(Per)versiones de Cabrera Infante

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Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco

Sobre los pasos del cronista. El quehacer intelectual de Guillermo Cabrera Infante en Cuba hasta 1965

La Habana, Ediciones Unión, 2010, 404 pp.

 

“Ante todo… fue un pretexto.” Tal admiten los autores de esta investigación de 404 páginas impresas, veinticuatro de ellas con fotos e ilustraciones, ganadora del premio de ensayo Enrique José Varona 2009 que patrocina anualmente la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, sobre la vida y milagros de Guillermo Cabrera Infante en Cuba antes de su ruptura con el régimen castrista. A la “Nota de los autores”, de la que acabo de citar, le siguen diecisiete capítulos y 694 notas al calce. Pasan revista a la presencia de GCI en las diversas publicaciones donde colaboró –Carteles, BohemiaCiclónRevoluciónLunes– y las polémicas en que se vio involucrado –las tensiones con Orígenes, el ICAIC, las reuniones en la Biblioteca de 1961, y hasta el debate de 1968 sobre Tres tristes tigres en El Caimán Barbudo, más allá de las coordenadas del título. La cantidad de notas recalca el deseo de “exhaustividad” (p. 380) erudita del libro, basado como está no solo en un extenso trabajo de hemeroteca y archivo sino en entrevistas con una cincuentena de “testigos” –algunos con nombre, otros anónimos, casi todos escritores y antiguos amigos– del “quehacer intelectual” de GCI entre 1941, cuando él y su familia arriban a La Habana del campo oriental, hasta que el escritor se marcha de Cuba en 1965.

Si se tratara de la circunstancia normal de una institución nacional que honra la memoria de uno de sus escritores e intelectuales más importantes, aludir a un “pretexto”, o alardear de ello, tal vez no resonara tanto. Empezando con los pretextos que subrayan los “autores”: “para leer más a yde Guillermo Cabrera Infante”, o bien “para conocer a muchas personas, cara a cara o vía correo electrónico”. Y si también se tratara de un autor cuyas obras circulan libremente en el país cuyo gobierno e institución cultural ahora ofrecen este homenaje póstumo, o si el mismo país hubiese publicado otras obras sobre el escritor, tampoco habría por qué sorprenderse. En la presentación en La Habana, los autores dijeron que “no es un alegato ni a favor ni en contra. No pretende tampoco reivindicarlo como un gran escritor cubano, porque no hace falta probar lo que ya se sabe”.

Sin embargo, la lectura más superficial comprueba que sí se trata, de hecho, de una suerte de reivindicación, un alegato a favor de la importancia de su obra, de su aporte a la cultura y, sobre todo, de los equívocos e injusticias por parte del régimen que acosan su reputación. Todo claro pero implícito, no dicho: defensa que no quiere decir su nombre. Parte de ella consiste en demostrar las credenciales castristas, revolucionarias, de GCI a partir de los documentos de la época. Defensa que tiene un costo, parte del pretexto, también no dicho, de este libro. Aun así, tomando en cuenta todo lo no dicho, mi descripción no abarca su complicado propósito, o efecto. Los autores señalan que con él desean “abrir caminos”, iniciar conversaciones, armar la Historia de GCI “mediante la búsqueda y la exhaustividad”. Valga esta pequeña contribución a esa importante empresa.

Empecemos por varios hechos: a) El libro lo publica la misma institución que expulsó a GCI por “traidor a la causa revolucionaria” hace 43 años, y a pesar de que el libro menciona este hecho dos veces (pp. 322 y 335), ni los autores ni la institución que los patrocina se retractan o arrepienten del mismo. b) Las obras de Cabrera Infante, como de tantos otros exilados y críticos del régimen, no solo no circulan en Cuba; leerlas es un delito y el régimen las confisca; GCI tiene el raro privilegio de ser uno de tres premios Cervantes y el único excluido del Diccionario de la literatura cubana (dos tomos, 1980); los autores señalan esta falta pero nunca piden su corrección. c) El libro pretexta algo más que el conocimiento del escritor y su obra: identifica fuentes testimoniales y oculta muchas de ellas: “Algunos se citan aquí”, agrega la misma nota, “pero no otros que también nos proporcionaron el norte, la luz y quedarán a la sombra para el lector”. Una célebre telenovela de los años setenta cuyos galanes eran los soplones profesionales de Seguridad del Estado llevaba un llamativo título, remedo a su vez de una cita de José Martí: “En silencio tiene que ser.” El eco de esa telenovela, quiéranlo o no los autores, se escucha en este libro. Llámenlo el “estilo Stasi”. O tal vez su versión cubana: el “estilo G-2” (o 3). Porque el libro tiene tres, y no solo dos, autores: Mirabal, Velazco y Seguridad. El último, claro, se sobreentiende. De hecho, los primeros dos escriben para, y a partir de, el tercero.

Nada de lo cual significa que el libro no haga un importante aporte, o que no sea útil o interesante. Interesa no solo lo que dice sino lo que pretexta: lo que deja de decir y, por tanto, lo que su silencio revela.

Mirabal y Velazco, dos jóvenes investigadores de la Escuela de Periodismo de La Habana, se han esmerado en indagar los detalles de la vida y obra de GCI durante este, su primer periodo de escritor. Su ventaja sobre aquellos de nosotros que nos dedicamos al tema y vivimos en el exterior es que han tenido acceso a material de hemeroteca del que pocos disponen. Así, por ejemplo, logran rastrear con suma pericia las primeras publicaciones de GCI en revistas de la época, Nueva generación,Nuestro tiempoBohemiaMensuario de Arte y LiteraturaCarteles. Sin duda son trabajadores, curiosos y enterados, pero no críticos literarios, y se nota. Los pasajes que ofrecen lecturas de textos, o de libros enteros de GCI, muestran ingenuidad y, a veces, chapuza. Su mayor mérito, en cambio, es que, además de identificar la enorme bibliografía, describen amplia y precisamente los contextos en que escribe: la casa familiar de Zulueta 408, la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, elCine ClubCartelesRevoluciónLunes, el ICAIC. Todas ellas defienden la actividad, y a veces el liderazgo, de GCI. Por sus capítulos desfilan los jóvenes camaradas de la época: Pablo Armando Fernández, Néstor Almendros, Germán Puig, Matías Montes Huidobro, Ricardo Vigón, Carlos Franqui, Rine Leal, Fausto Canel, Harold Gramatges, Antón Arrufat, Heberto Padilla, César López, Tomás Gutiérrez Alea, Roberto Branly y hasta Marta Calvo, primera esposa de GCI. La narración funciona cuando los autores se concentran en describir esos contextos –las diferencias entre los personajes, los temas que los ocupaban, sus choques con la autoridad, y entre ellos–, y aburre cuando tratan de resumir cada texto publicado de GCI como si estuviesen forzando a que lleven la voz cantante.

Piezas claves en la reconstrucción de esos contextos son las entrevistas con los “testigos”, tanto de la isla como en el exterior. La idea es captar el testimonio sobre el quehacer de GCI cuyo conocimiento y circulación la censura del régimen y la represión y expulsión de esos actores han impedido hasta hoy. He aquí otro pretexto, parte del alegato a favor: circular versiones inéditas, algunas positivas, de GCI en las voces de los que lo conocieron personalmente. Demuestran, por ejemplo, que la pelea entre Lunes y Orígenes no fue tal, o al menos que gci no fue el culpable, como se ha dicho; la crisis que ocasionó el filme P. M. y el cierre de Lunes fueron parte de una jugada de los comunistas, y no, como dice la leyenda, una provocación del grupo de la revista; el cese diplomático de GCI en 1965 fue pésimamente manejado por los burócratas en el MINREX. Todo eso, al parecer, es noticia en Cuba; al menos así lo dan a entender los autores. Además, como se insiste en varios pasajes, GCI tuvo hartas credenciales revolucionarias, como por ejemplo defender la incipiente Revolución desde las páginas del periódico homónimo; viajar al extranjero varias veces en el entourage de Fidel Castro y reportar a los lectores sobre sus andanzas; o incluso dar entrevistas, durante su estancia forzosa de tres meses en 1965 en La Habana, que “aún no ponían al desnudo una actitud política contraria a la Revolución” (p. 307). Desde luego, implícito en todas estas “revelaciones” yace otro pretexto: criticar la censura interior que actualmente impera en Cuba. Su consigna sería algo como “romper el embargo interior contra GCI”. Como recién alegara Alejandro Armengol, el libro abre “una ventana, pequeña pero ventana al fin”; o como también observó el profesor Carlos Espinosa Domínguez, se trata de “un acto de justicia que desde hace mucho se merecía el creador”. Todo lo cual tiene, sin embargo y a su vez, otro pretexto: convencernos sobre la “exhaustividad” del libro, o al menos crear esa impresión.

Digo impresión y no hecho porque, como dijimos, queda la incógnita del estilo G-2 (o 3): muchos de sus testigos aparecen citados pero no se identifican porque deben quedar “en la sombra para el lector”. A veces esas citas son a favor, otras en contra, pero su conjunto quiere crear la impresión de que no se dejó títere con cabeza: los autores hablaron con todo el mundo, incluso por internet. Después de todo, ¿quién quita, con semejante advertencia, que también se entrevistaron con todos aquellos (aún vivos, por supuesto) que tuvieron papeles protagónicos en muchos de los episodios del quehacer intelectual de GCI pero que no pueden aparecer por nombre, seguramente porque son conocidos “gusanos” y deben quedar “en la sombra”. Admitir que los hubo sería demasiado peligroso; dar a entender que tal vez se habló con ellos y sus datos aparecen anónimamente tiene una ventaja: ponen parches antes del grano. Me refiero a gente como: Orlando Jiménez Leal, Natividad González Freire, César Leante, René Jordán, Mario García Joya, Emilio Guede, Eduardo Manet, Fausto Masó, Marta Frayde, Miriam Acevedo, Alberto Roldán, Julio Matas. Miriam Gómez, ya esposa de Cabrera Infante en la última etapa que narra el libro, y a quien se alude varias veces hacia el final, podría asumirse, con esta misma premisa, como otra colaboradora silente más. Y podría haber otros más, como se verá.

Pero sin duda el colaborador más cercano, quiéralo o no, es el propio GCI. Que el escritor fue castrista, que defendió el régimen, que dirigió durante año y medio su más importante revista cultural, que influyó en la fundación del ICAIC y que ocupó, hasta 1965, varios cargos de funcionario, todo eso es harto sabido y los autores lo recalcan. Pero los que conocemos la obra también hemos leído en sus propias palabras: la “nave, que yo ayudé a echar al mar sin saber que era al mal”. Citas como esta, y muchas otras, siempre pertinentes, que siempre condenan al régimen y que se recogieron en libros como Mea Cuba y en múltiples entrevistas, nunca aparecen. Las pocas veces que se cita de este libro axial, o se alude a él (pp. 85, 104, 350, 360), o a otros suyos (Vidas para leerlas, por ejemplo) es siempre para comprobar datos consabidos; y cuando comparamos el mínimo espacio que se dedica a las razones de la ruptura de GCI con el régimen (pp. 325-326), externados en la célebre entrevista de 1968 en Primera Plana, con las que los autores dedican a las posteriores y sucesivas respuestas que recibió (pp. 324, 326-331), sus palabras prácticamente desaparecen. Encima de todo, los autores atribuyen esas mínimas críticas al “evidente avance del trastorno bipolar y colapso nervioso que lo recluiría en un hospital a inicios de la década de los setenta” (p. 325), cuando esa crisis de salud no habrá de ocurrir hasta cuatro años después y obedeciendo a razones muy distintas, y reducen la importancia de sus llamados “escritos políticos” a una “calidad literaria superior a los [sic] de quienes polemizaron con él” (p. 325). Me dirán que citar a estas alturas el anticastrismo de GCI es llover sobre mojado. Concuerdo que se aplica al anticastrismo en abstracto, pero no a sus razonamientos concretos. Porque después de todo, ¿en qué quedamos? ¿No se trata de dar noticia? ¿La consigna no es romper el bloqueo interno? ¿De qué nos sirve el pretexto si falta el texto? A menos, claro está, que el pretexto sea otro.

Pero sin duda la mayor colaboración forzosa de GCI (y de otros), en el irónico sentido de que optimiza los silencios, se reserva para las obras publicadas, o escritas, durante estos años, así como las diversas opiniones retrospectivas que le merecieron de su autor. GCI nunca renegó de los cuentos de Así en la paz como en la guerra (1960), cuya casi totalidad fueron escritos antes de 1959, ni de las viñetas que se escribieron después, mayormente porque, según le contó a Emir Rodríguez Monegal en 1967, reflejaban “el clima político de opresión, violencia y gangsterismo en la Cuba de Batista”. En cambio, Vista del amanecer en el trópico (me refiero al manuscrito que ganó el Premio Biblioteca Breve en 1964 y que, revisado y aumentado, luego se convirtió en Tres tristes tigres) con los años le pareció “un libro políticamente oportunista”, o como también le dijo a Danubio Torres Fierro, “un libro sartrianamente totalitario”. Sin embargo, al describir este manuscrito, los autores esquivan y recortan esta renegación (que aparece en una entrevista que citan con otros fines). Citan, en cambio, de otra publicada en Bohemia en agosto de 1965, grabada durante la estancia forzosa de tres meses en La Habana cuando se le impidió regresar a Europa, donde defendió que el libro fuese “didáctico” (p. 108). Los autores señalan enseguida que tres años después, “luego de suprimirle a Vista dichos pasajes gci se corregía: ‘la pretensión del libro en esa época era un poco sartriana…’”, pero frenan y recortan la cita precisamente donde GCI había añadido: “Una pretensión zdanovista. Inclusive, el libro, influido sin duda por la atmósfera de Cuba –a pesar de que yo era entonces diplomático en Europa–, era un libro que, casi me da pena decirlo, resultaba un libro de realismo socialista absoluto.” Palabras claves que quedan en la sombra. Análogo pero a menor escala es el caso de Un oficio del siglo XX, al que apenas se le dedican unas líneas (p. 80) y por tanto se salta la importancia de su innovación formal para la eventual confección de Tres tristes tigres. Silenciar la discusión sobre el libro permite esquivar, además, lo que GCI dijera sobre él en su famosa “Cronología a la manera de Laurence Sterne… o no”: “El libro se propone probar que la única forma en que un crítico puede sobrevivir en el comunismo es como ente de ficción.” Por último, si la descripción del uso de viñetas –en CartelesLunesAsí en la pazVista– en la obra de GCI es amplia y detallada, sin embargo, desconoce el libro que hace de ellas su apoteosis formal: Vista del amanecer en el trópico (1971), que las extiende a todo lo largo de la sangrienta historia de Cuba y dedica una buena cantidad a escenas violentas del castrismo. Para los autores, este libro sencillamente no existe.

Las distorsiones bibliográficas, el torpe recorte de citas, el silenciamiento de fuentes claves, la retórica burocrática (“dictadura”, “Revolución”, “Fidel” son términos por antonomasia) contrastan en cambio con la pericia con que los autores leen los contextos en que se movió GCI. El libro describe en detalle las correderas de Nuestro tiempo, los líos de la Cinemateca, los episodios de Ciclón y El Puente, la polémica de Lunes, la bronca de P. M. y del ICAIC, las peleas en Revolución y la debacle de las llamadas “Palabras a los intelectuales”. Es aquí donde el entrenamiento periodístico de los autores nos lleva a buen puerto. La narración fluye mejor en esos capítulos, aun cuando la pertinencia de algunas secciones resulta cuestionable. GCI no fue un actor importante, por ejemplo, ni en Ciclón ni en El Puente y por tanto esos capítulos suenan a relleno; o mejor dicho, a más pretexto. En cambio, el mayor espacio, y el mejor análisis, aparece en los capítulos sobre el ICAIC, Revolución y las llamadas “Palabras” (pp. 189-278), casi cien páginas, donde GCI desde luego está muy involucrado pero no juega un papel necesariamente central. Sí lo juega, en cambio, y con un papel nefasto, quien pudiéramos llamar el “anti-Guillermo” de estas páginas, Alfredo Guevara, el Gorki de La Habana, aun cuando los autores se abstienen de mencionar quién verdaderamente fue el responsable de todo el desastre ideológico y moral de la época: Fidel Castro. Por eso, si a la impericia del análisis sobre la obra de GCI añadimos el evidente esmero que los autores dedicaron a estas secciones llegamos a la conclusión de que, en efecto, el quehacer intelectual de GCI fue el pretexto –un pretexto desde luego importante– para abordar un tema mucho más caro a las élites intelectuales cubanas: las guerritas intelectuales de La Habana, la lucha por el poder. Aunque no me refiero a las guerras de hace cincuenta años sino a las de hoy. No podría identificar a los actores de esas guerras actuales, que tal vez sea sencillamente una lucha generacional en tiempos de larga, interminable, transición. Pero una lucha de grupos es lo que se desprende de la narración del libro, que usa a GCI, y las antiguas guerras que ocurrieron alrededor suyo, sombra de las de hoy, como pretexto de discusión, como chivo expiatorio de un ritual de poder.

Y no sería la primera vez. Como saben y narran los propios autores, ocurrió primero en 1961, cuando Fidel Castro utilizó el escandalito alrededor de P. M. y el patrocinio que le dio GCI para cerrar Lunes, acaparar el poder cultural y arrinconar a Carlos Franqui. Ocurrió después en 1968, justo en el umbral de los “cien años de lucha”, a la zaga de la publicación de TTT, el exilio virtual de GCI y las declaraciones de Primera Plana, cuando se utilizan las imprudentes opiniones de Heberto Padilla para emplazar al grupo de El Caimán Barbudo. Debe haber otros momentos. Pero apenas apunto la recurrencia de ese mecanismo expiatorio como síntoma de la significación del escritor y su obra dentro del campo simbólico de nuestra cultura.

No puedo terminar sin contar esta anécdota. Hace dos años, Mirabal y Velazco me escribieron elogiando mi trabajo. Me informaban entonces que escribían una tesis de grado sobre GCI para la Escuela de Periodismo de la Universidad de La Habana y me pedían que contestara un cuestionario que los ayudara en sus pesquisas. Como en ese momento mis investigaciones me habían llevado a indagar acerca de las primeras obras de GCI aproveché el contacto para pedirles, en vista de su investigación, que me enviaran uno de sus cuentos inhallables en la revista Nueva Generación. Amables, Mirabal y Velazco lo enviaron enseguida y me pidieron que, en vista de mis contactos personales, también procurara conseguirles una entrevista con Miriam Gómez. Agradecí el envío y medité su pedido. El cuestionario pedía datos y razones de una época que yo no había vivido. Además, el lenguaje de las preguntas sonaba menos a investigación literaria que a interrogatorio policial. Por último, sospeché de que, una vez enviadas, mis respuestas podrían ser utilizadas por terceros, máxime en un clima hipervigilado como el del régimen. Todo lo cual me llevó a rechazar la petición con lujo de detalles. Indignados, Mirabal y Velazco se enfurecieron con mi respuesta y se declararon manipulados por mí. El breve diálogo, desde luego, cesó. No supe más de los autores hasta que hace poco empecé a oír rumores sobre la existencia de este libro. Y no fue hasta poco después que caí en cuenta de que los nombres de los autores eran los mismos que hacía dos años me habían pedido que contestara un cuestionario para una tesis de grado. En las páginas de Sobre los pasos del cronista he buscado infructuosamente alguna referencia o señal, algún reconocimiento, de que el origen de esta investigación haya sido las pesquisas de la tesis de grado aludida.

Yo también he quedado en la sombra. ~