Joseph Ducreux

¡Mira por dónde! Expresando sorpresa al hablar

La falta de morfología específica es español no significa que no se haya gramaticalizado la sorpresa.
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De todas las emociones que presentamos los humanos, quizá la más singular es la de sorpresa. Es distinta a las demás se mire por dónde se mire. Para empezar, por su duración. Todos nosotros podemos andar horas o incluso días enteros sumidos en la tristeza, contentos a rabiar, con miedo o incluso con vergüenza, pero cuando se trata de la sorpresa, esta dura apenas unos segundos. También es distinta en el efecto que tiene en nosotros. Porque la verdad es que, durante esos breves instantes en los que sentimos sorpresa, esta se adueña completamente de nuestra atención y dirige nuestra percepción, pensamiento y afecto a un único lugar. Además, a diferencia de otras emociones, la sorpresa tanto puede ser positiva como negativa. De hecho, algunos psicólogos la consideran una emoción puente, pues, dada su brevedad, en seguida da paso a una nueva emoción (a veces de valencia positiva, como la alegría; otras negativa, como el miedo o la ira). 

La sorpresa es distinta, desde luego, por múltiples razones. Sin embargo, para esta columna de lengua en la que me encuentro contigo, la razón fundamental de su interés es su presencia, constante y fundamental, en las distintas lenguas humanas. No es de extrañar que así sea. Estamos hablando de una emoción cuyo valor es alertar de un cambio potencialmente peligroso no solo para la pervivencia propia, sino para la de la especie. Por tanto, solo será verdaderamente eficiente si se comunica al resto del grupo. Así que la sorpresa se cuela en nuestros enunciados y lo hace, además, de múltiples modos, codificada en distintos niveles. De todos ellos, quizá el más evidente, ese en el que todos estamos pensando, es el modo en el que pronunciamos los enunciados (esto es, la prosodia): un tono de voz más alto (más agudo), con una elevación adicional del volumen, una mayor velocidad de habla y, en ocasiones, un alargamiento vocálico. Y así, un Vas a venir, que solo constata un hecho, se convierte en un ¡Vas a veniiir! en el que transmito que no había previsto en absoluto su visita. Para expresar la sorpresa, tendemos a utilizar, además, determinadas expresiones. Accedemos a nuestro lexicón mental y elegimos: ¡Anda! ¡Mira tú! ¡No me digas! ¡No me lo puedo creer! ¡Madre mía! ¡Ostras! y otras muchas, menos adecuadas para aparecer por aquí, pero que son más frecuentes en las sorpresas genuinas. Todas estas expresiones no transmiten más información que codificar la sorpresa recibida. Hasta ese punto es relevante transmitir esta emoción para los hablantes. Por otra parte, la prosodia y el léxico nunca vienen solos, sino que se acompañan del cuerpo entero, con especial protagonismo de los músculos faciales. Como una ola que llega sin previo aviso, el hablante se deja llevar por la emoción: los ojos se abren, las cejas se elevan, las pupilas se dilatan, el cuerpo se retira momentáneamente. 

Hasta aquí hemos visto cómo la fonética, el léxico y el lenguaje no verbal se ponen al servicio de esta emoción singular. No obstante, podemos ir más allá y tratar de encontrar elementos gramaticales que codifiquen la sorpresa. En algunas lenguas, como el turco o el coreano, el hablante puede añadir un sufijo o una partícula verbal concreta para expresar que lo que dice rompe con sus expectativas previas. Es lo que se conoce como miratividad y es tan sistemático como la expresión del tiempo o del género en nuestras lenguas. Lamentablemente, en español no contamos con ese recurso. No obstante, la falta de morfología específica no significa que no se haya gramaticalizado la sorpresa. Así, por ejemplo, constatamos que determinados marcadores discursivos potencian el resto de rasgos sorpresivos, para marcar la emoción que nos embarga ante una determinada actividad (esto es, que alguien haya hecho algo). Así, si nos sorprende que Juan se haya comprado un coche, tendemos a expresar Conque Juan se ha comprado un coche, Anda, si Juan se ha comprado un coche, No me digas que Juan se ha comprado un coche. Si lo que nos sorprende es un evento (esto es, que algo haya ocurrido), tendemos a usar expresiones con el verbo ir, tanto en afirmativo como en negativo. Así, si me sorprendió que se cayera Ana delante de todos cuando bajaba las escaleras, puedo decir: Y entonces va Ana y se cae al bajar las escaleras o ¿Pues no va Ana y se cae delante de todos? Y si lo que nos sorprende es una característica concreta de alguien, utilizamos el futuro, tanto en afirmativo como en interrogativo ¡Será tonto el tío! ¿Será capaz de no venir? O expresiones que refuerzan la verdad de la aserción, como en  Sí que es alto el niño. Porque la gramática nos ofrece distintas alternativas en virtud de lo que nos ha llamado poderosamente la atención. Por último, si lo que nos sorprende es lo que otros han dicho, tendemos a expresarla con el uso de conectores, como el pero que usamos en ¿pero no te gusta nada de nada?

Y es que las lenguas, en definitiva, codifican todo aquello que nos resulta relevante. ¡Mira que sorprendernos porque codificaran la sorpresa!


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