Foto: Guillermo Ramos Flamerich / CC BY-SA 4.0

En la ruta del instante: invitación a Rafael Cadenas

A sus noventa años, el poeta venezolano se mantiene como un gran exponente de la poesía latinoamericana. Su obra completa puede leerse como testimonio de una búsqueda espiritual a través de la escritura.
AÑADIR A FAVORITOS

“Recio ignorar lo que nos devasta.” “Como el salto de la luz en una hoja.” “Vida a contracorriente de tu rostro.” “Palabras no quiero: solo atención.” “Tengo ojos, no puntos de vista.” En estos cinco versos, que Rafael Cadenas escribió entre 1968 y 1993, se pueden ver las constantes de una imaginación en pugna consigo misma, peleando contra la metáfora engolada, contra la obviedad lírica y contra el orden descriptivo, instrumental, de la escritura. En una época en que el lirismo es testimonio, actualidad, presencia, el poeta venezolano se impone como voz de continua renuncia, de abandono del yo y sus ilusiones para entrar a una realidad ulterior a las palabras, que solo puede existir en el espacio entre cada letra y cada respiración, en el ritmo, en la poesía.

Cadenas escribe desde el espacio que dejó José Antonio Ramos Sucre, escritor raro entre los raros, cuya prosa poética marca un viaje interior que desemboca invariablemente en el “olvido solemne”: un desprendimiento absoluto del yo, intención que lo terminaría conminando al suicidio en julio de 1930. Como Sucre, Cadenas traza un camino entre el verso y la prosa, dándonos señales de ruta, lugares en los que no es posible conocer el viaje y el destino simultáneamente; contrario a Sucre, no se impulsa hacia la finitud de manera constante, sino que se concentra en los procesos: “Me muevo sin saber. / Porque debo.” Es por esta elección de observar el viaje, mirar su presente y construir desde ahí, que el oriundo de Barquisimeto ha adquirido una voz puntual y limpia, que requiere de un brevísimo inventario para producir múltiples efectos. Las palabras, el acto de ver, los juegos entre luz y oscuridad, el mundo vegetal, la muerte, son constantes en toda su obra y se repiten en cada uno de sus libros. Frente a la oscuridad y la incertidumbre del mundo fáctico, el mundo interno se propone como una ruta desde la cual llegar a lo que está más allá de la apariencia.

Este proceso, sin embargo, es muy distinto al minimalismo espiritual practicado por otros poetas contemporáneos suyos. Si José Watanabe propone una cercanía religiosa con la naturaleza, una contemplación a partir de lo pequeño, Cadenas intenta mirar a través de todas las apariencias, hacia la nada que todo lo conjunta; si Ernesto Cardenal documenta y agrega todas las cosas en una sola energía espiritual, Cadenas hace que cada cosa sea una máscara, unida por una misma energía ausente; si Eugenio Montejo, el otro gran poeta venezolano de su generación, se posiciona entre el sueño y el despertar por medio del sentimiento y el goce estético, Cadenas se ata firmemente al reconocimiento de la apariencia: para él todo es un sueño bajo el cual habita, subrepticiamente, el tokonoma, la realidad velada: “Si oigo mi nombre / ignoro qué designa / ese sonido / tan raro / como / mi respiración / o como haber nacido / y estar aquí.”

Debido a tales contrastes con otros autores de su generación, su poesía podría leerse más cerca de la obra de poetas más jóvenes, como Gloria Gervitz, que comparte con él un aliento que empieza largo para terminar fragmentario y preciso, o como Elvira Hernández, cuya búsqueda de “decir algo con palabras que no tienen sabor a nada” se articula en el mismo lapso inabarcable entre el lenguaje y los objetos. Sin embargo, la obra del venezolano no solamente existe en la contemplación y en la inmovilidad. Un libro como Amante, de 1983, pone el deseo erótico y la empatía amorosa en el mismo lugar que la poesía, como una forma de desnudarse de apariencias y llegar a otro ser-aquí, que se resuelve en la unidad lograda al dejar el yo por el nosotros: “Donde las manos ya no persiguen, / apareces.”

Estas particularidades de su trabajo lírico transpiran de manera coherente en su obra ensayística, dedicada como la primera a asediar “lo poético”, tanto en su carácter de disciplina artística como en su función orgánica dentro de la prosa. Su obra no solamente es testimonio de una búsqueda que podría pensarse filosófica o espiritual, sino de una congruencia que le permite expresar los mismos principios literarios por medio de diferentes filtros, construidos a partir de la misma “prosa”, definida en sus Anotaciones como “el habla del vivir, traspasada por el misterio.” Esta ética de la escritura se puede rastrear en su amor por el pensamiento germánico, notable en sus observaciones sobre Rilke, Heidegger o Nietzsche, y también en su ensayo sobre Karl Kraus, otro raro entre los raros, cuya escritura entre lo periodístico, lo narrativo y lo ensayístico promulgaba una desconfianza tácita hacia la instrumentalidad del lenguaje.

Similar a Kraus, Cadenas ha desarrollado una veta polémica. Su crítica del lenguaje “pomposo, anacrónico, grandilocuente” del discurso político latinoamericano, con sus íconos de héroes y próceres, y del estudio de la literatura como un acto quirúrgico donde los textos se convierten en algo “viviseccionado en lugar de ser vivido,” se puede leer como posturas que se decantan en la obra poética. Frente a la tendencia logorreica y abarcadora del neobarroco, frente al carácter de denuncia de la poesía “comprometida”, la obra del venezolano aparece como una extraña excepción, un caminar a solas por los terrenos de la escritura, sin ignorar sus problemáticas, los aconteceres cotidianos y las realidades que entrecruzamos. Esta posición “a la vez central y lateral en la poesía latinoamericana”, como diría José Balza en el prólogo a Obra entera, permite que leamos a Rafael Cadenas como un autor bisagra para nuestro presente literario, y acaso también como un antídoto frente al carácter de nuevo pomposo, anacrónico, grandilocuente, de discursos oficiales y modos de habitar la literatura que todavía nos afectan.

    ×  

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: