Shiki Nagoaka y Flores, de Mario Bellatin

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El estilo es el hombreMario Bellatin, Shiki Nagoaka: una nariz de ficción, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2001, 94 pp.
Mario Bellatin, Flores, Joaquín Mortiz, México, 2001, 117 pp.Es natural que las librerías españolas exhiban, cada día con mayor abundancia, ejemplares de la literatura de México. Más que de "literatura mexicana" hablo de las letras escritas en México, para desmarcarme de la leyenda nacionalista que, empeño de propios y extraños, proliferó presentando a ese país como depositario de extrañas virtudes endogámicas, al parecer diseñadas para complacer al turismo literario internacional.
     Si hoy día algunos de los nuevos escritores mexicanos escriben como si el país de Carlos Fuentes nunca hubiese existido, ello se debe —aunque les cueste reconocerlo— a que cosechan los dividendos de esa tradición cosmopolita, a la vez heterodoxa y hegemónica, que desde Alfonso Reyes a Octavio Paz, pasando por novelistas como Salvador Elizondo y Sergio Pitol, abunda en enemigos perspicaces y devastadores del nacionalismo cultural. Más universal, paradójicamente, es la literatura de aldea, que es igual en todas partes.
     Contra las convenciones manidas, hay que recordarle a quienes tienen más afición por los boletines editoriales que por la lectura que la literatura de México es, junto a la argentina, la más cosmopolita de América Latina, precisamente desde hace un siglo. Desde México han escrito muchos de los grandes escritores de la lengua; dos de los narradores latinoamericanos más brillantes de estos años, Fernando Vallejo y Roberto Bolaño, tuvieron su hermosa y siniestra estación mexicana.
     Prueba de ese espíritu es la obra de Mario Bellatin, quien nació en Ciudad de México en 1960 y creció en el Perú. En 1995 Bellatin regresó a su sitio natal con libros ya significativos; tan fácil le fue abrirse paso en la vida literaria local como trascenderla, pues sus novelas responden a las preguntas ontológicas y existenciales plausibles donde quiera que haya lectores creativos, sea en Lima, París, Buenos Aires o el Distrito Federal.
     Mario Bellatin recuerda a la sentencia de Buffon, "El estilo es el hombre". De sus novelas, siempre breves, Salón de belleza (1994), Poeta ciego (1998) y Flores (2001) me parecen obras decisivas gracias a una prosa cortada por la atonía, inconfundible por su sinuosa precisión. La primera puede referirse a la epidemia del sida, la segunda a Sendero Luminoso y la tercera a la manipulación genética, pero Bellatin no escribe para sus contemporáneos, especie caracterizada por alimentarse solamente de la actualidad que trituran los periódicos.
     Las caídas de Bellatin, a menudo sonoras, me interesan tanto como sus virtudes. Cuando descansa de sus obsesiones, y vaya que tiene derecho, suele ser frívolo sin llegar a la decantada elegancia que su pasión literaria le exige. El jardín de la señora Murakami (publicada en 2000 y cuya edición española está por aparecer) me pareció sólo un afortunado homenaje a El cuento de Genji, la hazaña fundacional de la literatura japonesa. Viniendo de otro escritor hubiera aplaudido la buena factura de la paráfrasis; tratándose de Bellatin la simpatía del crítico no puede permitirse la complacencia.
     En Shiki Nagoaka: una nariz de ficción, Bellatin cree llevar más lejos aun el juego propuesto en El jardín de la señora Murakami, pasando del homenaje a la señora Murasaki, letrada japonesa del siglo xi, a la recreación incidental de Tanizaki y Akutagawa. Leyendo Shiki Nagoaka: una nariz de ficción, comprendí mejor las japonaiseries bellatinianas. Estamos ante un cuento sobre un escritor de nariz ciranesca que, como tal, es injertado en la literatura japonesa del siglo XX.
     El texto es un tanto torpe. Por un lado, es indigno de Bellatin imaginar que un personaje de tan singular aspecto pensara en hacerse pasar por su hermano gemelo; por el otro, desde que Borges pasó por aquí, los autores imaginarios y las atribuciones de incunables requieren de más galleta para apetecernos. Dudo, en fin, que Bellatin hubiese publicado su relato sin el apoyo de las sugerentes fotografías de Ximena Berecochea, quien dota al libro de un atractivo soporte inconográfico. Así, estamos ante una precaria instalación literaria, sustentada por las ambiciones transgenéricas de la vanguardia del siglo pasado. Pero como instalación este libro corre el riesgo de ser efímero; y para novelas con fotografías prefiero las que el escritor alemán W. G. Sebald está publicando con genio.
     Sin embargo, en Shiki Nagoaka encontré las líneas que me revelan el arte de Mario Bellatin, mismas que me complacen en la medida en que no aspiro a ofrecerlas como preceptiva. En un libro atribuido a este personaje, Tratado de la lengua vigilada, el narizón "afirma que únicamente por medio de la lectura de textos traducidos puede hacerse evidente la real esencia de lo literario, que de ninguna manera, como algunos estudiosos afirman, está en el lenguaje".
     Esta superioridad de la traducción sobre la originalidad, que Bellatin pone en boca de su personaje, es mi clave para entender su obra entera. Así, Salón de belleza y Poeta ciego traducen, desenfocando su objeto con premeditación, tanto las enfermedades terminales como las sociedades secretas. Cuando la traducción dispone la infidelidad a la versión original, me gusta Bellatin; mientras que al pretenderse fiel a El cuento de Genji o a Akutagawa encuentro aburrido el asunto. En Bellatin conviven un aventurero y un escoliasta.
     Esta nota terminaría con una declaración de creciente desafecto a la obra de Bellatin de no haber leído Flores, su novela más reciente, que sin duda sus editores mexicanos pronto harán circular en España. Bellatin traduce en Flores una experiencia personal y regresa, gracias al imperio de un yo genialmente traducido, a Salón de belleza y Poeta ciego. En Flores se registra el destino de diversos personajes en varias atmósferas, unidos por su condición de seres nacidos con severas malformaciones genéticas, debido a la prescripción de fármacos altamente tóxicos a mujeres embarazadas. Esa corte de mutantes se desplaza por el mundo buscando una manera propia de traducir su religión o sexualidad ante la evidencia de la deformidad.
     El científico Olaf Zumfelde, inventor de las pócimas, y su secretaria Henriette Wolf forman una pareja, entre luciferina y burocrática, que está a cargo de cerrar o entreabrir las puertas de los enfermos que buscan ser indemnizados. Flores, con sus 35 breves capítulos, aspira a ser un albúm botánico de una floresta basada en la mutilación o el exceso. En ese desfile —que naturalmente no necesita de fotografías para afincar su helada eficacia— sobresalen los adoptados gemelos Kuhn, Alba la poeta o el Amante otoñal, todos ellos delineados con esa capacidad retórica de Bellatin para esbozar, con unas cuantas pinceladas, caracteres memorables. Más allá de mi preferencia por una forma de traducción contra la otra, los libros de Bellatin nunca dejan de sorprenderme, bellos y tristes, monomaniacos o innovadores, obra consciente, como se dice en Flores, de "que hay que esperar unos años para que, a través del tiempo, el cuerpo transmita de forma natural la verdad de sus defectos".
     Las novelas cortas de Mario Bellatin revelan cómo la traducción, entendida como esencia de toda operación literaria, vacía de contenido moral a las enfermedades, a la amputación y a las formas esotéricas de conspiración. A Bellatin le fastidia la sintomatología de nuestra época, afanosa como tantas otras en monopolizar las desgracias. Prefiere el diagnóstico de la condición humana, que observa con el morbo aséptico del enfermero capaz de limpiar purulencias sin caridad y sin amor, pero con laboriosa eficacia. –

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