Zadie Smith mira el mundo

Photo by Chris Boland / www.chrisboland.com
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Madres e hijas y en medio, el mundo. “Tenemos un deseo apremiante de ser buenos. De que vean que somos buenos. De que nos vean. También de ser. La maldad, la invisibilidad, las cosas como son en realidad frente a lo que aparentan ser, la muerte misma: esas historias ya no se llevan”, así da comienzo “Ahora más que nunca”, uno de los cuentos de Grand Union, el libro de relatos de Zadie Smith. Algunos de los relatos que se reúnen aquí habían sido ya publicados (en The New Yorker y Paris Review) y otros son inéditos. Pero se reconocen aquí algunos de los temas que suelen preocupar a la escritora londinense y que ha abordado también en sus ensayos y novelas, y que orbitan en torno a la intención de comprender el mundo y a quienes nos rodean. El primer y el último cuento son una conversación entre una madre y una hija; en el primero, la madre pierde una discusión; en el último, madre e hija se citan frente a una pollería. Ah, un detalle: la madre del último cuento está muerta. 

Distopías, mundos paralelos y la historia que se repite. En Grand Union hay varios cuentos que presentan un mundo distópico; está “¡Conoce al presidente!”, distopía tecnológica; está “Huida de Nueva York”, en el que Michael, Elizabeth y Marlon huyen de una Nueva York atacada desde el aire: “Hacía muchísimo tiempo que no era responsable de otra persona y tampoco había organizado nunca un viaje, ni propio ni ajeno, pero era culpa suya que los tres estuvieran en la ciudad y por eso le tocó a él hacerse cargo. Quizá incluso sintió un poco de emoción al descubrir, por primera vez en su vida, que no era un inútil, que su padre se equivocaba y que de hecho era un ser perfectamente capaz. Llamó primero a Elizabeth”. ¿Son Elizabeth Taylor, Michael Jackson y Marlon Brando huyendo de Nueva York en el 11-S? “Dos hombres llegan a un pueblo” es la historia de una guerra, de todas las guerras. Tiene un tono de western y me ha recordado a la única novela de Doctorow que he leído, Cómo todo acabó y volvió a empezar. “El Río Vago” no es una distopía por deprimente que resulte la idea de uno de esos hoteles con todo, hasta río artificial que se limpia por la noche, del sur de Europa, más concretamente Almería. En ese hotel parece haber solo turistas, muchos Brexiters (“no sabemos si vamos a necesitar un lío de visados para meternos en el Río Vago el verano que viene. De eso ya nos preocuparemos el verano que viene”), suena Despacito y desde el autobús que los llevaba hasta el hotel vieron a los africanos que trabajan en los túneles de polietileno. El hotel es uno de esos con todo del que a los turistas ingleses les cuesta salir hasta para ir a la playa, cosa que terminan haciendo, por los niños, y porque el Río Vago ha amanecido verde. Hay dos hermanas que se hacen fotos constantemente: “Para las hermanas, ese asunto de las fotografías es una especie de trabajo que llena cada día hasta el límite, igual que el Río Vago llena el nuestro. Es una crónica de la vida que ocupa tanto como la propia vida”. 

Opiáceos y un divorcio. “Semana crucial” es uno de mis cuentos favoritos del volumen. Comienza con un expolicía en un bar, está triste y se echa a llorar con su hijo: el padre acaba de separarse de la madre y todo se le hace demasiado raro. Poco a poco se va desvelando todo: para paliar el dolor por una lesión le prescribieron opiáceos, se enganchó y descubrió que la heroína era más barata que los medicamentos. Aun así, no es la razón de la separación, que se descubrirá al final del relato, cuando cambia el punto de vista para que sea desde la posición de la mujer desde la que habla el narrador y que tiene que ver con “Las horas irrecuperables que se consumieron en coches, entre palos y balones, llevándolos de aquí para allá, animándolos en campos de deportes helados, mirándolos, mirando su propio aliento, paseando a sus perros, enterrando a sus perros[…]”. Está hablando de sus hijos. 

Sexo, sexo, sexo. En realidad no hay mucho sexo aquí. Hay un poco en el cuento “Educación sentimental” y otro poco en “Por el rey”, hay más, pero en esos cuentos se le presta especial atención. En “Educación sentimental” una madre (de dos hijos) rememora sus aventuras sexuales en la universidad. Se tomaba la liberación sexual y el placer con la misma disciplina que los estudios feministas. En un día se acostó con tres personas diferentes y ahora su cuerpo pasa de estar pegado al de un bebé lactante, luego al de una niña y luego al ser amado. Y me ha parecido que ese juego entre sexo y tiempo está en “Por el rey”: “Yo pienso en el sexo, en cualquier acto sexual, como algo que ignora y de hecho borra el tiempo, así que el placer sexual nunca podría ser una pérdida de tiempo, ¡porque niega el tiempo por completo!”. 

Me entrego a ti, Zadie Smith. Mi amiga Maribel se quitaba los zapatos y se los enseñaba al dj cuando la sesión nos hacía bailar mucho y pasarlo bien. No sé cuál es el equivalente. Debería entregarle a Zadie Smith mis preciados bolis de muji y mis cuadernos escondidos en cajas de cartón y entre las estanterías (algunos me acompañan desde 2004). Hay otros cuentos que me han gustado (“Kelso deconstruido”, “Epifanía mañanera para padres” o “Letra y música”), pero el que motiva mi entrega total es “Estado de ánimo”, está construido con capítulos de diverso origen, uno son frases de Tumblr, otro es una conversación entre una fotógrafa veterana que frecuentaba a Debbie Harry y su loro, al que en otro capítulo entierra. Hay jóvenes con deudas enormes, créditos para pagar la universidad. Hay algo en este cuento que me lleva a El álbum blanco, de Joan Didion. Es un relato sobre el paso del tiempo y sobre que todo va deprisa y a veces lo que queremos es saber que tenemos un lugar, una casa, que existimos, que estamos en la guía telefónica. 

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