó esa laguna y organizó en 2001 un seminario (fruto del cual es el presente libro) dedicado a analizar desde diferentes perspectivas lo que llama los “paisajes del placer” que son los ámbitos turísticos y su inevitable mutación en “paisajes de la crisis”. Escogió para ello un territorio —las Islas Canarias— que, privilegiado desde el punto de vista de la explotación turística, ha conocido en los últimos tiempos notables transformaciones causadas por el turismo y sufre hoy, desde ese mismo punto de vista, una situación en muchos sentidos indeseable y alarmante. Sin querer extrapolar los resultados del análisis a otras regiones, el modelo geográfico y cultural escogido por Mariano de Santa Ana puede servir como ejemplo de un fenómeno que en la actualidad afecta a muchos territorios en todo el mundo.
     Ninguna de las perspectivas aquí manejadas —la literatura, la fotografía, el arte, la publicidad, la arquitectura, el cine, la museología— puede alejarse mucho del turismo como realidad económica y social. En primer lugar, J. M. Marrero Henríquez, después de mencionar algunos precedentes locales de la preocupación ecológica, examina desde la “ecocrítica” ciertos textos literarios relacionados con los espacios físicos, desde las viejas guías hasta algunas novelas y poemas actuales sobre las Islas. Los paisajes y espacios naturales de Canarias han sido muy celebrados desde antiguo por los escritores, pero también los trastornos y atentados medioambientales han tenido su crítica y su denuncia en la literatura, como muestran ciertos textos de Ernst Jünger, Eugenio de Andrade o David Lodge (Marrero olvida, sin embargo, que algunos de esos textos fueron dados a conocer hace muchos años por la revista Syntaxis). Los estereotipos visuales son analizados por Carmelo Vega en un fino trabajo, “Paisajes de tránsito: la mirada turística”. La tarjetas postales constituyen “escenarios de teatralización de lo local” para esa “experiencia prevista y organizada de la felicidad” que es el turismo. Algunas imágenes que han circulado de Canarias no están lejos de lo que, como recuerda Vega, se ha dado en llamar la “invasión ficcional” (Marc Augé) de los centros de distracción turística. Desde la vieja “climatoterapia” de los primeros viajeros decimonónicos a Canarias hasta el actual turismo de sea, sun, sex, en las Islas se ha recorrido un largo camino de progreso económico y de agresión medioambiental. Hay que reconocer que el estereotipo del “paraíso turístico” de Canarias divulgado por muchas imágenes exige de nosotros una “disidencia activa” que contribuya a no arruinar aún más la fragilidad territorial de las Islas.
     Pero también los artistas han contribuido a las “imágenes promocionales” del archipiélago. Es el propio coordinador del volumen, Mariano de Santa Ana, quien, en un breve y certero recorrido por la historia cultural canaria del siglo xx, interpreta la contribución de artistas como Néstor, Óscar Domínguez o César Manrique a la difusión de una idea de los espacios físicos canarios como “promesas de felicidad” en las que se dan la mano la industria cultural y la “industrialización de la visión” turística; otros artistas, como Gerhard Richter o Néstor Torrens, hacen reflexionar al espectador sobre los estereotipos visuales y sobre el espectáculo de la mutación de la naturaleza en insufribles bloques de apartamentos. Por su parte, Gerardo Carreras y Luis Roca Arencibia analizan en documentados ensayos, respectivamente, el papel de la publicidad y el del cine, y en qué medida una y otro han fijado clichés “exotistas” que en modo alguno se corresponden con la realidad. Películas y carteles publicitarios ponen de manifiesto que “el paisaje es el mensaje”, pero, del mismo modo que ese paisaje pudo ser utilizado en su día como escenario paradisiaco o prehistórico de películas como Moby Dick (John Huston, 1956) o Hace un millón de años (Don Chaffey, 1966), en la actualidad la brutal sobreexplotación turística del archipiélago “ha reducido cada vez más —señala con lucidez Roca Arencibia— la posibilidad de utilizar las Islas como lugar de rodaje de otros espacios que no sean Canarias en la ficción”. No deja de ser paradójico, así pues, que los bellos espacios naturales que tanto se publicitan como característicos del archipiélago sean cada vez menos “naturales”, y que el éxito mismo de la publicidad arruine lo publicitado. De esa ruina da cuenta el caos edificatorio —aquí examinado por Clara Muñoz— que se observa en la mayor parte de las costas insulares, fruto de una pésima conducción del fenómeno turístico por parte de las autoridades políticas y de los responsables urbanísticos; la arquitectura —el arte de la arquitectura, no lo olvidemos— ha puesto los cimientos de la depredación paisajística.
     Especial interés ofrece el ensayo de Yaiza Hernández Velázquez, que se ocupa de los espacios museográficos existentes en las Islas y de la “imagen” o “representación” que éstos proponen de la realidad canaria. Abundan los museos etnográficos y arqueológicos frente a los científicos y artísticos, como si ésa fuera la imagen autoplástica que posee la sociedad insular (y que quiere ofrecer también a sus visitantes extranjeros). Todos los museos insulares revelan, en opinión de la autora, “una cierta resistencia a mezclar demasiado íntimamente cultura con turismo”, lo cual mostraría en última instancia el recelo de la comunidad insular (¿o sólo de sus programadores culturales?) al turismo como “cultura” de la modernidad. No podría faltar, por otra parte, en un libro como este el examen específico del importante papel desempeñado por César Manrique en la difusión de determinados valores ecológicos y paisajísticos en las Islas, aspecto del que se ocupa el periodista Javier Durán.
     Lo que el turismo de masas significa para las sociedades contemporáneas está marcado en su misma raíz por una paradoja dramática: el crecimiento económico —a veces espectacular— que el turismo representa siempre a corto plazo para una comunidad concreta suele acarrear una fatal depredación ecológica del territorio puesto a su servicio. El drama reside en que ninguna sociedad puede negarse al crecimiento económico. El ejemplo de Canarias pone de manifiesto que el negocio a corto plazo suele resultar fatal: conduce más pronto que tarde a una grave crisis. Pone de manifiesto, igualmente, que es preciso corregir el modelo de desarrollo económico, algo comprobado ya desde otros ámbitos. En el plano de la cultura —fuertemente imbricado con el económico y el social—, conduce a esa parálisis de la imaginación y a ese fracaso de la inteligencia que es siempre el estereotipo. Y si algún enfoque se echa de menos en este libro es el propiamente político, pues han sido los políticos los culpables de una visión empresarial del paisaje que ha conducido a las Islas —y a su experiencia de la cultura— a una situación en la que sus únicos paisajes son, en efecto, los “paisajes de la crisis”. Dígalo, si no, la campaña política de descrédito que ha sufrido recientemente la institución editora de este volumen, una institución dedicada a combatir aquella visión empresarial y a velar por los valores ecológicos y culturales. –

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