Odysses, CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons

Posteridad

El consejo de escribir para la posteridad puede sonar pretencioso o ridículo. Los griegos tenían tal ambición.
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Hemos dicho que lo que pierde a los talentos contemporáneos es la indiferencia, en la que todos, con la excepción de unos pocos, vivimos sin realizar ni emprender jamás nada, a no ser por la alabanza y el placer, pero nunca por alguna utilidad digna de emulación y de honor.

Esta frase no es mía, fue escrita hace casi dos mil años por un hombre que no se llamaba Longino, pero que a falta de nombre conocido, se le llama Longino. En su tratado sobre lo sublime, dice cosas dignas de tomarse en cuenta. “Lo sublime, usado en el momento oportuno, pulveriza como el rayo todas las cosas y muestra en un abrir y cerrar de ojos y en su totalidad los poderes del orador”.

Aquí podríamos intercambiar la palabra “orador” por “escritor”.

Propone Longino cosas que parecen fuera de la moda, quizá porque el escritor pequeño prefiere desecharlas antes que procurarlas. Defiende un estilo elevado, diferenciándolo del estilo abultado. “Pero la hinchazón, tanto en el cuerpo como en el lenguaje, es mala, superflua e irreal, y nos conduce muchas veces a la situación opuesta, porque nada hay, se dice, más seco que un hidrópico. Mientras que la hinchazón desea elevarse por encima de lo sublime, la puerilidad es lo más directamente opuesto a la grandeza; es en todos los sentidos baja y mezquina y, en realidad, el vicio más innoble”.

Da un triple consejo: emula a tus héroes literarios; cuando escribas piensa que esos héroes te están leyendo y pregúntate qué pensarían de eso que escribes. Finalmente sentencia: “Escribe para la posteridad”.

Cuando menciono esto en algún taller literario, se aceptan los dos primeros consejos, pero ¿escribir para la posteridad? ¿No suena pretencioso o ridículo?

Los griegos sí tenían tal ambición. Sus acciones humanas, su heroísmo en las batallas, estaban hechos para hacer perdurar en las memorias venideras. Cuantimás lo consideraban quienes acometían la escritura. Heródoto escribe para “evitar que, con el tiempo, los hechos humanos queden en el olvido”, y Tucídides dice en la entrada a su historia que se trata de “una adquisición para siempre”.

Muchos pensaron en la posteridad, la acariciaron, intentaron seducirla y, lográndolo o no, en la mera voluntad de alcanzarla había que subir algunos escalones que nunca se suben si se le da la espalda de antemano. Cervantes persiguió e intuyó esta grandeza, sobre todo en la segunda parte de su Quijote. Hace que Cide Hamete Benengeli se pregunte lo que el mismo Cervantes se preguntaba: “¿Con qué palabras contaré esta tan espantosa hazaña, o con qué razones la haré creíble a los siglos venideros?”. Y la pluma con la que se escribieron las andanzas del caballero, habría de quedar “colgada de esta espetera… adonde vivirás luengos siglos”.

Quiero suponer que en ese espíritu, muchos escritores nos esforzamos por pasar a esa posteridad de los luengos siglos, pero que por temor a la incorrección lo negamos ante un micrófono, sin que por eso nos estorbe el presente; pues como decía Fernández de Lizardi: “Las famas póstumas son buenas, pero no se va con ellas a la tienda”.

Visitar edificaciones antiguas como las pirámides o el Partenón nos hace ver que mucha gente ha pensado en la posteridad. Algunas lápidas le hablan a las generaciones futuras, como la famosa de los caídos en las Termópilas: “Caminante, informa a los lacedemonios que aquí yacemos por haber obedecido sus mandatos”,  o la de Esquilo:

Este sepulcro de Gela, la rica en cereales,
contiene a Esquilo, el hijo de Euforión, ateniense.
De su excelso valor hablarán Maratón y su bosque
y el melenudo medo, que le conocen bien.

Las mayoría de las lápidas de los cementerios son la posteridad del que nada alcanzó en la vida sino dos fechas; acaso el dolor de una viuda.

Nadie actuó con mayor voluntad torcida de alcanzar la posteridad como Eróstrato, al incendiar el templo de Artemisia en Éfeso.

Por supuesto, Dios piensa en la posteridad. Por eso su hijo nos enseñó que habíamos de decirle: “Porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos”. Y no faltan mediocres mortales que se sientan diosecitos cuando se sientan en la silla del poder hasta que felizmente se los cargue la muerte, si bien luego es difícil limpiar el lodazal que dejan. “¡Desdicha fuerte! ¿Que hay quien intente reinar viendo que ha de despertar en el sueño de la muerte?”.

En la historia de la ignominia, a veces ocurre que quien sólo piensa en el presente, pasa a la posteridad, pues la historia también recuerda a los cobardes, traidores, lambiscones.

Cicerón le dice a Marco Antonio: “Mientras haya hombres, mientras exista el nombre del pueblo romano, que será desde luego eterno, se hablará de aquel pestífero veto tuyo”. Le reclama que haya impedido al senado “tomar medidas para salvar la República, y ello no una sola vez, sino muchas”. Le reprocha “tu decisión vendida y partidista”. Y remata con una frase lapidaria: “¡Desdichado, si comprendes esto, pero más desdichado aún si no comprendes que ha quedado por escrito, que ha sido confiado a la memoria, que la posteridad de los siglos venideros nunca se olvidará de este asunto”.


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