Bastante paraíso XIX. De Pamplona al paraíso 

Esa estúpida gestión, conducir, llevar las llaves de un coche en mi bolso, me hacía sentirme como una verdadera adulta. 
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Cada salida a una charla o lo que sea, me cuesta tiempo (estoy en una esquina del mapa, una con poco o nada de transporte público), dinero (alquiler de coche) y estrés: no solo por la organización, también por la conducción, aunque eso ya lo tengo casi controlado. El primero de los coches que alquilé –me iba hasta Alicante para subirme a un avión hasta Bilbao– se me caló en la cuesta que hay a la salida de mi calle. Tuve que pedirle al conductor del coche que venía de frente que me lo sacara. Parece de juguete, me dijo. Y luego: El mío es automático. Y yo: El mío también, ¡este es de alquiler! (Yo había pedido uno automático, pero me dijo la de la empresa de alquiler de coches que estaban todos ocupados por los jubilados extranjeros. Eso soy yo a efectos de conducción: ¡jubilada extranjera!) A partir de ahí la cosa solo fue a mejor. No fui capaz de hacer funcionar la radio del coche, no había bluetooth ni nada parecido y ni siquiera supe cómo cambiar de emisora. Hice sonar la música desde el teléfono, como si fuera una adolescente en la playa. Ese coche era pequeño y gris. Luego llevé otro blanco. Y otro más cuyo color no recuerdo. Todos pequeños, manejables y con volantes como de juguete. Los dejaba en el aparcamiento de pago y me subía al tren o al avión. Esa estúpida gestión, conducir, llevar las llaves de un coche en mi bolso, me hacía sentirme como una verdadera adulta. 

Para llegar a Pamplona hice tres escalas: mi casa – Murcia – Alicante – Madrid – Pamplona. Salí a la calle en Atocha y el cielo de Madrid estaba gris plomizo, caminé hasta el Reina Sofía y di mi carnet de prensa para entrar en la expo de Maruja Mallo. Al sacarlo vi que estaba caducado, pero nadie se dio cuenta. Había leído la novela de Ana Rodríguez Fischer sobre Mallo, Notre dame de la alegría, y me acordaba de que Maruja Mallo había desvirgado a Miguel Hernández, creo que antes de que se hiciera novia de Rafael Alberti. 

Iba a Pamplona a dar una charla sobre mi escritura, le había puesto un título pomposo y ambicioso, “Contar la vida”, cuyas expectativas, estaba segura, no iba a cumplir. Pensaba hablar más de libros de otros que de mis libros, porque es una cosa que me da vergüenza y me parece que no le interesa mucho a nadie. Pensaba contar lo que me gusta que hacen otros y que en momentos intento hacer. Pensaba leer algún texto mío. Corto. Pensaba estrenar una blusa blanca que me había comprado para la ocasión. Llegué a Pamplona de noche. Llovía. El tren iba con menos retraso del que temíamos. En la estación me estaba esperando uno de los coordinadores del ciclo con un café. La biblioteca era enorme. Mis libros estaban expuestos en unas baldas junto a los de otros participantes del ciclo, y algunos otros puestos ahí por alusiones, imagino, o por actualidad. Al acabar mi charla, una señora me preguntó si estaba a favor de los finales felices: si te refieres al cine porno, sí, respondí. Luego me di cuenta de que era una habitual y que tenía muchas ganas de hablar. La recondujo mi anfitriona, la escritora Margarita Leoz. Luego fuimos a cenar al bar del hotel en el que me alojaba y me acosté en esa cama tan bien hecha pensando que era una lástima usarla tan pocas horas: mi tren salía a las 6. 

Pamplona – Madrid – Murcia – mi casa. Hubo momentos de tensión porque el tren iba con retraso, pero al final llegamos a tiempo. Para no sufrir me entretuve mirando las uñas larguísimas de mi compañera de enfrente, que hablaba y hablaba por teléfono. En uno de sus descansos entre llamadas dejó el teléfono encima de la mesa: una foto de ella misma con bikini-tanga apareció como fondo de pantalla. 

Llegué a casa pensando que quizá nuestro tiempo en el paraíso se había acabado: estábamos demasiado lejos de todo y demasiado caro –¡me habían cobrado 36 euros en el parking de Murcia!–. Me acosté pensando en eso. Me levanté pensando en eso. Llevamos a los niños al cole, nos pusimos a trabajar. En el almuerzo, le dije a mi novio que quizá me estaba pesando la distancia: aún me duraba la adrenalina de la conversación sobre libros y lecturas; esa alegría que te da haber dado con un interlocutor. Poco después, mi novio me enseñó una casa que había encontrado en un portal de anuncios. Concertamos una cita para visitarla para el día siguiente. 


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