Bohemia literaria, política y burocracia

Muchos de los grandes escritores españoles de principios del siglo XX despreciaron la vida burguesa, pero acabaron sucumbiendo a ella. Solo uno, Alejandro Sawa, se mantuvo firme en su actitud bohemia hasta el final.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

“Los hombres políticos, son todos –es sabido– ambidextros, y ya lo prueban ellos usando con sus posaderas, ‘a tour de role’, las poltronas de todos los ministerios” (Alejandro Sawa)

“El bohemio es un espíritu exquisito de artista que odia toda vulgaridad: un bohemio se asfixia en una oficina, porque la oficina es la fosilización del individuo. A los empleados probos, a esos señores gordos de manguitos, les nace musgo en el cerebro” (Emilio Carrere)

Bohemia y política o burocracia conforman mundos distintos, incluso opuestos. Sin embargo, en la España finisecular decimonónica y en las primeras décadas del siglo XX, el tránsito de la bohemia literaria hacia la política o la burocracia, aun siendo excepcional, ofrece algunos casos, sobre todo entre quienes pretendían desesperada o arteramente abrirse un hueco (a veces a codazos) en el difícil mundo del reconocimiento literario. Hubo de todo: quien no transigió, pagando caro por ello, y quien abrazó el poder, del que obtuvo los consabidos turrones.

Cansinos y Sawa: Literatura versus política y burocracia 

Aunque entre la gente vieja, enemiga o distante de la bohemia hubo autores que compartieron circunstancialmente tareas político-burocráticas con el ejercicio de la literatura (Juan Valera, Campoamor, Galdós, etc.), interesa ahora poner el foco en quienes fueron bohemios en algún momento de su existencia y luego escritores, pero que también ejercieron cargos públicos.  

Rafael Cansinos Assens, a través de su alter ego novelado, relató su nulo entusiasmo (no exento de dudas instantáneas ante las enormes dificultades de vivir de la literatura) por ingresar en la burocracia. Las presiones familiares para que buscara la protección de una nómina pública, siempre a través del espurio circuito de las recomendaciones, fueron intensas (algo que él detestaba). Y narra con particular destreza por qué las oficinas son la tumba de un literato. 

En su excelente y breve novela autobiográfica, Bohemia, centrada en los años jóvenes del escritor (1901-1905) y en el primer contacto con esa atmósfera rupturista de quienes se autodenominaban gente nueva (por oposición a los viejos escritores: Valera, Echegaray, Galdós, Pardo Bazán, Clarín, etc.), expone los ideales de esos bohemios. Con más detalle e innumerables ejemplos de antiguos bohemios que buscaron la sombra del poder en la política, la Administración o en los periódicos conservadores, el mismo autor se explaya en su obra memorialista La novela de un literato (1982), recientemente reeditada en 2025 en un solo volumen por Arca Ediciones (y que abarca desde 1900 hasta 1936). Allí cuenta la anécdota de que fue Manolo Molano, el singular y alcoholizado filósofo extremeño, quien le convenció para que desistiera, en nombre de su vocación literaria, del empleo obtenido por recomendación de su tío en Ferrocarriles Madrid-Zaragoza y Alicante. Y lo hizo a los tres días. De ello le estaba enormemente agradecido. Huyó, así, del triste destino de la burocracia. Luego se arrepintió.

Cansinos convivió con la bohemia, liberándose por los pelos de sus peores garras (el alcoholismo y la prostitución, por no hablar del deterioro físico y la indigencia), y su juicio sobre las aportaciones literarias de ese movimiento modernista y bohemio terminó siendo muy crítico, como se expone en la Introducción a su novela Bohemia (2001). Mas en esas dos obras póstumas, entonces subversivas (escritas en la fase más dura del franquismo, y en pleno exilio interior), el retrato que hace de la bohemia, aunque tardío, es espléndido. Su aproximación a la burocracia es tangencial, pero muy relevante. No abundaban entonces esas aproximaciones literarias. Ciges Aparicio lo intentó en su libro Decadencia del periodismo y la política (1907). 

Cuando el protagonista de Bohemia (Rafael Florido, o Cansinos) deja su trabajo con el afán de dedicarse a la literatura, su cohorte de amigos bohemios le apoya en su decisión: “Déjese usted de oficinas … La oficina es la muerte del espíritu”. En verdad, despreciaba a quienes, como su padrino y otros muchos, creían “que no se puede vivir sin oficina”. Era, a su juicio, una vulgaridad ser burócrata. Ante su desdén, el propio padrino, republicano y masón impenitente, terminó cogiendo una credencial como funcionario “monárquico”; y, por cierto, estaba encantado de tener sueldo mensual fijo al servicio de la Corona. Cansinos no quiere ser burócrata, tampoco periodista (aunque lo terminará siendo). A su juicio, lo peor de un literato que comienza o incluso quien persiste en el empeño es la dura “conspiración del silencio” que rodea a su obra. 

La descripción que hace el propio Cansinos de Alejandro Sawa, hombre de “verbosidad ególatra” y de “entusiasmo heroico por la Literatura”, que apuró la bohemia y rechazó cualquier ofrecimiento público hasta sus últimas consecuencias, es digna de citar: “Es el escritor que no claudicó nunca, que llevó siempre dignamente su bohemia, sin vender nunca su pluma. Con su inmenso talento pudo serlo todo en este país de mediocres; los políticos (Moret, Silvela) quisieron atraérselo, le ofrecieron direcciones de periódicos, altos cargos. Él lo rechazó todo: Gobernador, diputado, ministro…, eso –concluía– está al alcance de cualquier cretino”. 

Sawa, tras su largo autoexilio en París, retornó a Madrid. Pujaba entonces en la Villa y Corte la gente nueva, que impulsó publicaciones como Germinal o Vida Nueva. Entre esa gente nueva estarán quienes serían perdedores (él, en concreto, junto a otros muchos, luego olvidados) y triunfadores (Azorín, Baroja, Maeztu, los Machado) de una discutida por heterogénea Generación del 98, que se oponía –pues el mercado editorial era muy estrecho– a los literatos consagrados que vendían sus obras por miles (Galdós, Valera, Pereda, Pardo Bazán, Menéndez Pelayo, Clarín, Palacio Valdés, etc.), calificados como la gente vieja. Clarín mismo hizo uso de esa terminología, en su defensa de la gente vieja. El bohemio modernista, Sawa, fue, sin embargo, también un implacable crítico de la corrupción en España, con tintes iniciales naturalistas en sus primeras novelas (Iris M. Zavala: Alejandro Sawa. Crónicas de la Bohemia, 2008).

El modo de pensar de Sawa sobre la gente vieja se puede hallar, por ejemplo, en un equilibrado, si bien crítico, artículo sobre “Don José María de Pereda” (El Heraldo de Madrid, 1887), a cuenta de su discurso de ingreso en la Academia, una crítica al modernismo. Tampoco en sus artículos habló mal de Galdós (salvo por lo de “los chicos de la prensa”), y menos aún de Juan Valera, descubridor en España de Rubén Darío, al que Sawa le hace de “negro” en un artículo que publica aquel con su nombre en La Nación en 1905, donde quien lo escribe tilda como gran académico a Valera, tras su fallecimiento. Sabía Sawa que Darío tenía en alta estima a don Juan. Su idea de la política restauradora está resumida magistralmente en estas palabras del anarquista rey de la bohemia: “En buena equidad humana un leproso es más limpio y un bandido de trabuco más probo que el cacoquimio pelotón de hombres que, sin más artes que las de la hipocresía y las de saber poner en juego sus condiciones de mediocres, viven y medran en lo alto del pavés, nos administran, nos legislan, nos gobiernan (…) y nos deshonran” (“Los superhombres de la política”). Amigo de Rubén Darío, con aficiones comunes por la poesía y la bebida, aunque con tensiones puntuales (por las deudas contraídas por Darío con los artículos preparados por Sawa; entre ellos el antes citado), el autor nicaragüense –que se desentendió de la suerte de su amigo Alejandro en sus últimos y duros años– asistió a su entierro y se dignó a prologar su obra póstuma Iluminaciones en la sombra (Nórdica Libros, 2009). Sawa murió ciego, alcoholizado y en estado de penuria supino. Su amigo Valle-Inclán se ocupó de recaudar fondos para su libro póstumo. 

Valle-Inclán: del desprecio burocrático al abrazo necesitado

Para unos Valle-Inclán llevó la bohemia hasta el final de sus días; para otros ese papel suyo tenía algo o mucho de impostura. Lo cierto es que tan pintoresco literato rechazó, como práctica habitual, vivir del periodismo, y huyó –por principio– de las nóminas burocráticas o del escaño político, aunque pretendió en 1931 ser parlamentario, saldándose la aventura con un rotundo fracaso. Aun así, durante algún período complejo de su existencia, no halló otra opción que buscar el paraguas de lo público para sobrevivir. Tuvo una vida preñada de necesidades. 

El escritor gallego inmortalizó a su amigo Sawa en la obra Luces de Bohemia como Max Estrella. Muy diferente fue la actitud de Baroja; pues en su novela El árbol de la ciencia y por persona interpuesta, le llega a tildar de “pobre diablo” e, incluso, de “¡pobre imbécil!”. Muerto Sawa (1909), don Ramón se convirtió en el referente de la bohemia. Nada sería como antes. 

Ciertamente, Valle-Inclán fue un bohemio tal como definiera a esa figura Emilio Carrere, otro bohemio de raza, a quien, en un artículo laudatorio como poeta, A. W. Phillips objetó que era conocido como “el rey del refrito” (“Treinta años de poesía y bohemia, 1890-1920”): “La bohemia es una forma espiritual de aristocracia, de protesta contra la ramplonería estatuida” (José Esteban: Valle-Inclán y la Bohemia, Renacimiento, 2014). Y ahí sí que se reflejaba don Ramón. También en su aspecto externo y en algunas otras cosas. Pero, frente al manido tópico de que los bohemios eran alcohólicos, sableadores y vagos impenitentes, la figura de Valle no encajaba ahí. Solo bebía agua y trabajaba duro. Según recuerda Esteban, cuando el escritor tiene que escoger una forma de vivir, Valle la resuelve muy expeditivamente: “Yo tengo que buscar una profesión sin jefe”. Y añade: “Pensé en ser militar, y se me aparecían los generales déspotas, dándome órdenes estúpidas. Pensaba ser cura, enseguida surgían el obispo y el Papa. Si alguna vez pensé ser funcionario, la idea del director me preocupaba. Sin jefe solo existe el escritor”. 

Mas Valle-Inclán, a pesar de su reiterado desdén a todo lo que no fuera escribir, tuvo su momento funcionarial, incluso su etapa de ejercer cargos públicos. Cuando llega a Madrid, auspiciado por un amigo y condiscípulo influyente, “obtiene una credencial” en el Ministerio de Fomento “retribuida con 175 pesetas al mes” (con las cuales podía vivir), “aunque aquello duró poco, si duró algo por … alergia del funcionario a la función”. 

Sin embargo, la etapa de cargos institucionales, siquiera sea de segundo relieve, la tuvo Valle con la República. Inicialmente adherido al carlismo, don Ramón se vinculó estrechamente con el régimen republicano. Amigo de Azaña, fue nombrado conservador general del Tesoro Artístico Nacional, lo que le salvó de la ruina económica en la que se encontraba. Y más tarde, director del Museo de Aranjuez, algo que redondeaba sus ingresos y sus funciones. Nombrado presidente del Ateneo, en sustitución también de Azaña, presentó la renuncia a sus cargos, más bien por la nula capacidad de acción y la falta de recursos. En 1933, su mujer le planteó una demanda de divorcio, que agravó su situación económica, ya mala de por sí, y tuvo un empeoramiento de su enfermedad que más tarde le apartaría de la vida social y literaria por casi dos años. Solicitó ayuda, pues su situación era insostenible. Finalmente, Azaña le buscó una salida: director de la Academia de Bellas Artes en Roma, donde llegó a estar, pero también encontró problemas de gestión, lo que le condujo de nuevo a Madrid. No regresó a Roma hasta marzo de 1934. El Gobierno republicano entrante lo iba a cesar, pero su precario estado de salud aconsejó no hacerlo. Ingresado en un centro sanitario de Santiago de Compostela, murió allí a inicios de 1936. Quien siempre había denostado las funciones públicas y los cargos del mismo carácter, tuvo que arrimarse a ellos para sobrevivir. El pésimo estado de sus finanzas no le dejó otra opción que contradecir su animadversión a vivir de lo público o de otros, y no de su obra. 

Azorín, afán político y desdén burocrático teñido de oportunismo

El caso más conocido de compromiso político temprano y luego de ejercicio de algunas funciones propias de cargos públicos por alguien que frecuentó circunstancialmente la bohemia fue el de Azorín. Aunque abandonó pronto la bohemia, así como sus veleidades de anarquista de salón (Clarín vaticinó en 1898 que esa fiebre temprana le desaparecería pronto),  dio un salto político sorprendente y abrazó poco después, de forma insólita, el maurismo conservador, cerrando filas años después con Juan de la Cierva, la expresión más dura de esa derecha, lo que le valió para ser parlamentario en varias legislaturas, pero también gozó de tres turrones al ser nombrado subsecretario de Instrucción Pública en sendos momentos del agotado sistema político de la Restauración; y, décadas después, fue nombrado presidente del Patronato de la Biblioteca Nacional durante el franquismo, cargo retribuido, gracias a las recomendaciones de Gregorio Marañón y Serrano Suñer. No cabe extrañar que repudiara sus escritos anarquistas de juventud. 

Sus resultados como subsecretario fueron magros. Según Fuster (Azorín, Alianza, 2025): “Jamás pasó por un despacho oficial un personaje tan singular; entraba en el Ministerio a las 9 de la mañana, cuando los bedeles no habían aún ni mediado la limpieza. El subsecretario no hablaba con nadie, no recibía visitas, ni dictaba ni le enviaban cartas de recomendación. Clavado en su sillón, la mano en la mejilla, las miradas fijas, era una esfinge, una estatua de la meditación”. 

En el sistema político de la Restauración, Azorín, tras los pertinentes ajustes del “encasillado” caciquil, desempeñó la función de parlamentario, siendo elegido diputado en tres ocasiones. Apenas abrió la boca en el parlamento. Su condición de efigie política se repetía también en la sede de la representación nacional. Su devenir político estuvo lleno de zigzags oportunistas. 

Más llamativa fue su (nula) contribución como presidente del Patronato de la Biblioteca Nacional, cargo nombrado por el régimen franquista y que se adecuaba a sus pulsiones intelectuales. Como expone Fuster, Azorín jamás mostró el más mínimo interés por la Biblioteca: “Ni se acercó a presidir el Patronato, ni a interesarse por algunos servicios, ni tan siquiera para cobrar el sueldo, pues le llevaron todos los meses la nómina a su domicilio. Con todo, como el sueldo o gratificación no aumentó con los años, terminó dimitiendo irritado”. Está todo dicho. 

Alejandro Sawa escribió: “El Estado es un pulpo que cuando besa absorbe, y estrangula cuando abraza. Amorfo y carente de cerebro, es un aparato formado tan solo de vientre para digerir y de tentáculos para hacer presa: oculta su gula con eufemismos burocráticos” (“Después del Centenario”, El Imparcial, 1908). Mas omitió resaltar –como había hecho antaño– que el Estado también es una agencia pródiga de colocación de los amigos políticos y de sus familiares. De ahí la erótica del poder que los bohemios no vieron. En todo caso, él huyó siempre de eso. Y le honra. 


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: