Cabrera Infante: el estilo de la nación

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Hace menos de un año, en esta revista, el joven Rafael Rojas nos recordaba, a propósito de la obra de Guillermo Cabrera Infante, la indagación que sobre nación y estilo el ensayista Jorge Mañach había ofrecido más de medio siglo antes. Recordaba Rojas la queja de Mañach, en un libro que no por desarticulado fuese menos influyente, de que “nuestra época” (escribía en 1944), “no ha podido encontrar aún un acento expresivo”, y que atribuía esa falta, en pleno interregno democrático en Cuba y en medio de la Segunda Guerra, no sólo a la ausencia de “propias estructuras históricas y filosóficas,” sino a lo que él llamaba una “crisis” del estilo y del mundo que emanaba del “divorcio” entre “arte popular y arte erudito”. Recogía así Mañach una queja anterior, la de Enrique José Varona, quien años antes le echaba en falta al modernismo una autenticidad cultural; sólo que, a diferencia de aquel maestro, siempre escéptico, Mañach anunciaba en el arte y sociedad de Cuba “una conciliación de lo culto con lo popular, por virtud de la cual se restablezca, sin merma de la finura expresiva, el contacto pleno del artista con los demás hombres” (Historia y estilo, La Habana, 1944, p. 204).
     La historia se ocupó de darle y quitarle, a un tiempo, la razón a Mañach. El interregno democrático de los Auténticos, que duraría apenas ocho años después de su escrito, daría al traste con el golpe de Fulgencio Batista, que terminó negando “las estructuras políticas y filosóficas” que el propio Batista había propiciado al apoyar la Constitución de 1940; acertaba Mañach, en cambio, al augurar una época artística que, comenzando quizá con el primer número de la revista Orígenes y el regreso de Wilfredo Lam a La Habana, en ese mismo 1944 y hasta la década de los sesenta, logró muchas veces esa “conciliación de arte popular y arte erudito” que él echaba de menos en el estilo de la nación. Podemos debatir, desde luego, si el propio Mañach fue capaz, a lo largo de los sucesivos años, o aun antes, de reconocer aquellas instancias del arte cubano que lograron dicha conciliación, aunque mucho me temo que la evidencia va en su contra. Ciertamente, la armonía entre arte y sociedad, lo que Marx llamó la relación entre estructura y superestructura, pero cuyo análisis Mañach basaba vagamente en Hegel y Taine, se desmoronó ante los hechos, y la cultura en Cuba se afianzó, misteriosamente, de maneras que la sociedad civil y política no logró. Al propio Mañach se le quedaría en el tintero un libro que él quiso titular La nación que nos falta. Tal vez allí habría explicado lo que hasta la fecha nadie ha logrado: decir cómo una cultura como la cubana, durante la segunda mitad del siglo veinte, pudo no sólo sobrevivir sino prosperar en medio y a pesar de tanta violencia y corrupción, tanta incuria e irresponsabilidad.
     Resultaría desatinado, al abordar este tributo a Guillermo Cabrera Infante, darle a su obra la exclusiva de lo que Mañach llamaba el estilo de la nación. Sé que Guillermo sería el primero en negarlo, tal como sugirió, por ejemplo, en un texto como “La muerte de Trotsky referida por varios autores cubanos”, donde hizo su homenaje a diversos, no todos, estilos nacionales; también por su “auto-entrevista” de 1979, donde llegó a decir, de manera radical, que no creía en el estilo de los escritores: “No creo que los escritores deban tener estilo, sino sus libros y así cada libro tendría su estilo propio” (Liminar 6, septiembre-octubre, 1979, p. 8). Pero apuesto también que pocos estarían en desacuerdo con que su obra alcanzó esa conciliación de arte popular y arte erudito que Mañach pedía, y por tanto, que encarnó, primero entre iguales, un importante estilo de la nación. “Sabemos ahora”, dejó dicho en su prólogo al libro de Natalio Galán, “que la cultura es por supuesto una sola. No hay altas ni bajas culturas, sólo hay modos de expresarlas, de apresarlas, de apreciarlas.” Y es en su obra pionera, mucho más que en la de cualquiera de sus contemporáneos, donde encontramos una vindicación culta, y hasta erudita, de la cultura popular: del cine de Hollywood hasta la música de Chano Pozo, y de Corín Tellado hasta la novela rosa.
     Si, por último, nos dispusiéramos a disecar la palabra estilo, y precisamente al estilo de Guillermo, el saldo a favor de su obra también sería positivo. Estilo viene de stylus, que en latín quiere decir el punzón para escribir, o grabar, en cera; de ahí el francés, stylo, pluma, y por extensión, cualquier manera de escribir. Más que un estilo, Cabrera Infante logró lo más difícil: una pluma, una manera propia de creación que se imita y, peligrosamente, contagia, se pega. Tuvo un estilo y también fue un estilista cuya escritura es, si bien entretenida, también elegante, pulcra. La misma palabra latina origina el español peristilo, y qué duda cabe que fue Guillermo una de las columnas de ese edificio que es nuestra literatura viva. Por último, también nos da estilete, punzón, puñal o espada, como la que esgrime aquella estatuilla de un espadachín, desafiante pero descabezado, que aparece en Un oficio del siglo XX, emblema de su escritura, y que por cierto utilizamos en la portada de Infantería. “Del tirano di todo, di más,” solía repetir citando a otro cubano estilista, si los hay.
     La aportación de Guillermo al estilo de la nación se basa en gran parte en su indiscutible maestría de la parodia, lo que significa el choteo cubano, esa burla corrosiva —tal vez nuestro único deporte nacional— a la que el mismo Mañach dedicara una crítica que sigue siendo válida. O bien, la obsesión paródica de Cabrera Infante sería la versión literaria de, con posible perdón, la jodedera. Jodedor, en buen cubano, tiene dos acepciones, ambas de las cuales carecen de la acepción obscena de su versión peninsular. Según el Diccionario del español de Cuba, jodedor o jodón es el que “molesta a los demás”, pero también el que “con frecuencia hace bromas o chistes y considera las cosas con poca seriedad”. Joder, para nosotros, que no para los españoles, significa burlarse, y así Cabrera Infante hizo de la jodedera cubana un estilo literario; lo elevó a nivel de arte, parodia, la misma parodia que hoy muchos escritores, y hasta algunos críticos literarios, imitan con poca suerte. Me consta que su sentido del humor era despiadado, y cualquiera de los muchos que lo conocimos tendrá su antología de ocurrencias brillantes. Contaré tres que presencié. Durante una visita que le hice una vez, salimos a caminar por su barrio de South Kensington y entramos en la barbería donde se solía cortar el pelo con un francés. Con este señor me puse a conversar en su idioma, y al salir, Guillermo me espetó: “Te noto un ligero acento haitiano…” Otra vez en Miami, me presentó a Margarita Ruiz, conocida personalidad radial que acababa de quedarse cesante. Al explicarme esta circunstancia, Guillermo agregó, delante de ella: “Como ves, Margarita se ha quedado ‘en el aire’.” En otra ocasión me llamó por teléfono: “Enrico Mario”, me dijo, “anuncian aquí una reunión de escritores. Vienen Fuentes, Ríos y Arroyo: ¡Malas aguas!
     Pero a diferencia de otros jodedores, que apenas se quedan en la anécdota, Guillermo logró hacer de todo esto arte, literatura, lengua trascendida. Y cuando dijo, en Tres tristes tigres, gesto fundacional, que el libro estaba “escrito en cubano”, no se refería únicamente al vocabulario que utilizó —”los diferentes dialectos del español que se hablan en Cuba”— sino a las diferentes maneras de relación, incluyendo las más dañinas, de nuestra etnia. Si es cierto, como decía Lezama Lima en el poema que dedicó a Virgilio Piñera, que “lo lúdico es lo agónico”, los juegos y diversiones de Tres tristes tigres, toda la obra de Cabrera Infante, recubren, esconden y, por tanto, externalizan, expresan la agonía de ser cubano. Lo cual a su vez explica por qué uno de los libros más divertidos de nuestro idioma contiene la palabra tristes, la central, en su título. No es un accidente que el libro, cuyo tono elegíaco resume el epígrafe tomado de Lewis Carroll —”Y trató de imaginarse cómo se vería la luz de una vela cuando esté apagada“— se estructura alrededor de dos muertes —la de la Estrella y la de Bustrófedon, mujer y hombre, negra y blanco, genios ágrafos los dos— y describe el mundo nocturno habanero que ya para 1964 había desaparecido. Tiene razón Jorge Edwards cuando dice que Cabrera Infante fue el escritor “de los mundos perdidos”; agregaría yo, del único mundo que le interesó: Cuba, y sobre todo La Habana de su primera juventud. Pero entonces habría que subrayar que su obra toda está atravesada por una tensión, una paradoja insalvable que define la agonía histórica de Cuba: el mismo escritor que nos hace reír con su jodedera, nos hace llorar con su elegía. Risa y melancolía, l’allegro e il penseroso: su estilo de la nación.
     II
     Hubo, desde luego, varios Cabrera Infante. Primero, el escritor, que a su vez incluyó varios otros. El que más conocemos fue el autor de “ficciones”. Invoco las comillas porque el propio Guillermo no aceptaba ese concepto. Literatura para él era todo lo que se pudiese escribir, y sobre todo recordar. Y por eso siempre, y como Cervantes al suyo, llamó a TTT “libro”, como si con ese gesto quisiese borrar la precaria frontera entre realidad y ficción, vida y literatura. Para Guillermo el término novela fue siempre sospechoso y, como indicó en un texto que recogimos en Infantería (“¿Qué puede la novela?”, 1008-1011) ligado al poder, ya sea político o literario: “Aún hoy, con el telón de fondo de la novela americana en lengua española, se perfilan las pretensiones risibles, pero de todos modos siniestras, de Castro y de su imperio Caribe. Otoño del patriarca, nacimiento del tirano.” Por eso sería mejor llamar a sus escritos relatos o narraciones, y de ellos practicó varios tipos: extensos (TTT, Vista del amanecer en el trópico, La Habana para un infante difunto, y los aún inéditos Ítaca vuelta a visitar y La ninfa inconstante); cuentos (Así en la paz como en la guerra, Todo está escrito con espejos); y guiones de cine (de los cuales conozco por lo menos siete, incluyendo Vanishing Point, hoy película de culto, y La ciudad perdida, que veremos pronto). Después, el periodista y ensayista, el más conocido y prolífico, con una serie de vertientes. Primero, cronista, crítico, e historiador de cine, su primera pasión en el tiempo, que produjo tres libros (Un oficio del siglo XX, Arcadia todas las noches, y Cine o sardina), aunque sus textos dispersos darían para unos cuantos más. Después, el narrador político. Evito el común “comentarista” porque a menudo se piensa que Cabrera Infante fue, o quiso ser, un pensador político. En sus obras, en su vida, sí hubo, hay, una sola obsesión política —la tragedia de la Cuba actual bajo el castrismo; pero la política de su obra, y sobre todo de Mea Cuba, su único libro sobre el tema, no la trata de manera analítica o discursiva, al modo en que lo harían pensadores políticos, como por ejemplo Octavio Paz en El ogro filantrópico. En Cabrera Infante hay una vasta y profunda preocupación política por Cuba, pero no existen, en rigor, ideas políticas, mucho menos una doctrina o sistema. El pensamiento que sí hay aparece de manera narrativa —como autobiografía, anécdotas, observaciones, relatos. Por eso, algún día, cuando se haga el recuento desapasionado de su obra, se verá que su mal llamado pensamiento político, y que el actual régimen cubano lee como doctrina, es en realidad el testamento moral, la radiografía ética, de una dictadura atroz que él mismo, como nos dijo, ayudó “a echar al mar sin saber que era al mal”. Por último, y sin afán de orden, fue Guillermo el autor de insólitos libros inclasificables —O, Ejercicios de esti(l)o, Puro humo—, libros cuya escritura se debate entre el ensayo, el chiste, la sátira y hasta el grafito. Es posible que sea en estas recopilaciones de fragmentos, así como en tantos otros escritos inéditos que algún día se darán a conocer, donde se encuentre su más radical experimento del lenguaje, su expresión más tensa y maníaca.
     III
     Pero estaba también la figura pública, acaso la más polémica. Empezando con su dirección del semanario Lunes de Revolución en 1959, y apoyado por Carlos Franqui, entonces una de las manos derechas de Castro, Cabrera Infante se vuelve un dirigente cultural que apoya al incipiente régimen, aún en su fase nacionalista. Clausurada esa gestión apenas dos años después por los sectores más ortodoxos para así consolidar su poder sobre la cultura, se le da salida en un cargo diplomático menor en Bruselas. Y aunque en Europa sigue apoyando al régimen y es uno de sus fervientes voceros, no cambia de opinión hasta que regresa a Cuba en 1965 a la muerte de su madre, la legendaria Zoila Infante, ella misma una de los fundadores del Partido. Es entonces que encuentra al país en plena decadencia comunista, y a sí mismo en desgracia, o al menos en la mirilla. Para entonces, ya el manuscrito de Vista del amanecer en el trópico —el urTres tristes tigres— ha ganado el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral, el más importante de la lengua, aunque no fueron éstas las credenciales, sino sus antiguas influencias políticas, las que le ayudan a escapar del país con sus dos hijas. Tras renunciar a su cargo diplomático, se establece en Madrid, cesante, como cientos de otros refugiados que llegan huyendo de la isla, a reescribir el manuscrito ganador. Porque si bien había ganado un prestigioso premio, la censura franquista había prohibido publicarlo, y sólo al verterlo en otra clave paródica —”Bachata”, la sección más jodedora del libro, la escribe entre La Habana, Bruselas y Madrid en lo que queda de 1965 y 1966— es que se accede a darlo a la luz. (El mismo régimen de Franco, por cierto, le negará entonces la residencia en España, lo cual le obliga a buscar alternativas de residencia, como la de Inglaterra, que surge después.) Finalmente se publica el libro al año siguiente con éxito mundial, y es al otro, tres años después de su desilusión con el régimen, que su autor rompe públicamente con Fidel Castro en unas sonadas declaraciones al semanario Primera Plana de Buenos Aires. No defiendo su decisión de aplazar su crítica pública hasta entonces; sí observo que al demorarla hasta después del éxito de TTT aseguró para sus opiniones un foro que de otra manera hubiese sido mucho menor, o menos eficaz.
     Sus críticas le valieron, como se sabe, sucesivas campañas de descrédito por parte de la dictadura castrista y sus secuaces, campañas que aún hoy, después de muerto (ver www.Lajiribilla.cu, febrero 2005), continúan a todo tren. En Cuba, la uneac organiza una expulsión sonada y muchos de sus antiguos camaradas le dan la espalda; García Márquez y Julio Cortázar, antes colegas amables (Cortázar llegó a pedirle el guión de “La autopista del sur”), le retiran su apoyo; el oficial Diccionario de la literatura cubana lo excluye; cuestionado una vez por la obra de Cabrera Infante en foro público de la Universidad de Cambridge, Alexis Carpentier Blagooblasoff contesta que “ese señor no es cubano”. No fueron las únicas perlas. En realidad aumentaron una vez que Guillermo abandona la carrera de guionista en 1972, resultado del nervous breakdown que le causó el exceso de trabajo, y empieza a dedicarse de lleno a la literatura. La inquina del régimen se debía, y se debe, en gran parte, a que su antiguo aliado convertido en crítico le seguía saliendo al paso en la prensa europea y no había manera efectiva de callarlo: había sido pobre, venía de una familia comunista, era mestizo, y había apoyado al régimen. Hace apenas un par de años, Abel Prieto, actual ministro de Cultura, quien suele ufanarse de haberle ofrecido a Guillermo publicar sus obras en Cuba, sin que el gobierno que representa siquiera haya reconocido que en 1997 se le otorgó el Premio Cervantes, trató de desacreditarlo calificando sus críticas como las de “un enfermo”.
     Lo heroico es que, a pesar de encontrarse con sus facultades disminuidas por los dieciocho electroshocks que se le administraron en 1972, Guillermo continuó su obra. Me atrevería a decir que fue precisamente a causa de su condición, luego diagnosticada como trastorno bipolar, que, tal como en un programa de rehabilitación, emprendió dos vastos ejercicios narrativos: uno, de disciplina objetiva, en Vista del amanecer en el trópico, la perturbadora serie de viñetas sobre la violencia histórica en Cuba; y otro, de recuperación de memoria (geográfica y erótica) en La Habana para un infante difunto.
     IV
     La muerte de Guillermo nos arrebata al creador de un estilo único en nuestra nación —la de Cuba, primero, y después, la otra, más inefable, y por eso más duradera: la de las letras, la de nuestra lengua. Nos arranca también al vocero de un punto de vista: el del exilio cubano, el más largo de toda la historia del continente. No exagero al describir la reacción colectiva, como comprueba en parte este número de Letras Libres, como de duelo nacional —sin excluir, desde luego, la reacción en Cuba. No sólo por el silencio oficial alrededor de su deceso, donde él brilla por su ausencia, sino por los lamentos de sus lectores y admiradores en la isla, algunos de los cuales pueden leerse en el foro abierto del sitio internet de El Mundo, al que muchos se sumaron. Pero también el duelo se mide por los insólitos denuestos que el finado ha recibido —”odio quiero más que indiferencia“, dice un vals peruano que Guillermo gustaba de citar. Un antiguo rival literario, de regreso a la isla después de un fallido intento de inserción en la política mexicana, sólo atina a declarar que “sus ejercicios de estilo no le permitieron un adecuado control de la sintaxis”; otro sitio de internet, conocido por su fanatismo castrista, acusa a sus escritos de estar “contaminados por una obsesión fanática”; un antiguo funcionario del sandinismo, hoy metido a escritor, afirma, sin haberlo conocido ni a él ni a sus amigos, que “no le caía bien a casi nadie”; una editora de origen cubano, furiosa porque él no permitió que un prólogo suyo figurase en un libro que ella publicaba, desea, sin conocer sus circunstancias, que “el Chino haya encontrado en su muerte la paz que no tuvo en vida”; un eminente profesor, frustrado por el caso que el escritor nunca le hizo, sentencia que su obra después de Tres tristes tigres “es un refrito” y que, por eso, no le permite acceder al canon de la literatura cubana que él mismo confecciona. A todos responde una carta lapidaria desde Cuba que publica El Mundo: “¡Viva Guillermo, Abajo Fidel!”
     Tal vez en alguna futura noche habanera, un joven cubano, o cubana, deambulando por las calles de esa bella ciudad que tanto amó, disfrutando ya de las libertades públicas que a tantos de nosotros nos fueron negadas, incluyendo la lectura libre de la divertida, la inquietante obra de Cabrera Infante, evocará aquella melodía que él imploraba, a su paso por las capitales del mundo que le tocó visitar, a cuanto pianista accedía a complacerle: “Y tú, quién sabe por dónde andarás / quién sabe qué aventuras tendrás / que lejos estás / de mí”. –

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