Carta desde Santiago: Germán Carrasco tragado por la luz

El poeta chileno, refinado y brutal, enemigo de los filisteos y los hijos de papá, falleció el 9 de febrero a los 54 años.
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Germán Carrasco, poeta chileno, poeta incluso más que chileno, acaba de morir de una meningitis fulminante. Desde su primer libro, Brindis (1994), quedó en claro que era la mejor voz en verso de su generación, que es la mía. Por un tiempo fue la única, después llegaron otras todas poderosamente influidas por él. Es algo que no aguantó nunca del todo. Generoso con los debutantes, se sentía ofendido personalmente cuando ellos alcanzaban alguna cima. Mucho de su odio era gratuito, pero casi siempre acertaba en su calificativo. La cumbre era una de sus obsesiones, subía literalmente a todo tipo de cerro y montaña. Era un poeta totalmente urbano pero la naturaleza, la de los jardines, y la de los huecos en el pavimento, lo deslumbraba completamente. Escribía con el cuerpo, todo el cuerpo, aunque era también prodigiosamente bien preparado intelectualmente. Refinado hasta la exquisitez pero brutal también, con cierta afección lumpen que le atribuía al barrio en que creció, Independencia, un barrio antiguo y proletario que se parece algo a Buenos Aires, uno de los lugares donde lo leyeron, admiraron y odiaron, y donde tuvo su único hijo con la también poeta Cecilia Pavón.

Mitad en broma, mitad en serio, Alejandro Zambra –autor de Poeta chileno, un libro que tanto le debe a Carrasco y su generación– proponía que le dieran el Premio Nacional antes, mucho antes de jubilar y chochear como resulta costumbre en Chile. Se ve ahora qué acertada era la idea de Alejandro. El Premio Nacional lo merecía con creces desde sus primeros libros y hubiese sido un alivio necesario a su siempre maltrecha economía, uno de sus temas constantes de conversación conmigo. Le hubiese hecho la vida más fácil y quizás hubiese alejado la muerte. Una muerte que enluta a todos los que lo conocimos pero alegra a todos los que lo leímos, porque no existen los poetas muertos, salvo esos tontos de ese colegio de película.

No sé si sea necesario aclarar que yo también lo conocí peleando. O más bien después de recibir, desde distintas cuentas en que comentaba posts de otros, insultos sin conocerme. En los posts contra mío me reprochaba escribir sobre cualquier cosa. Viendo la lista impresionante de premios y becas que había recibido lo cité para decirle que si bien tenía razón en mi ubicuidad, esta tenía que ver con que tenía que ganarme la vida (y a mí nadie me beca). Pero dejó en claro que lo único que admiraba de mí era justamente la facultad de escribir sobre cualquier cosa. A él también le interesaba casi todo aunque cometía el error, desde el punto de vista del periodismo alimenticio que yo practicaba, de informarse sobre el tema que escribía. Luego se indignaba de que los otros hablaran sin saber y se lo hacía saber al editor, nunca de forma amable.

Luego en vivo era claro lo mismo y lo contrario de esos insultos: esquivo y presente, bizco, fuerte y ágil, sparring de boxeo y lector de Henry James. Nunca nos engañamos en cuanto a los roles que cumplíamos. Yo era para él, el poder. Era amigo del dueño de The Clinic donde escribía unas deliciosas crónicas (inolvidable la que escribió sobre un auto abandonado en un parking, recogidas luego en A mano alzada, 2013) y era parte del ritual de nuestras conversaciones que se quejara de los editores del periódico, todos “unos cuicos” hijos de papá, unos filisteos, uno de sus adjetivos favoritos. Luego también me pedía trabajo, cosa a la que yo accedía a intentar aunque nunca lo hice con demasiado ahínco, en parte porque sabía que era inevitable que se peleara con cualquier jefe que le tocara mandarlo, en parte porque sabía que no necesitaba trabajo sino que le pagaran dignamente por lo que ejercía, la poesía (que incluía los talleres que dictaba en la cárcel y en otros miles de lugares) y su extraña forma de periodismo, una forma física de ser y no ser, de moverse en bicicleta, de odiar y amar desollado vivo, felino y reptil, como una salamandra que vive en el fuego como si se tratara de su dominio natural.

Germán Carrasco empezó a escribir poesía cuando se supone que ese vicio infame había dejado de infectar las mejores cabezas de la literatura chilena. Después de Parra quiero decir, y después de Lihn. Después y al mismo tiempo que Zurita, al que todo lo oponía, aunque una vez recuerdo haber compartido una cena en la casa de este último. Todos los nombres anteriores, a los que habría que sumar en un lugar importante en su caso a Gonzalo Rojas y Gabriela Mistral, influyeron en su poesía, aunque lo más interesante de ella es justamente la manera en que se los saltó. La montaña rusa de Parra, por ejemplo, en la que nunca se subió, el humor, la ironía, la pregunta ¿para qué se escribe, se puede escribir? Para qué hablar de Neruda, que le parecía tan ajeno como cercano le resultaba la mejor poesía norteamericana de Emily Dickinson en adelante. Eso y la música, el glam rock y el otro, y el cine, mucho cine. La pureza ideológica y la otra no le interesaban nada, a no ser que le sirvieran para juzgar las desviaciones de otros. Aunque solía también juzgar la falta de desviaciones. En su poesía contaba, porque su poesía cuenta cosas, muchas cosas, mejor que muchas, que casi todas las novelas de la época, cómo los hijos de los exiliados cambiaron su cabeza con melodías que no esperaban. Y aunque no se privaba de odiarlos por burgueses no podía dejar de amarlos por eso mismo, por traer música y películas y libros que absorbía hasta el fondo de la piel, que es lo más profundo que tenemos.

Becario de Iowa, su relación con el imperio era igualmente contradictoria que su relación con casi cualquier cosa, aunque las contradicciones no le resultaban nunca insalvables por esa misma manera epidérmica, sensible, profundamente gratuita con que encaraba la vida intelectual. ¿Feminista? Claro, y no. ¿De izquierda? Por supuesto, aunque en el fondo no. Sobre todo antipoder, antidogma, antijefe. Caminaba, contaron en su entierro, sobre los techos de su barrio hasta que se lo tragó la luz. Se cayó en un tragaluz, quiso decir el tío que contaba el cuento aunque su lapsus era mejor: se lo tragó la luz. Esos accidentes que todo lo definen. Y los meses en cama y los libros que empezó a tragar sin contención hasta escribir los suyos. Y entre los suyos uno que tiene quizás el título más bello de entre todos los que conozco se han escrito en castellano: La insidia del sol sobre las cosas (1998), que le valió el Premio Jorge Teillier y el Premio Municipal de Literatura. El libro se abre así: “Para las urracas o el abatido nido de sus ojos / brillan los tesoros”.

Siguieron Calas (2001), Clavados (2003), Multicancha (2005), Mantra de remos (2007) y Ruda (2010), este último considerado por muchos su libro más emblemático. En Mantra de remos escribió: “Jamás me afilié a un grupo de repartición –tan jóvenes y ya en eso–. / Leí a los vecinos para salir de la isla: no basta con hablar otro dialecto / sino sentir el mantra de los remos / sin despreciar la palabra local / ni despreciar a hermanos mayores / ni ignorar a hermanos menores”. En 2016 apareció Imagen y semejanza, antología de su obra poética preparada por Vicente Undurraga para Lumen, y en 2018 Metraje encontrado, con fotogramas de Tiziana Panizza, donde su poesía dialogaba directamente con el lenguaje cinematográfico. Su último libro, Cripsis (2023), terminaba con estos versos: “Seguiré esperándote / hasta hacer cripsis con el entorno / y desaparecer por completo”.


El sol, claro. No podía Carrasco morir en otra fecha que en verano, bajo la insidia del sol sobre las cosas. Esa denuncia, pienso, infructuosa y necesaria contra el sol mismo. Esa querella imposible de ganar contra el sol y su manera de traicionar lo que toca, de abrir las frutas, de secar las plantas, de cegar los ojos. Pero sin el sol, ¿qué hacemos? Los poemas de Carrasco no responden a ese dilema pero solo hablan de eso, de cómo se iluminan las cosas por un momento y son otras, una camiseta de Seattle que es un paño de cocina en Santiago, y vuelve a ser nada y nadie para volver con otra luz a ser otra cosa. “Lo que importa es el movimiento”, escribió en Ruda, “mientras la camisa gotea en un cordel / como exhausta bandera de rendición”.


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