Ráfagas de un exilio / Argentinos en México, 1974-1983, de Pablo Yankelevich

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El Estado mexicano se ha caracterizado, a lo largo de su historia, por una política sistemática y coherente de acogida a las corrientes de refugiados políticos provocadas por las sucesivas oleadas de guerras, enfrentamientos, represión y persecuciones que caracterizaron al siglo XX. (De acuerdo con Daniela Gleizer Salzman, en México, país refugio, esta perseverancia en abrir las puertas del país a los perseguidos, cualquiera fuera su procedencia, mostró, curiosamente, algunas ambivalencias restrictivas en el caso de los inmigrantes judíos que huían de la limpieza étnica nazi.) La población civil es siempre, en efecto, un problema.

En cualquier caso, la conducta oficial frente al exilio argentino, que comenzó a mediados de los setenta y se prolongó durante casi una década –y cuyo análisis se integra en el reciente estudio realizado por el historiador Pablo Yankelevich–, se enmarcó dentro de los cánones propios de la diplomacia local, que agotó esfuerzos convencionales y a veces no tan convencionales para dar asilo, otorgar salvoconductos y acoger a varios miles de ciudadanos víctimas de una de las criminales dictaduras militares del continente americano. La receptividad mexicana es un tema ajeno a cualquier cuestionamiento.

Desde luego, el honesto, exhaustivo e inteligente libro de Yankelevich, Ráfagas de un exilio, examina escrupulosamente la actividad de las cancillerías (del lado sureño, como es obvio, con reticente o “caprichoso” respeto por los acuerdos internacionales) pero va mucho más allá del análisis de las actuaciones de embajadores y ministros para construir el documento tal vez más completo de cuantos se hayan producido hasta ahora acerca de un exilio que comienza ya antes de la última dictadura, en las postrimerías del gobierno de Isabel Perón, viuda del general que en su momento huyó hacia un destino voluntariamente elegido (desde el país gobernado por su colega Stroessner hasta la España de otro general, llamado generalísimo) y no, como veinte años después millares de sus compatriotas, hacia los puntos de destierro que el apremio del éxodo y las circunstancias exteriores volvían meramente posibles.

El autor utiliza todas las herramientas a su alcance, tanto cuantitativas (estadísticas, censos) como en su mayor parte cualitativas, que van desde documentos oficiales hasta periodísticos o testimonios orales, recogidos en un laborioso trabajo de campo, y delimita para el exilio argentino un preciso contorno demográfico y profesional; revisa los espacios de encuentro y desencuentro; reproduce los procesos culturales de adaptación, choque y asimilación; ausculta solidaridades y desconfianzas, lealtades, suspicacias y enfrentamientos; penetra en el complejo proceso de construcción de una identidad más amplia, más difícil, ambivalente y contradictoria. “Como todo esfuerzo de reconstrucción histórica, este no pretende ser completo y mucho menos tratándose de un pasado que por reciente no termina de pasar”, apunta Yankelevich. Pero, por su fidelidad en el examen de una experiencia única, Ráfagas de un exilio supondrá, de ahora en adelante, una fuente de consulta básica para futuras interpretaciones.

Sin duda, este examen sosegado del exilio revela la necesidad de nuevas revisiones. Estudiar el exilio –en alguna medida espejo de la sociedad argentina– y sus conductas, o más bien reflexionar sobre el entramado de sus causas y consecuencias, representa una tarea incompleta y aun conflictiva una vez recuperado el funcionamiento, dificultoso, de las instituciones democráticas, incluso “cuando la Argentina postdictatorial –como señala Yankelevich– ha registrado una auténtica explosión de memorias. El trauma de la dictadura, la necesidad de vindicar a una generación de detenidos-desaparecidos, y la exigencia de revisar acciones y opciones políticas que condujeron a la derrota de la izquierda, ayudan a explicar la proliferación de testimonios de diversos orígenes”.

“Ser un exiliado es aprender a ser minoría”, reflexionó el antropólogo Néstor García Canclini según la transcripción de Yankelevich, quien añade: “Y ser diferente entre diferentes obliga a un ejercicio de confrontación de culturas.” Para el exilio argentino, proveniente de una sociedad alimentada por distintas inmigraciones, una sociedad en apariencia cosmopolita y sofisticada pero al mismo tiempo encapsulada dentro de una especie de sentimiento de “excepcionalidad”, que no la priva de cierto provincianismo en su percepción del mundo, el encuentro con la sociedad mexicana significó por primera vez, inesperadamente, el descubrimiento verdadero de una América mestiza, potente y desigual, más próxima. Tal vez desde entonces la “especificidad” argentina haya podido ser repensada como pieza de ese continente del futuro que ya anunciara Hegel en el siglo XVIII.

En el prólogo a Ráfagas de un exilio Yankelevich repasa algunas de sus inquietudes previas: “El arco de dificultades se despliega desde lo metodológico hasta lo ético, puesto que se trabaja bajo parámetros históricos fundados en la simultaneidad entre el pasado y el presente; muchos de los protagonistas del fenómeno a estudiar pueden brindar sus testimonios; entre esos protagonistas hay una memoria colectiva que recrea aquel pasado, pero además hay una cuestión medular: la contemporaneidad entre la experiencia vital del historiador y el pasado que investiga.” Salvó esas prevenciones, sin embargo, con holgura.

Atinada, también, la cita de Theodor W. Adorno que encabeza el libro: “Es un principio moral no hacer de uno mismo su propia casa.” Y tienta añadir otra del mismo filósofo: “Lo terrible no es que lo monstruoso sea monstruoso, sino que a veces parezca natural.” ~

 

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