Usos de la nostalgia

La nostalgia

Barbara Cassin

Traducción por Alicia Martorell Linares

Alianza

Madrid, 2022, 128 pp.

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Filósofa y filóloga de largo recorrido que llegó a participar en alguno de los seminarios finales de Heidegger, la francesa Barbara Cassin presenta en este breve libro un estudio sobre la nostalgia que interesará a cualquiera que alguna vez haya experimentado ese agridulce sentimiento; o sea, a casi todo el mundo. Cassin se apoya en la literatura grecolatina, donde rastrea el origen del término pese a que su identificación como forma del malestar humano no tiene lugar hasta el siglo XVII, dando cuenta de sus nostalgias personales –la isla de Córcega– y desembocando en las ideas de Hannah Arendt sobre la relación de la lengua con el pueblo. Se trata de un ensayo bien escrito y traducido, que merece la pena leer siempre y cuando no se le pidan conclusiones demasiado originales o rompedoras; aunque no es capaz de proporcionarlas, el modo en que reformula las posibilidades latentes en la nostalgia posee valor en sí mismo. ¡No es poco!

La autora toma como punto de partida el tipo de sentimiento que se despierta en ella cuando regresa a la isla de Córcega, que no tiene más remedio que calificar como “nostalgia irrefrenable”. Pero se malicia que la nostalgia no siempre es lo que creemos, pese a la claridad de sus raíces filológicas en el griego clásico: a partir del nostos o retorno y del algos o dolor, la nostalgia no sería sino el “dolor del retorno”. Pero el mal de la nostalgia es catalogado en la primera modernidad a partir de la experiencia de los soldados suizos que añoraban su casa y enfermaban por ello; la nostalgia sería en este caso una dolencia cuya causa está en la imposibilidad de retornar cuando uno desea hacerlo o al menos cree desearlo. Para desentrañar esta madeja de palabras y emociones, Cassin da tres pasos sucesivos que se corresponden con las distintas secciones del libro: indaga en el retorno de Ulises a Ítaca; se fija en la peripecia del desenraizado Eneas; y recurre a las tesis de Hannah Arendt sobre la relación entre lengua y patria. Su propósito último es encontrar la manera de convertir la nostalgia “en una aventura de otro tipo que nos puede llevar al umbral de un pensamiento más amplio, más acogedor, de una visión del mundo liberada de todas las adscripciones”. En última instancia, pues, se trataría de emplear el anhelo de lo propio como lanzadera hacia un cosmopolitismo capaz de fijarse en aquello que es común a los diferentes. O sea: dar con aquello que hay de humano en todos los individuos sean cuales sean sus circunstancias particulares.

Cuando se acerca al Ulises de Homero, Cassin destaca que hay en su viaje de retorno un punto de melancolía. La razón es que su reencuentro con la patria supone el final de la aventura: volver a casa es “resignarse a lo común: envejecer, morir”. Pero, cosa que suele olvidarse, Ulises solo puede permanecer en casa un día y una noche, viéndose obligado por mandato de los dioses a marcharse otra vez; de donde bien puede deducirse que el polytropos o “rico en argucias” no está hecho para quedarse sentado viendo pasar las horas. Por eso es razonable preguntarse si solo existe la nostalgia del hogar –Heimweh en alemán– o si también hay una nostalgia de lo lejano –Fernweh– que la autora propone denominar “planalgia” a partir del griego plané, que designa el “deambular”. Para complicar las cosas, el alemán que Cassin tan bien conoce nos habla de una Sehnsucht o anhelo carente de objeto definido: una suerte de desasosiego existencial que complica cualquier idea de domesticidad apacible.

Cuando la autora centra su atención en la figura de Eneas, inmortalizada por Virgilio a mayor gloria del emperador Augusto, la cita de la Eneida que encabeza el capítulo sugiere un cambio de registro: “Y a todos os haré latinos, con una sola lengua.” Es uno de los resúmenes que admite el desenlace de la larga marcha de Eneas a lo largo del Mediterráneo tras la caída de Troya; desarraigado sin esperanza de retorno, el héroe se convierte en un exiliado que termina por fundar una ciudad. Solo en Roma podrá Eneas echar nuevas raíces, una vez que ha aceptado que jamás encontrará una segunda Troya. Ahora bien, el exilio le obligará a abandonar la lengua materna y eso permite a Cassin proponer una interesante distinción –plena de actualidad en una España atravesada de nacionalismos interiores– entre dos formas de ser monolingüe. De un lado, está la forma griega, que concibe un monolingüismo autóctono –“nacido del suelo”– de donde surge una oposición tajante entre lo griego y lo bárbaro; del otro, está la forma latina, que incluye la alteridad y se abre a la mezcla bajo el paraguas de la civitas romana. Quiere decirse que todo ciudadano romano puede tener al menos dos patrias: la de la naturaleza, su lugar de nacimiento, y la del derecho, conferida por la civitas. Roma es la patria de todos y por eso el exilio es un castigo peor que la muerte: aún resuenan las quejas amargas de Séneca u Ovidio. Así que los romanos imponen su lengua, que es la lengua del derecho civil y de la religión, pero no se identifican con ella a la manera de los griegos; al fin y al cabo, se trata de una lengua que ni siquiera lleva su nombre.

¿Y qué pasa en el siglo XX, del que aún somos herederos directos, con la lengua y la política? Cassin recurre a las ideas de otra exiliada, esa Hannah Arendt que rechazaba la identificación entre la lengua y el pueblo alemanes que el nazismo había defendido. Recordemos que Heidegger mismo había participado de esa cosmovisión al tomar como referencia al ser y no al Estado. Pero la autora cree que Arendt se equivoca cuando, identificando la lengua materna con la capacidad de inventar o imaginar, concluye que una comunicación de masas asentada en el inglés global nos deja sin lengua. Y tiene razón: en esa tajante conclusión late un esencialismo. Tiene sentido que Arendt, para quien la pluralidad humana se refleja en la pluralidad de lenguas como un valor positivo que multiplica los significados a los que estamos abiertos, se preocupe por el empobrecimiento lingüístico; sin embargo, el globish solo es una herramienta para la comunicación y por debajo del mismo sigue habiendo tantas lenguas como formas de ver el mundo.

Ya se ha dicho que las conclusiones a las que llega Cassin no son especialmente originales; es difícil serlo a estas alturas. Pero se trata de las conclusiones correctas: para la filósofa francesa, son los exiliados y refugiados quienes se sitúan en la vanguardia de la condición humana, pues son aquellos que no pueden estar seguros de cuál sea la esencia de las cosas. Por eso la autora subraya la sensación de extrañeza que invade a Ulises cuando regresa a Ítaca: ¿no será que nunca estamos del todo en casa? Cassin invoca así las “raíces aéreas” del ser humano y formula un objetivo cuyas condiciones de realización no alcanza a precisar: “En lugar de raíces, yo cultivaría un ‘más lejos’, un mundo que no se cierra, lleno de ‘semejantes’ diferentes, que es como nosotros, pero no es ‘nosotros’.” No es un objetivo sencillo y difícilmente podrá generalizarse, pero todo aquel que lea este intenso librito se sentirá compelido a realizarlo. ~

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