Un acto de autocreación

Memorial Drive. Recuerdos de una hija

Natasha Trethewey

Traducción por Traducción de Mariano Peyrou

Errata naturae

Madrid, , , 2022,, 227 pp.

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“Si alguien me hubiera advertido de todo lo que iba a olvidar –la mayor parte de esos años en que mi madre estaba viva–, tal vez me habría dedicado a intentar recordar lo máximo posible”, reflexiona Natasha Trethewey en Memorial Drive. Recuerdos de una hija. El 5 de junio de 1985 Gwendolyn Ann Turnbough, la madre de la autora, fue asesinada por su segundo marido, Joel, padrastro de Trethewey. Dos tiros, uno en la cara y otro en el cuello. Este libro es un desolador y emotivo ejercicio de memoria, de redención, un homenaje que la escritora, ganadora del Premio Pulitzer de Poesía en 2007, tardó varias décadas en ser capaz de escribir.

Natasha Trethewey nació en Gulfport, Mississippi, en 1966, fruto de un matrimonio interracial todavía ilegal por entonces. En la primavera de ese año se cumplían cien años de la primera celebración del Día de los Caídos. De camino al hospital, al ala reservada a los negros, Gwendolyn veía a los miembros del Ku Klux Klan mostrar orgullosos la bandera rebelde. “Tú tienes lo mejor de cada mundo”, le decían a esa niña mestiza que no era impermeable a lo que veía: que los blancos trataban de manera diferente a su padre, al que consideraban un igual y llamaban “señor”, que a su madre. Recuerda, porque su familia se encargó de contárselo en repetidas ocasiones hasta que se convirtió en un recuerdo de verdad (en realidad ella era demasiado pequeña para poder hacerlo), la noche en que un grupo de encapuchados quemó una cruz en la entrada de su casa. Memorial Drive es, también, un retrato de los Estados Unidos de entonces, un país que se rebelaba ante las nuevas leyes que pretendían combatir la segregación.

La infancia que dibuja Trethewey, sin embargo, destila paz. Aunque su madre y su abuela se encargaran de hacerla consciente de lo que ella significaba –una transgresión, una rareza– y de que su vida no sería fácil –“Qué cosita tan mona, lástima que sea negra”, oía decir a aquellos con los que se cruzaba cuando paseaba con sus padres–, la familia materna la rodeó de ese calor de hogar que transmite seguridad a los pequeños: el té helado de la merienda; el olor de los puros que, después de cenar, se fumaban juntos su padre y el tío Son; recolectar nueces de pecán, higos y caquis con la tía Sugar.

Ese periodo empezó a acariciar su final cuando el padre tuvo que mudarse, por trabajo, a Nueva Orleans. Poco tiempo después llegó el divorcio. Y, en 1972, madre e hija se trasladaron a Atlanta. Ese año es el paréntesis de apertura del periodo que la autora ha estado muchos años intentando olvidar. El de cierre es 1985, cuando quedó huérfana de madre. En ese momento comenzó “un acto de autocreación por medio del cual intentaba estar constituida solo por lo que escogiera conscientemente recordar”. Inútil; lo pretérito siempre acaba encontrando la manera de infiltrarse en el presente: “Durante todos esos años en que creía estar escapándome de mi pasado, en realidad había estado avanzando sin descanso hacia él.”

Los padres de Trethewey se habían conocido en la universidad, estudiantes de literatura los dos. Él la educó desde temprano en la metáfora, a través de los mitos, sobre todo los grecolatinos. Así, aprendió pronto el poder de lo simbólico, que en este libro adquiere mucho peso. Entre las pocas cosas que la autora se llevó del apartamento donde fue asesinada su madre estaba una Dieffenbachia que desde niña había tenido el encargo de cuidar: la savia de esta planta contiene una toxina que puede provocar una incapacidad temporal para hablar. La imagen casi mariana de su madre cuando la salvó de ahogarse en una piscina, siendo muy pequeña, se convierte, a posteriori, en un prólogo hagiográfico. “A posteriori” porque recordar es reescribir: “Quizá eso sea lo que hace siempre la mente cuando tratamos de entender acontecimientos que tuvieron lugar en el pasado, hallar un hilo narrativo, leer –mirando atrás– las señales a las que no prestamos atención.” En una búsqueda de sentido, la autora rastrea señales e indicios de lo que iba a suceder. También hay sitio para la culpa: ¿quizás ella podría haber salvado a su madre si le hubiera hablado del maltrato psicológico al que la sometía Joel, apodado Big Joe, veterano de Vietnam? Tal vez si se lo hubiera contado, se habría separado de él y no hubieran llegado las palizas, las amenazas de muerte y, finalmente, el asesinato.

Una aproximación al trauma solo puede hacerse de manera oblicua. Memorial Drive lo demuestra ya desde algunos de sus recursos formales. En el capítulo 6 hay un cambio en la voz, que pasa a la segunda persona. Trethewey se cuenta a sí misma algunas de las cosas que recuerda de aquella época que creía encerrada entre paréntesis: oír desde la habitación de al lado, por primera vez, el puñetazo que Joel le suelta a su madre; contárselo a su maestra y que esta responda “a veces los adultos se enfadan”. El desdoblamiento en un “tú” permite esa distancia protectora frente al miedo y el desconcierto. Por otro lado, en el texto se insertan documentos oficiales: la declaración policial de Gwendolyn después de un primer intento de asesinato; las transcripciones de dos conversaciones telefónicas con Joel, el día antes de que la matara. “Salir a cenar es mucho más fácil que estar preguntándose cuándo irá alguien a volarte los putos sesos. Saber que hay un loco que irá a incendiarte la casa cuando tú estás atrapada dentro, o le hará algo al coche para que, cuando gires la llave del contacto, estalle el depósito de gasolina.” En esos documentos se oye directamente a la madre de la autora, hasta entonces tamizada por el recuerdo de la hija: sus palabras confirman lo que Trethewey ha ido dejando entrever, que era una mujer fuerte y valiente.

Una de las principales arterias de Atlanta se llama Memorial Drive. Conduce desde el centro de la ciudad hasta Stone Mountain, monumento nacional a la Confederación. Muy cerca de sus pies está el apartamento donde sucedió todo. Otra metáfora: el pasado supremacista de Estados Unidos y el escenario del crimen, juntos; las dos realidades que marcaron la infancia y adolescencia de la autora y que vertebran este libro. Un libro que rescata del pasado y libera mirando al futuro. “Incluso la muerte de mi madre puede ser redimida en el relato de mi vocación”, concluye Trethewey. ~

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