El principio de la sabiduría

La nave de los necios es lo que hoy llamaríamos un libro de autoayuda, pero a finales del siglo XVI la autoayuda significaba otra cosa que engañarse con ideas de grandeza o amarse a pesar de múltiples defectos. Ayudarse a sí mismo era perseguir la sabiduría.
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Por estas fechas, hace quinientos años, cuando Cortés hacía en México lo que ya se sabe, al otro lado del mundo, en Estrasburgo, moría Sebastian Brant, autor de La nave de los necios.

La acepción que más solemos utilizar para “necio” es la de “terco”. Sin embargo entendemos bien que los “hombres necios que acusáis” no adolecen de terquedad o que La conjura de los necios no es una confederación de tercos. Si bien un niño necio es meramente latoso, y un adulto necio se acerca a la nada leve insoportabilidad.

En la era de don Quijote, lo contrario de la necedad era la discreción, y así le dice a Sancho: “Mas para que veas cuán necio eres tú y cuán discreto soy yo, quiero que me oigas un breve cuento.” O bien, cuando Sancho dice: “Vuesa merced sabe bien que más sabe el necio en su casa que el cuerdo en la ajena”, don Quijote responde: “Eso no, Sancho; que el necio en su casa ni en la ajena sabe nada, a causa que sobre el cimiento de la necedad no asienta ningún discreto edificio”.

La nave de los necios es lo que hoy llamaríamos un libro de autoayuda, pero allá a finales del siglo XVI la autoayuda significaba otra cosa que engañarse con ideas de grandeza o amarse a pesar de múltiples defectos. Ayudarse a sí mismo era perseguir la sabiduría.

Por supuesto, resulta complicado llegar a un acuerdo sobre los atributos de un sabio. Para los creyentes, la piedra angular estaba en uno de los proverbios de Salomón: “El principio de la sabiduría es el temor de Dios”. Sin embargo, tal proverbio merece el galardón de la burrada. Nada contribuyó tanto a la ignorancia como el respeto a esas palabras. Desde Adán y Eva, hasta la inquisición, y aún hoy, mucha gente ha sido vilipendiada, desterrada, encarcelada, torturada y asesinada por poner el principio de la sabiduría fuera de las santas escrituras.

Sebastian Brant, a medio camino entre lo medieval y el renacimiento, supone que la sabiduría ha de llevarnos al cielo, pero abre la puerta a los conocimientos terrenos. Para curarse en salud, comienza haciendo burla de la gente de libros que poco se cultiva. “El primer danzante soy en el baile de los necios, pues sin provecho muchos libros tengo, que ni leo ni entiendo.”

Critica la moda tal como un contemporáneo. “Una moda deja paso rápidamente a la otra: eso muestra que nuestro ánimo es liviano y mudadizo a toda clase de escándalos”. En cambio, defiende algo que hoy es mal visto. “La vara de la disciplina expulsa sin dolor la estulticia del corazón del niño. Sin castigo nadie ha sido educado”. Fue contemporáneo de Martín Lutero, a quien su maestro lo azotó quince veces por cometer un error al declinar un sustantivo en latín. Se azotaba con el azote, utensilio muy común en esos tiempos de transporte a caballo.

Brant da consejos para no tener “los modales de una vaca”, no perseguir “la golosina y la gula” y, en sentido literal o figurado, recomienda no llevar perros ni halcones a la iglesia, pues ladridos y aleteos no permiten rezar a los demás.

Menciona que “la mayor necedad de todo el mundo es que se honre el dinero por delante de la sabiduría”, asegura que “Dios nunca soportó que se le golpeara en una mejilla” y, en una versión de aquel dicho sobre la suerte de la fea que desea la bonita, escribe: “Si Helena no hubiera sido hermosa, la habría dejado Paris en Grecia. Si hubiera sido fea Lucrecia, no habría padecido tanta ignominia. Si Dina hubiera tenido bocio y joroba, Siquem la habría dejado marchar”. Para que el hombre no se gane la infidelidad de su mujer, dice: “Procure cada cual vivir sin dar a su mujer motivo para ello; manténgala amiga, enamorada y hermosa”; y, por si las moscas, agrega: “No aconsejo a nadie que lleve muchos huéspedes a casa”. A modo de refrán, remata: “Quien no quiere tener él solo su placer, recibe su merecido cuando ese placer se vuelve compartido”.

Sentencia que “Muchos gustan de pensar que son sabios, mas son unos gansos hogaño y antaño”, y de ahí pasa a hablar de los gobernantes: “¡Ay del gobernante cuando tras su muerte hay que decir: «Alabado sea Dios»!” o “Feliz es el país que tiene un señor que se halla en la sabiduría… ¡Ay de aquel país que tiene un señor que está en la niñez!”

Entre tantas prescripciones para cuerpo y alma, para tierra y cielo, hay una que parece llevar mayor peso: “Ningún sabio ha ansiado nunca ser rico aquí en la tierra, sino aprender a conocerse”, que remata en otro pasaje: “A quien con mayor crueldad oprime su muerte es aquel a quien todos conocen, y muere y acaba su vida sin haberse conocido a sí mismo”.

Entonces caemos en el aforismo “Conócete a ti mismo” de los antiguos griegos, que más sabían de la sabiduría que los mismos dioses; una frase tan abierta, ambigua y polifacética que vaya uno a saber por dónde empezar. Más fácil es temerle a Dios.