Pekín en coma, de Ma Jian

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Se ha comparado Pekín en coma con Archipiélago Gulag, el “ensayo de investigación literaria” en el que Alexandr Solzhenitsyn hizo un recuento testimonial de su experiencia en los campos de concentración en la Siberia soviética, sin personajes ficticios ni sucesos imaginarios. Pero el último texto de Ma Jian (Qingdao, 1953) no es un testimonio, por más que ambos autores coincidan en la actitud y la necesidad ética de denunciar una situación de opresión, sino una novela, la primera gran obra de ficción sobre la masacre de Tiananmen. Para empezar, el día de la masacre en que acabó la protesta, el 4 de junio de 1989, Ma Jian no se hallaba en la plaza de Tiananmen, sino a miles de kilómetros de allí, en su ciudad natal, pues había tenido que abandonar la capital para atender a su hermano, que había caído en coma como consecuencia de un accidente de tráfico. Y, por otra parte, los personajes son ficticios, aunque tengan visos de realidad, pues el novelista se había inspirado en las entrevistas que hizo a los protagonistas de la protesta durante el mes que había permanecido en Pekín para crearlos.

Ma Jian escribe Pekín en coma para recordar, porque “aunque te hayas convertido en un vegetal si posees memoria puedes seguir viviendo”. Piensa que es responsabilidad de los escritores rebelarse contra el blanqueo de la historia que han llevado a cabo los gobernantes chinos y contra la represión de la libertad de pensamiento y, dado que es alguien fuera de la sociedad –se exilió en Hong Kong en 1986 y ahora vive en Londres con su esposa y traductora Flora Drew–, tiene la obligación de expresar su punto de vista sobre los acontecimientos que convulsionaron la sociedad China en el último tercio del siglo XX. Es la constante de su literatura, tal como se constata en sus obras anteriores: Red Dust, relato de su viaje por China, The Noodle Maker, recopilación de relatos sobre gente de distinto tipo o Stick Out Your Tongue, El argumento de Pekín en coma es aparentemente simple. Dai Wei, un estudiante de doctorado en biología molecular que está en coma tras haber recibido un disparo en la cabeza en la plaza de Tiananmen, da cuenta de la situación vivida en aquellos días de junio de 1989, pero también del amor y la esperanza, de la necesidad de libertad y de la búsqueda de lo sublime. La narración, entre épica e intimista, se estructura en tres tipos de discurso.

En el primero, el más intimista y escrito en segunda persona, Dai Wei entabla un diálogo con su propio cuerpo (“Si tu cerebro produce un poco más de proteína, el fluido que se ha atascado fluirá de nuevo y podrás regresar al mundo“), salpicado aquí y allá por citas de El libro de las montañas y los mares, un texto clásico sobre la antigua China. El libro se convertirá en materia corporal y literaria de la novela e, indirectamente, en homenaje a La montaña del alma, de Gao Xingjian: “¿He explorado ya las 5.370 montañas de El libro de las montañas y los mares? En mis viajes a través de mi cuerpo durante estos últimos años, he descubierto que todas las maravillas descritas en los libros existen en mi interior: los ríos y los arroyos, los minerales enterrados, los árboles que crecen en las nubes y las aves de nueve cabezas. Ahora sé que para llegar al alma tienes que viajar hacia atrás”.

El segundo tipo constituye una crónica de la gesta de Tiananmen, de la protesta estudiantil que se inicia con la muerte de Hu Yao Bang (1915-1989) –el dirigente que había sido expulsado del Politburó por haber defendido a los estudiantes en las protestas de 1986–, adquiere una fuerza inesperada, recibe el apoyo de la población y acaba el 4 de junio con un nada despreciable balance de muertos. “Todos los periódicos del mundo iban llenos de fotografías de las masas que marchaban por las polvorientas calles de la capital”, dirá Ma Jian para justificar su decisión de viajar a Pekín para formar parte de este movimiento y convertirle en literatura. En Pekín en coma se reconstruyen también los distintos hitos de la protesta: la petición de la presencia de Li Peng; la reacción del gobierno y la publicación de un editorial en el Diario del Pueblo que habla de las protestas como una insurrección planificada e influenciada por los Estados Unidos que justificará la intervención militar posterior; la huelga de hambre y la acampada en la plaza; la visita de Gorbachov; las ofrendas a la Diosa de la Libertad. Interesante documentalmente, se trata del registro narrativo menos interesante literariamente.

Entre uno y otro, la narración del día a día de los diez años que Dai Wei permanece en coma. Ese presente narrativo le permite remontarse a la Revolución Cultural, que aborda a través de la biografía de los padres. El padre, un violinista acusado de derechista y enviado a campos de trabajo donde se vio obligado a practicar el canibalismo (“Fue en 1968, uno de los años más violentos de la Revolución Cultural. En Guanxi, no era suficiente con matar a los enemigos de clase, sino que también los comités revolucionarios obligaban a la gente a comérselos”); la madre, cantante de ópera, una convencida maoísta que, para demostrar la lealtad al Partido había abandonado a su madre y hermanos y que, al final del libro, acabará perseguida y encarcelada por pertenecer a la organización tradicionalista Fulan Gong, mezcla de qigong con elementos filosóficos budistas y taoístas. También para evocar sus relaciones amorosas, con A-Mei, una muchacha de Hong Kong colega de universidad, y con Tian Yi, activista de la protesta y finalmente emigrada a Estados Unidos. E intercalar, aquí y allá, aspectos sociales que caen como losas sobre la sociedad china contemporánea: la política del hijo único, la persecución religiosa, la sustracción de órganos de personas enfermas, la pérdida de valores en aras del dinero, temas muy dramáticos que convierten en impagable contrapunto cómico las páginas sobre la utilización medicinal de la orina de Dai Wei.

Se ha presentado Pekín en coma como una denuncia de la China contemporánea. Lo es, en efecto, pero Ma Jian también tiene la intención de permanecer fiel (a pesar de que lleva diez años viviendo en Londres, no ha aprendido inglés) al esquema mental de los ideogramas que ha ido formando desde la infancia y de inscribir el texto en la tradición literaria china manifestada por la utilización de El libro de las montañas y los mares como hilo conductor de la novela. Aunque no sólo eso. El gorrión, que aparece a punto de finalizar el estado de coma de Dai Wei (“La llegada del gorrión me ha hecho tener una idea más precisa de dónde me encuentro. Tal vez el pájaro sea el alma de A-Mei que viene a visitarme”), remite a un poema lírico (“Mi amada no conoce jaulas;/ va y vuelve cuando se le ocurre./ No te cantaré cuando te hayas ido,/ pequeño gorrión salvaje./ Te canto ahora que me amas”) de Shen Chin, de la Dinastía Wei, pero también se configura como “símbolo de la búsqueda de la libertad” con efectos retroactivos, en contra de aquellas campañas en que Mao animaba a la gente a eliminar a los gorriones. La rana, mencionada al inicio (“los ojos de una rana aparecen ante mí”) y al final (“veo la rana que enterré en un tarro de vidrio. Su blanco y delicado esqueleto ha alcanzado la sublimidad y transmite mucho más de lo que su piel y su carne jamás pudieron”) remite al relato clásico “La rana en el pozo” en el que una tortuga que vive en el Mar del Este (¿todo lo que no es China?) rechaza las proposiciones que le hace una rana para vivir en el pozo (¿China?). Y su propia obra perseguida: “El Departamento Central de Propaganda la denunció [Stick Out Your Tongue] como nihilista y decadente, ordenó que se destruyeran todos los ejemplares y luego lanzó una campaña nacional contra el liberalismo burgués”.

Mezcla de épica y lirismo, de contemporaneidad y tradición, en Pekín en coma Ma Jian consigue transformar en materia literaria “la gran masa de carne en que se ha convertido la sociedad china”. En un camino coincidente con el del clásico ruso que logró “exhumar algunos de aquellos huesos y de aquella carne” de su experiencia en los campos de concentración. ~

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