Georges Perec (1936-1982).

Aproximación a la ternura de Georges Perec

Se cumplen cuarenta años de la muerte del escritor Georges Perec. Su gran secreto y la razón por la que seguimos leyendo sus libros es la ternura.
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UNO. Volvamos a hablar de Perec. Hablemos de Perec porque es un autor imprescindible y porque hoy se cumplen cuarenta años de su muerte. Y en este día que me entristece cada año, quisiera hablar de algo que lo caracteriza profundamente, que impregna cada uno de sus libros y que ha sido, en mi opinión, insuficientemente recalcado. Quisiera hablar de su ternura.

DOS. Primavera de 1956. Perec tiene apenas veinte años y está muy deprimido. Su primera novela acabada Les errants –en la que tantas esperanzas ha depositado y que nunca se publicará– ha despertado poco interés entre sus escasos lectores. Abatido, confía a su amigo Jacques Lederer haber “abdicado”. Nunca será escritor. Este duro golpe es el detonante de una crisis en la que reaparecen sus peores fantasmas. En una carta a un amigo, escribe:

“¿Dónde encontrar cada noche la esperanza suficiente para querer vivir el día siguiente?

La causa superficial: la soledad
La causa profunda: la impotencia
La causa primera: la falta de confianza
La causa oculta: la falta de ternura.” 

En otra carta, insiste: “Y ni siquiera he conocido lo que para mí es lo principal porque fui privado originalmente de ello por la muerte de mi madre: la ternura.” 

Verano de 1980. Han pasado los años y Perec se encuentra mejor consigo mismo. Se ha convertido en un escritor reconocido y ha logrado, gracias al psicoanálisis y a la escritura, afrontar sus traumas. Sin embargo, hay un asunto que todavía significa mucho para él. Entrevistado en France Musique, comenta: 

“La noción de ternura es algo que me conmueve mucho y que pocas veces encuentro en la música. La encuentro en Schubert, en Schumann, y también la encuentro en un músico que nunca se ha usado en el cine, que es Biber. Las Sonatas del Rosario –que parecen tan áridas en cuanto a composición– son, para mí, una de las cimas de lo que yo llamo la ternura”.

TRES. La palabra ternura evoca inmediatamente lo que siente una madre por su hijo, un afecto primordial sobre el que “se construye desde la más pequeña infancia nuestra vida psíquica”’ (Boris Cyrulnik) y “la confirmación del sentimiento de existir” (Alain Delourme). Perec, tan preciso en el léxico, la usó a conciencia toda su vida. Él, quien perdió a su madre en los campos de exterminio. Dice Perec en un famoso fragmento de W o el recuerdo de la infancia que escribe porque “hemos vivido juntos, porque he sido uno entre ellos, sombra entre sus sombras, cuerpo junto a sus cuerpos”. Desgraciadamente, esos cuerpos desaparecieron y, con ellos, la posibilidad de oler, tocar, acariciar. El último poema de La Clôture et autres poèmes expresa precisamente esa ausencia del cuerpo materno. Se titula parcamente “Un poema” y es el único que fue escrito sin trabas.

¿Trataba de envolver tu muñeca
con mis dedos? 

Hoy la lluvia raya el asfalto
No tengo otros paisajes en mi cabeza
No puedo pensar en los tuyos, aquellos que cruzaste en la oscuridad y
en la noche
Ni en el pequeño automóvil rojo
donde me echaba a reír.

El orden inmutable de los días traza un camino estricto
es tan simple como una ciruela en el fondo de un frutero
o como la progresión de la hiedra a lo largo de mi pared. 

Mis dedos ya no son esa pulsera tan corta
Pero guardo la huella redonda de tu muñeca
En la palma de mis manos ambidiestras
En la sábana negra de mi mesa. 

CUATRO. Roberto Bolaño nunca escondió su admiración por Perec. En 1994 escribe “Un paseo por la literatura”, larga enumeración perequiana de sueños en la que deambulan algunos de sus escritores favoritos. Perec ocupa una posición destacada, pues abre y cierra el poema, como una suerte de paréntesis:

1. Soñé que Georges Perec tenía tres años y visitaba mi casa. Lo abrazaba, lo besaba, le decía que era un niño precioso.

[…]

57. Soñé que Georges Perec tenía tres años y lloraba desconsoladamente. Yo intentaba calmarlo. Lo tomaba en brazos, le compraba golosinas, libros para pintar. Luego nos íbamos al Paseo Marítimo de Nueva York y mientras él jugaba en el tobogán yo me decía a mí mismo: no sirvo para nada, pero serviré para cuidarte, nadie te hará daño, nadie intentará matarte. Después se ponía a llover y volvíamos tranquilamente a casa. ¿Pero dónde estaba nuestra casa?

Contra todo pronóstico, Perec encontró un padre adoptivo. Cuando leí por primera vez estas líneas de Bolaño, me parecieron una de las lecturas más productivas y hermosas de Perec. Bolaño es un genio, un lector sin igual. Reúne en esta pequeña escena algunos de los temas más importantes de la obra: el juego, la infancia y la orfandad. Todo bañado en esa inconfundible luz crepuscular, de fin de mundo. El texto de Bolaño ilustra a la perfección –y sin necesidad de explicaciones– lo que suscita una lectura prolongada y atenta de Perec. ¿O es que acaso esta escena no rebosa ternura? ¿Una ternura infinita?

CINCO. Hay algo de niño en Perec. Sus permanentes ganas de jugar, su capacidad de sorpresa que desequilibra todas las cosas que lo rodean. En esto se parece mucho a otro escritor: Franz Kafka. Algo de ellos permaneció ahí, en esas edades en las que las jerarquías todavía no se han asentado, en las que uno mira las cosas por primera vez. Peter Handke se imaginaba que de adolescente Kafka tuvo acné, y que, por el hecho de contraer acné, empezaba a observar todo con otros ojos. De la misma forma, podemos imaginar a Perec recién fugado de la escuela, como plasmó en su texto “Los lugares de una fuga”. Librado del peso de su familia y de sus profesores, caminando solo por los Jardines de los Campos Elíseos, empieza también a mirar las cosas de otro modo. Ni el adolescente Kafka, ni el niño Perec consiguieron dar el salto a la edad adulta, y es lo que los hace ser a la vez inmensamente subversivos y peligrosamente vulnerables. Claude Burgelin, amigo y eminente especialista de Perec, dijo un día que “Georges Perec es el espíritu de la infancia en su radicalidad”. 

SEIS. Me contó el escritor Pablo Martín Sánchez que cuando Perec se puso a hacer películas, le preguntaron: “Oye, ¿y los sentimientos?”. Y él contestó: “Los sentimientos los pondrás después”. La escritura de Perec no entra nunca en el régimen de la pasión, de la histeria, de la exhibición de los sentimientos. Perec neutraliza constantemente las emociones, lo que algunos apresurados lectores han atribuido erróneamente a una forma de frialdad. Lo percibió bien Paul Auster: “Lo que me atrae es su compromiso con el mundo, su necesidad de contar historias, su ternura. Debajo de cada truco y rompecabezas oulipiano que puede encontrarse en los libros de Perec hay una reserva de sentimientos humanos, una oleada de compasión, un guiño de humor, la convicción implícita de que, pese a todo, tenemos suerte de estar vivos. La contención no debería confundirse nunca con la falta de sentimientos.” ¿Perec autor frío? ¿Es necesario recordar que las áridas Sonatas de Biber son paradójicamente una de las cimas de la ternura? ¿Que el agua brota con más fuerza del dique recién quebrado? ¿Que la vida es inseparable de las instrucciones de uso?

SIETE. Perec era consciente de que los dos personajes principales de una novela son invariablemente el autor y el lector. Una suerte de pareja sentimental. Y la distancia es una cuestión fundamental tanto en una pareja como en una novela. Perec no busca una relación fusional. No busca la posesión, la sumisión, la adicción, borrar la línea. En Perec, siempre hay una distancia. Forma parte de su método, de su carácter de escritor. Eso lo hace de mil maneras: juegos, instrucciones, listas, citas, reescrituras. Pero no es una distancia fría que mataría la relación, es una distancia que, por lo contrario, tiende a estrecharse a medida que leemos, sin nunca desaparecer. La distancia necesaria para que circule aire, para respetar la presencia del otro. Para que el otro se sienta a gusto y pueda ser. La distancia justa de la ternura.

OCHO. Perec tenía devoción por lo pequeño. Le interesaban más las cucharitas que las erupciones volcánicas, una alfombra que un túnel que se desmorona. Su ideal era la discreción de un pintor renacentista, que se reserva “un lugar insignificante” en el cuadro, entre “la multitud de vasallos, soldados, obispos o mercaderes”. Y allí permanecía invisible, hasta que un buen día, décadas, siglos después, alguien advirtiera “lo que había habido siempre de un poco particular en aquel pequeño personaje, no solo un mayor esmero en los detalles del rostro, sino una mayor neutralidad, o cierto modo de inclinar imperceptiblemente la cabeza, algo que se parecería a la comprensión, a cierta dulzura, a una alegría teñida acaso de nostalgia.” Desde ese rincón, el pintor cobraba cada día más importancia. La ternura no es ostentosa, pero puede alcanzar dimensiones insospechadas.

NUEVE. Dice Elias Canetti que “la auténtica ternura por los demás se apodera de ti cuando ya no están a tu lado”. Perec murió el 3 de marzo de 1982 y sus amigos acudieron en tropel. Pocos autores han recibido tantas muestras de afecto. Solo mencionaré el poema oulipiano escrito por Italo Calvino en el que utilizó únicamente las letras del nombre Georges Perec y de la palabra oulipien, y el librito de Harry Mathews Le verger, una lista de 123 conmovedores recuerdos sobre su amigo recién desaparecido. Mathews escribe: “Me acuerdo de haber sentido una gran felicidad el día de junio de 1975 en que me di cuenta de que amaba a Georges Perec sin reservas”.  Luego están todas las palabras de aquellos que no tuvieron la suerte de conocerlo personalmente. Pienso, por ejemplo, en Patrick Modiano que se reprochaba amargamente no haber tenido el valor de ponerse en contacto con él. O en Emmanuel Carrère para quien “Perec era el escritor contemporáneo que más lo conmovía” y que envió su primera novela a Paul Otchakovsky-Laurens, y solo a él, sin conocerlo, porque P.O.L era el editor de Perec. Annie Ernaux también expresaba su deuda diciendo que “Perec fue el más decisivo” y que “nada en su obra era ajeno a sus propias preocupaciones de escritura”. En el mundo hispanoamericano, dejando de lado los célebres casos de Roberto Bolaño y Enrique Vila-Matas, me enteré hace poco de que Guadalupe Nettel tenía en su despacho un enorme cuadro de L’Album Pléiade, dedicado a Georges Perec, de quien “ha leído todo”. En una encuesta para El País sobre “libros que te cambiaron la vida”, Alejandro Zambra puso, a modo de boutade, nada menos que diez libros de Perec. La lista es larguísima.
Hay una anécdota muy famosa entre los perequianos y es que el mismo año de su muerte, el astrónomo americano E. Bowell descubrió un nuevo asteroide, al que bautizó con el nombre de Perec. Este tipo de cosas provoca el autor de Especies de espacios. Una pequeña luz centellea, cada noche, en un rincón del cielo. Fue el gran Maurice Nadeau, su primer editor, quien lo resumió perfectamente en sus memorias: “Gentil Perec, tímido Perec, en verdad eras uno de los fuertes. Lo has demostrado. Y no hemos terminado de darnos cuenta.”


DIEZ. Hay escritores cuyas miradas corresponden perfectamente a sus obras. Creo que uno de los casos más claros es el de Perec. Tiene esa mirada suave que parece posarse gentilmente sobre todas las cosas. No sería una exageración decir que su búsqueda literaria tiraba hacia esa parte: hacerle un monumento, no a la ausencia, no a la desaparición, sino a la ternura. Ese es su gran secreto y seguramente por eso seguimos leyendo sus libros cuarenta años después de su partida.

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