Viajes por Lituania

D Neura

Varena

Manuel Onetti

Graylock

Navarra, 2019, 205

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Creo que no hay muchos libros españoles dedicados a Lituania. Uno reciente, que se llama Vilnis, lo escribí yo. Gracias a eso llegó a mis manos Varena, de Manuel Onetti, publicado en la editorial Greylock en 2019. Ese pequeño país resulta familiar en España gracias a los jugadores de baloncesto y diría que también, en otra escala, gracias a Jonas Mekas, que fue poeta y cineasta, y de cuyo nacimiento este año se cumple un centenario. Hay celebraciones en museos, cines y galerías de todo el mundo. Mekas vivió tres cuartas partes de su vida en Nueva York, adonde llegó de camino a Chicago, que era la ciudad con una mayor comunidad de emigrantes lituanos. A los cincuenta años volvió a su país y con lo que rodó montó su película Reminiscencias de un viaje a Lituania

Otro lituano célebre, aunque quizá no tanto, fue George Maciunas, fundador de Fluxus ─en los Estados Unidos─. El famoso actor de películas de acción Charles Bronson nació ya en los Estados Unidos, pero de una familia emigrada de Lituania. Y para seguir con las curiosidades americanas, Al Jolson, que interpretó con la cara pintada de negro el papel principal en The Jazz Singer, la primera película sonora, había nacido en Lituania también.

Volviendo al libro de Onetti: Varena es un pequeño pueblo del sur del país adonde el narrador o protagonista de esta historia llega para participar en un programa europeo que distribuye a jóvenes por los distintos países de la Unión. En este caso, el personaje tiene que desarrollar alguna actividad poco definida en la biblioteca municipal. Parece más bien haber sido convocado porque su presencia garantiza la llegada de fondos europeos a ese remoto rincón. El programa le proporciona también alojamiento en un piso compartido con una chica rusa llamada Irina. Estamos en invierno, y es imposible escapar del frío inverosímil (uno de los capítulos se llama directamente -25º) y de la oscuridad casi perpetua. Unas condiciones tan duras hacen que la vida adquiera un aire de irrealidad.

Además, desde el principio pasa en la escritura algo crucial que desdobla al personaje: se narra en primera y en tercera persona, pero no alternativamente sino a la vez, en una única acción, a veces en la misma frase y con procedimientos levemente diferentes (por ejemplo: “Entró en una panadería y compré un pan de ajo”, “Como si la decisión de volver a Varena, de estar allí, no fuese suya ─ni mía─…”, “En ese instante me/le empezó a doler la cabeza sin saber muy bien si el vino ya le estaba produciendo resaca…”, “…le dolían los músculos al rebotar contra la nieve, mientras intentaba llegar al apartamento lo antes posible, para meterme de una vez en la cama…”).

El logro de esta técnica es que no se queda en lo vistoso del experimento, sino que provoca en el lector una sensación similar a la que está viviendo el personaje, sin la necesidad de explicarlo mediante un análisis o una metáfora, solo con el vaivén del punto de vista delegado en las conjugaciones y los pronombres. Encuentro que hay algo meditativo en esta movilidad del sujeto, y aunque quizá se entienda mejor en un caso como este, en el que el personaje se encuentra en un lugar que le resulta tan ajeno que no es extraño que pierda la noción de su identidad, en realidad es algo que nos sucede continuamente y nos permite observar lo que nos rodea con menos prejuicios que desde un yo (o un él) fijo y clavado como un palo en la nieve. 

La sensación de disolución va avanzando con el libro, que aunque nunca pierde una vis muy divertida asociada con el distanciamiento y que destaca desde el comienzo, va oscureciendo el tono, como si el frío se le hubiese metido en el cuerpo al autor (llega a datar el momento preciso en que eso sucede, en el andén desierto de la estación de otro pequeño pueblo, esperando un tren que no se sabe si llegará). Al personaje empieza a parecerle cada vez más indeseable la vida que lleva en Varena, donde apenas se puede hacer más que ver nevar bebiendo latas de cerveza, pero el desarrollo del libro revela que su entumecimiento progresivo es un lugar excepcional para asomarse a las vidas de una serie de personajes.

Los encuentros se suceden como apariciones, los fantasmas emergen un instante para volver a las sombras: Kolia, el afectuoso bebedor de la cabaña bar; los otros jóvenes europeos que también participan en el programa; la chica cantante, un poco borde, que aparece primero como viajera en el tren; los hare krishna que de alguna manera han acabado organizando un festival en ese lugar desatinado; Olga, la recepcionista de un hostel cuya boca “casi húmeda, y excesivamente carnosa, era de las pocas cosas que habían merecido una atención sincera por su parte desde que había llegado a Lituania” y especialmente la bellísima epifanía en una pequeña librería de Vilna, a la que se accede bajando un par de escalones y en la que el protagonista tiene (tienes) una conversación con un judío sefardí que le habla en ladino. La luminosidad del encuentro inunda la página con la misma luz dorada y epifánica que inunda el modesto local del centro de Vilna y lo arranca del tiempo, antes de la vuelta a la misma calle gris. 

En Varena he reconocido algunas cosas que también me llamaron la atención en mi viaje a Lituania, aun cuando yo estuve en el mucho más amable mes de septiembre y mi estancia apenas duró una semana: la presencia a veces acogotadora del bosque (“Todo sucede en el bosque”); el irresistible atractivo de un tiesto de flores en una ventana; la rara sensación, transmitida desde los lugares más inesperados, de que algunas cosas en esa latitud no están terminadas del todo (pero ontológicamente, no constructivamente) y la sospecha de que nuestras definiciones de lo objetivo y lo subjetivo no funcionan.  

Varena
Manuel Onetti
Greylock, 2019
205 páginas

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