Diamela Eltit, una literatura desbandada

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La literatura es una entrada al lenguaje como ampliación. Un ensanchamiento de la mirada. Una expansión de la memoria y del olvido, la mira con la que nos aproximamos al mundo. Pero es también la irrupción en una zona de riesgo, “ese riesgo que porta el despliegue de la creatividad”, escribe Diamela Eltit. Peligro acarreado por las posibilidades de la imaginación que la letra desdobla, donde cada lector elabora una interpretación que irradia de manera impredecible en otras lecturas y en su propia forma de observar y habitar sus días. La literatura de Eltit es justamente eso, una ampliación, la apertura de una visión periférica y la entrada a una zona de riesgo.

Diamela Eltit (Santiago de Chile, 1949), galardonada este año con el Premio fil de Literatura en Lenguas Romances, ha dedicado su larga carrera literaria a socavar la lengua como herramienta servil, como instrumento del poder. “Deposito mi único gesto de rebelión política en una escritura refractaria a la comodidad, a los signos confortables”, afirma Eltit. Y es verdad. Su obra, compuesta por más de una docena de novelas y libros de ensayo, es desafiante, compleja, capaz de difuminar fronteras e inaugurar espacios de incomodidad para el pensamiento ajedrezado y mercantil. Contra la letra burocrática, la escritura literaria de Eltit que disloca el lenguaje, retuerce categorías, cuerpos y gestos.

Una de sus preocupaciones es el vínculo entre cuerpo, poder e indefensión. Sus obras nos acercan al borde social, a la disidencia sexual, a vislumbrar a los abyectos, los residuos del orden y el mercado. Desde su primera novela, Lumpérica (1983), hasta la última, Sumar (2018), Eltit nos pone frente a cuerpos que se evidencian como territorios estratégicos de configuración del poder; como construcciones y constricciones discursivas del orden y su instauración violenta: cuerpos como colonia penitenciaria, figuras que sostienen en sí mismas las fuerzas de la dominación. Le inquieta particularmente la relación entre el cuerpo femenino, el capitalismo y el patriarcado. Ha reflexionado tanto en su narrativa como en sus ensayos sobre los cuerpos de las mujeres como espacios decisivos de sometimiento. Para ella, la despertenencia del cuerpo femenino es un territorio de negociación asediado por la hegemonía; es un objeto cautivo donde las instituciones inoculan sus mandatos. Eltit afirma que el cuerpo de las mujeres es “una ‘zona de sacrificio’ (ocupando un término medio­ambientalista), porque ese es el cuerpo que sostiene la economía por la vía del salario inequitativo o de los trabajos impagos. Un cuerpo-objeto rentable para la industria cosmética, un campo interminable para la ingeniería reproductiva, una mera zona psíquica, un espacio de prohibiciones, una piel para ejercer la violencia. Un no”.

En sus novelas, Eltit nos muestra la intemperie de cuerpos imposibles, imperfectos, fragmentarios, como el vagabundo perturbado de El padre mío (1989) o las parejas de enamorados del manicomio de Putaendo en su libro con Paz Errázuriz El infarto del alma (1994). Cuerpos enfermos, encerrados y confundidos, como las pacientes de Impuesto a la carne (2010), la pareja de revolucionarios enclaustrados en Jamás el fuego nunca (2007), los protagonistas de El cuarto mundo (1988), una desconcertante familia recluida en su propio hogar, o bien, los trabajadores del supermercado hacinados en Mano de obra (2002). También nos enfrenta con cuerpos fluctuantes, adyacentes, peregrinos a lo inalcanzable, por ejemplo, los vendedores ambulantes que caminan perpetuamente a La Moneda en Sumar. Eltit nos estremece con familias asediadas (Los vigilantes, 1994) y comunidades sitiadas en los bloques de un barrio marginal (Fuerzas especiales, 2013).

Los desarropados, los pálidos, son las figuras en las que indaga para pensar cómo desocupar las convenciones dominantes que rigen la subjetividad y los cuerpos. Busca horadar intersticios estéticos, políticos y afectivos que debiliten las formas de subjetivación hegemónica, para inaugurar modos de ser más amplios, que no estén regidos por el terror de las dictaduras o por la alianza mercado-Estado. “Mi posición se funda en la visualización de un horizonte siempre latente en el que se despliega una sociedad igualitaria pero habitada libremente por la multiplicidad de diferencias”, escribe Eltit en su más reciente libro, su lectobiografía El ojo en la mira (2021).

Es por su interés en este despliegue que ha criticado aquellas propuestas literarias contemporáneas que solo responden al mercado editorial, a la literatura como insumo social homogeneizador, proveniente de ingenios individualistas, literaturas selfies, como las ha denominado: “literaturas regidas por un ‘yo’-‘mi’ disfrazado de novelas. Textos fundados en la certeza del yo y en la rigidez lineal de los acontecimientos […] Pequeñas obras que parecen simples extensiones del confesionario feliz (aun en su tragedia de Facebook) salvo, como siempre, algunos libros que se escapan del conjunto de obviedades. Pero son excepciones que se liberan de una autobiografía simple y estereotipada. Existe un grupo no demasiado numeroso de las llamadas ‘literaturas del yo’ que consigue autonomizarse de la curiosidad por indagar en vidas ajenas; lo hacen porque acuden a un yo inesperado, audaz, abierto, propositivo, que se lee como una completa ficción en la que pueden ingresar los lectores a reconocer espacios a partir de metáforas que los incluyen”. Para Eltit, la tarea cultural debe ser espasmódica, un designio que pluralice lo monolítico de los poderes dominantes; su labor “radica en ampliar los límites literarios y proponer nuevos bordes”, porque “allí es posible relevar las formas de un trabajo alterador, antihegemónico”, posibilidades de habitar deseos fuera de las normativas.

La literatura es la teatralización de la letra, argumenta la autora, imágenes que actúan desde la sinestesia de la tinta para lograr el desgajamiento de la letra de su origen administrativo, y remover así la dominación sobre los vulnerables. La literatura de Eltit trata de procurar un acercamiento al otro y a la posibilidad de habitar de otra manera. Para la escritora chilena, es necesario confrontar la Letra-Ley de las actas de nacimiento y defunción, de los contratos de compra-venta, letras lineales que estandarizan, norman, limitan y distribuyen; es urgente tejer un lenguaje en la ficción que opere desde la complejidad y la opacidad, un lenguaje que abra brechas de heteronomía, que desordene el mundo, que persiga un acomodo más igualitario y comunitario.

Eltit no concibe el trabajo literario sin la política, sin embargo, su compromiso primordial es con la literatura misma, con inaugurar senderos laterales a los tirajes narcóticos del presentismo. Su pacto está con el “deseo de recodo”, como ella misma lo enuncia, con la posibilidad de desbandarse de las zonas confortables de la letra. ~