Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, León, 1957) es uno de los más singulares poetas españoles. Galaxia Gutenberg recogía hace unos meses en casi 1500 páginas sus versos en Asamblea. Poesía reunida (1975-2025), medio siglo de una lírica ligada a la tierra, a la imaginación, al arrebato y al compromiso. La edición es de Emilio Torné, el prólogo de Antonio Gamoneda, que le dedica un espléndido poema, y la introducción es de Jordi Doce, director de la colección. Hace unas semanas participó en Expoesía, en Soria.
¿Cómo escribe Juan Carlos Mestre? Da la sensación de que es muy intuitivo, hasta torrencial, que escribe con la tierra y apegado, enyedrado casi, a ese territorio un poco indefinible que es León, y que le navega en las venas.
Nada sé acerca de esa persuasiva razón que vinculó mi vida a la escritura, acaso la única posibilidad que tuvo aquel débil muchacho para enfrentarse a los actos de fuerza y los espectros del dominio que arruinaban la época de su adolescente ensoñación. La voz sin boca de las tierras natales del Bierzo hoy carbonizadas por la usura, el rizoma de las aguas sagradas y la bendición de los ríos por los que fluye la memoria de los pueblos como una profecía civil de la justicia; sí, la intuición y su sencillo conocimiento de la naturaleza como el más estimable valor de la salvaguardia humana. De esa custodia ante la conducta moral de los antepasados, inseparable de la condición de clase y su certeza en la utilidad de la esperanza, emerja tal vez la disposición de interpretar el arduo mundo a través de hipótesis verbales, que no otra cosa es un poema, ante la incertidumbre de cuanto llamamos lo real.
He usado la palabra torrencial…
Y si por torrencial entendemos lo que incontenible desde el corazón de la tierra nace, no seré yo, ni la voluntad de esa otra minoría que habita en mí, el que impida el derecho del idioma a preferir sus cauces. No elige uno la forma de su mundo ni la hechura de los valles de la vida; es la propia conciencia de la escritura la que resuelve el desafío de ampliar con sus múltiples dicciones los horizonte significativos del porvenir, ese territorio indefinido del origen, allí donde la inteligencia del lenguaje no residía tanto en la rueda de las palabras como en la imaginación el eje, aquella idea fundamental que en mis primeros años de formación postulaba la repoblación espiritual del mundo, la lucha por los derechos civiles a la felicidad, el desafío de la libertad y lo justo contra la dictadura franquista, y que de muy joven interpreté como la necesidad política de la belleza, el amparo de la vocación artística ante los presagios del daño y lo aborrecible.
Ya surge esa clave tan personal suya: ¿qué le debe su escritura, en primer lugar, a eso tan polisémico que son los antepasados? Hay muchos poemas sobre ellos, como ‘Los antepasados’, que ya estaba en su primer poemario, o ‘Retrato de familia’, entre otros muchos.
A los antepasados uno adeuda todas las posibilidades del futuro. Son ellas, las personas que antes que nosotros sostuvieron con la única fortaleza de sus manos la intemperie del mundo, la más cierta posibilidad de la ilusión viviente, la heredad ética de los sufrieron el menosprecio por su condición de humildes, los desposeídos de su derecho a ser reconocidos como prójimos ante el imperativo de la solidaridad humana, los emigrantes sin otra patria que la desigualdad, las víctimas y los descontentos durante el imperio de la indiferencia. Ellas, ellos, progenitores de la dignidad, son quienes han señalado con sus huellas la senda hacia lo que está por venir, el proyecto real que contra toda quimera representa la idea favorecedora de la utopía social. Si la sabiduría consiste en haber sido un buen antepasado, el futuro dependerá absolutamente de nuestra actual conducta frente a los hechos de honradez y los actos de abyección, eso que tan inherente a toda propuesta estética define la ética de lo poético desde sus orígenes: un refugio para el desamparado, un acogimiento para el desatendido. El poeta es pariente de los linajes nobles de la misericordia que hicieron de la voz poética el lenguaje de la delicadeza humana, una generosa y testimonial manera de enfrentarse a la soberbia obstinación del poder para mentir y cuestionar, con la mera inocencia de sus sílabas, la astucia de la estupidez y la chalanería de los discursos de orden.
¿La chalanería de los discursos de orden?
Quiero decir que la poesía fue hecha para resguardar la casa de la verdad, no para destruirla con los edictos del abolengo. En ella, íntegros e insobornables, están los habitantes encomiables del pasado, la música descalza de san Juan de la Cruz y el latido del universo bajo el caparazón de tortuga de los poetas nahuas. Todo poeta es un antepasado útil a la tribu, el que plantó un árbol para señalar las lindes del abismo y el que libera de la sumisión a un caballo para que continúe su rumbo a las estrellas, el que cuida las haciendas invisibles de lo compasivo y arroja al fuego las espadas para fundir con ellas un arado. La digna muchedumbre que entra de espaldas al futuro para no perder nunca de vistas las educaciones del pasado, la reveladora enseñanza de quien hoy, alejándose del prestigio de la basura y la publicidad vergonzosa de la sociedad de consumo, solo se quita el sombrero ante un cerezo en flor.
¿Cómo son esas voces a las que alude a menudo: quién le habla, qué le dicen, de dónde proceden esos cantos, a veces salmos, a veces cuentos? El suyo, como dice Jordi Doce, es “el testimonio de la imaginación”.
Es la propia poesía la que tantas veces se pregunta esas cosas: ¿sabes tú de quién aprendí yo a cantar? Del gorrión y del grillo aprendí a cantar, y del humillado y del vencido aprendí a cantar, y del pan negro y del pan blanco aprendí yo a cantar. Ninguna palabra es suficiente comparada con el silencio que desaloja cuando ante la misteriosa inmensidad apenas somos capaces de nombrar lo mínimo, articular un exiguo balbuceo desde la ínfima partícula de polvo que habitamos. Y aun así, conscientes de nuestro casi imperceptible rincón en el universo, creímos haber descubierto la teoría del absoluto, la ética de lo imperecedero o la metafísica del bosón de Higgs. También lo menos incierto, la rueda sobre la que avanzamos hacia el lugar del próximo naufragio, la imprenta que fijó en tinta los anhelos de las generaciones y las distopías de la vileza, todos los sueños pendientes de ser soñados enterrados bajo toneladas de olvido y pesadumbre. Desde ese maremágnum de bienaventuranza y condenación se acercan de puntillas a tocar la puerta del poema las voces silenciadas de los vivos pero también el eco inextinguible de los muertos.
En su caso, están en casi todos los poemarios: los vecinos, los familiares (no hay más que leer La bicicleta del panadero), una idea de la tribu, Keats, Pessoa, Safo…
Ante esa existencia de lo otro, de la exterioridad donde reside el habla conmiserativa de la fraternidad humana, llegan las presencias expulsadas del discurso humano al bosque de los símbolos, el relato de los sueños que se niegan a permanecer en el olvido y las pequeñas cosas que se pueden envolver con cuidado en un pañuelo, los viejos mitos que mantienen vivo el recuerdo imaginario de la creación, la fuente de las fábulas cuya elocuencia mana para todos, también la utopía irrenunciable del humanismo y la remota melancolía de las oraciones que nunca fueron escuchadas por algún dios. Voces, tumbas, lápidas, la luz que piensa químicamente, apenas los fugaces dones de la promesa, el idealismo jamás derogado de quienes aún sostienen la idea, hecha sola con palabras, de que algún día las estrellas serán para quien las trabaja.
Cuando uno le escucha, como nos acaba de suceder en Expoesía de Soria-2026, se ve que escribe no solo desde usted, sino con los otros: desde El Quijote y Cervantes hasta Gamoneda, pasando por Keats, Pérez Estrada o Whitman, este por sus formas salmódicas… ¿Van todos consigo, le alumbran el camino?
Nadie cruza solo el tiempo irradiante de lo solar ni las ominosas épocas de penumbra, las cuantiosas especies del sufrimiento y los exiguos hechos de felicidad del acontecer humano, la vida real de las personas sojuzgadas por el paroxismo de la guerra y las feroces leyes del mercado, antes que nosotros ya las vivieron otros y, aunque nada significa dos veces lo mismo, solo en cuanto nos antecede arraiga la naturaleza ya no solo de los que nos acontece, sino de las futuras derivas del pensamiento crítico.
Explíquenos cómo le marcan o le amparan algunos de los nombres citados.
Nada hay de provecho en aquel que cree que no le debe nada a nadie, la poesía siempre deviene como una deuda con un otro, en conversación con alguna lejanía que se hace presente aún sin ser buscada. Desde luego yo no habría escrito una sola línea de no haber interiorizado las voces precedentes que vinculan el quehacer poético a un proyecto espiritual, a una manera de estar en el mundo bajo la convicción de que los seres humanos somos responsables unos de otros, la irrestricta confianza en el destino de la dignidad humana, o lo que es lo mismo, la salud del bien que aportan con su súbita cualidad todas las artes al imaginario de la sociedad futura. En ese propósito de reconstruir la sociedad sobre unas bases radicalmente más justas que hagan algún día imposible el sufrimiento ancló su pensamiento Wilde y Whitman, la duración de la belleza de una urna griega intacta para siempre en Keats, el aprendizaje de la libertad a través de la sonrisa de Cervantes, los insurrectos ángeles civiles de Rafael Pérez Estrada que siguen desde la otra orilla del deseo empujando el mar o la emancipación revolucionaria que ante todo sometimiento representa, de modo tan ejemplar como literalmente irrepetible, la obra de Antonio Gamoneda. No solo van conmigo, soy yo el que va con ellos, pues a ellos debo, excepto la responsabilidad de mis propios desaciertos, cuanto de alumbramiento pudiese rozar esta tarea de dar continuidad a los diálogos con la sustancia vocal e irremplazable de lo misterioso como ciencia paralela con la que tratar de entender lo oculto.
¿Cómo se concilia un yo tan poderoso como el suyo, tan imaginativo y caudaloso, con la búsqueda incesante del otro, que parece una de sus pretensiones más claras?
Imposible, amén de inaguantable, sería conciliar en mí el adjetivo poderoso con algo de lo que hago, poesía y potestad están reñidas desde la médula del alma al corazón del átomo. No existe predominio alguno en la imaginación, sino aceptación de una derrota, una arraigada conciencia de pérdida, tan real como profunda, frente a los recurrentes duelos de la existencia. No puedo desligar mi trabajo, sea cual fuere el grado de discreción al que mi escritura corresponda, de una perseverante percepción de fracaso, una comprensión de la realidad supeditada a los avatares tan poco aleccionadores de la historia, los inasumibles anales del autoritarismo, las consabidas inquisiciones, los acontecimientos de barbarie vueltos a poner sobre la mesa de la gran disputa por los adalides del poder doctrinario. Lo único incesante y jamás circunstancial de la poesía, creo yo, pudiera ser su capacidad para ennoblecer la vida, contribuir con su pequeña gota de agua a que extinga este infierno donde el menosprecio de la condición humana y el respeto a la naturaleza de lo sagrado, el rizoma que religa lo subterráneo con lo aéreo en una misma red sin jerarquías y que da integridad a todo lo viviente. No, no, ningún yo debería jamás ser poderoso.
Al saber que se iba a publicar su lírica completa en Galaxia Gutenberg, ¿cuándo se impuso el título Asamblea, tan contundente y a la vez tan abierto? Por cierto, ya era un poema de Museo de la clase obrera.
En verdad no surgió de mí esa voluntad, sino de otro fraternal ofrecimiento que posibilitó la idea, poco asequible, de congregar lo hasta ahora publicado en libros. Fácil labor si, como es el caso, tal tarea la realizaron con excepcional generosidad y esmero sus editores, Jordi Doce y Emilio Torné, a quienes se deben los aciertos y solo a mí, en cuanto autor, los yerros. Ahí están, en igualdad de condiciones, sin más alteración que su disposición formal, los textos de la adolescencia y las indagaciones últimas, lo aproximativo a cuanto fue la vida entendida a través de las palabras, la travesía sin más timón ni guía que los interrogantes y las dudas. Y si la asamblea es por antonomasia el ámbito crítico de los “irrepresentados”, los otros que apenas cuentan en el desempeño civil de la democracia, el espacio donde sin mediadores puede cada persona ejercer su derecho a ser escuchada, no solo desobedecer la costumbre de lo que somos sino el atrevimiento dialéctico de cuanto podríamos llegar a ser, quizá, y a falta de mejor lugar, sea entonces el concepto de asamblea, como reunión abierta de las diversidades, la idea que preside esta poesía, la aldea del apoyo mutuo donde seguir manteniendo la disidencia frente a lo normativo, el coro de los vivos y de los muertos exigiendo un algo de piedad, un mucho de respeto a los agravios del olvido, al predominio de lo impune y a la violencia estructural de la sociedad de consumo.
Le hablaba de la búsqueda del otro…
Poeta es aquel que toma partido por las palabras, por la elección de un lenguaje bloqueado por los burócratas, es decir, la elección de la individualidad que resitúe los idiomas de la libertad en semejante espacio al de la emancipación del cuerpo. También eso compete a la poética, participar en el debate de la cosa pública, inmiscuirse en los asuntos del corazón cívico de la justicia de la que con tanta insoportable lucidez nos hablaba Pasolini, ayudar a discernir entre memoria y souvenir, y acaso tener meridianamente claro que la única oscuridad reside en el poder. Poco más que una proclamación de buena voluntad puede exigírsele a la poesía ante las zonas de peligro de una realidad reconvertida en habladuría virtual de los poderes fácticos y las siniestras predicciones de la ilustración oscura y las pseudociencias de la mentira.
Insisto un poco más. Cuando se le escucha, Juan Carlos Mestre se transforma en voz individual y en coro, da la sensación de que el poeta también es un profeta. ¿Cuál sería su profecía?
Ninguna, apenas soy el ayudante del apuntador que ha olvidado su texto, el texto que simplemente busca a un lector que, ausente en su posibilidad de hablar, acepta la poética como un bien perentorio de lo suyo. No creo que cumpla la poesía ninguna función mesiánica, todo lo que de bienhechor pudiera haber en ella guarda relación con el amor intelectual que nos permite reconocer, inscrito en la frente de cualquier persona, el signo de la igualdad, la semejanza, la relación geométrica que da razón a la única ley de lo que es, la armonía que nunca viola las leyes morales de lo físico. Para entender a los profetas habría que remontarse en tres mil años al nacimiento de Jacques Lacan e incluso así es improbable que hoy reconociésemos alguna utilidad en ello. El tiempo de los chamanes se extinguió con la luz de las últimas luciérnagas y, alejada de toda hechicería, la poesía contemporánea domicilia su saber en la casa de las ciencias del lenguaje.
Insiste mucho en que es un poeta que va al aire de su vuelo, libremente. ¿Dónde está, en qué lugar le gusta habitar o extraviarse?
Más coloquialmente podría decirse que voy a mi bola, lo del vuelo ya depende del viento y de las alas que no tengo. Volar, decía Rafael Pérez Estrada, es el resultado de una intensa pasión, nunca de su práctica. Pasión no me ha faltado, tampoco esfuerzo para seguir puliendo lentes y pensar desde el conflicto. No elige uno las circunstancias del mundo en que vive, pero sí las palabras para describirlo, es decir la etiqueta que identifica a las ideas que tratan de transformar sus rasgos más adversos. El poeta es un ser en situación de lenguaje, un no lugar donde todo lo que indefinidamente existe fue alguna vez imaginado, la maravillosa transgresión de la costumbre que viene a significar el arte, la nueva forma de las cosas que al mirar te miran desde la infancia del conocimiento y la vieja edad de las culturas. Al fin y al cabo, todo poema es una crónica, íntima e intransferible, ya alegórica o concreta, del relato humano.
¿Qué es para usted la libertad?
Cuanto desborda los límites de lo dado.
Cuando uno se asoma a sus poemas, hay también un componente de narratividad. ¿De qué forma es también un cuentacuentos que recoge el embrujo de la oralidad e incluso de lo real maravilloso?
De ninguna manera, en la poesía no hay cisne encerrado. Lejos de mí el intento de persuadir a nadie con ningún tipo de fábulas, dejémoslo en el cometido de quien da testimonio de algo que ha vivido, incluyendo en esa vida la memoria de la imaginación, aquel que comprendió, como Raquel Jodorowsky, que toda la literatura es un robo de ideas ya robadas, las mismas invisibles abejas de Einstein y de Rilke libando la miel de lo visible para la gran colmena de lo invisible.
Siempre había visto un carga de misterio, de conexión con la tierra y el paisaje, ese embrujo de lo cotidiano que se hace relato o canto de maravillas…
Ningún embrujo, escasa amigabilidad con el hechizo, acaso alguna forma de conjuro contra la terca necedad del encumbrado, la insustancial retórica del déspota y la charlatanería de los acólitos del sátrapa. No hay otro cuento bajo las premisas de lo verdadero más que aquello que nos genera dudas, la oralidad, eso sí, como desenvolvimiento tan íntimo como colectivo de una protesta. Pensándolo ahora, bien pudiera ser también el poema un artefacto de auxilio discursivo frente a la indefensión del bulo, esa sobreabundante mercancía de la negación dialéctica.
¿Cómo se logra reunir en su expresión, en sus asuntos, en sus libros, tantas poéticas o intenciones: la poesía lírica, la poesía épica, la poesía social, la mixtificación…? ¿Surgen así, se las impone?
No se logra, como en todo el universo, por simbólico que este sea, todo tiende hacia la aleatoriedad y el desorden, un sistema regido por las probabilidades del azar como causa de una dicción imprevisible que, a su modo, participa de algún grado de incertidumbre en tanto desconocimiento de hacia dónde nuestro propio pensamiento irá. Eso no quiere decir que la escritura poética guarde relación con la casualidad o el caos, sino con la probabilidad de generar secuencias melódicas, o sea rítmicas y estéticas, a través de las palabras y la cadena de fraseos. Quiero decir que esa ley constructiva es de alguna manera ajena a mi elección, algo tan variable como inestable, la métrica y la matemática como intuición de un orden que posibilita las interacciones entre la realidad de lo observable y la toma de conciencia del mundo a través de la significación mudable de las palabras. De nada serviría imponerse normas, la ortodoxia como todas las malas preceptivas solo estimulan lo peor, no hay fronteras que separen lo lírico de lo social, toda épica conlleva su elegía, estamos insertos en el infinito micelio de una red de filamentos que posibilitan la actividad neurobiológica del pensamiento, las analogías, las opciones que operan en su propio tiempo, tantas veces revelaciones súbitas, tantas otras decisiones formales vinculadas a la extrañeza de lo maravilloso, esa otra realidad a la que, por inofensiva y teoría no humillante, se le puede disculpar todo.
¿En qué consiste para Juan Carlos Mestre escribir poesía?
Hacer poesía, escribirla, es una forma de reabrir lo clausurado, apostar mentalmente por todo aquello que,susceptible de poder existir, llegará a tener existencia. Algo que añadir, claro está, tras todo lo dicho, el poeta ha de renunciar a ejercer todo tipo de autoridad artística sobre los demás, debe hablar y no en voz baja ante los chiquilicuatres de toda jefatura que promueva la restricción estética. En la esfera de los actos creativos, la libertad artística es incompatible con las líneas divisorias de los géneros y la estilística, es decir, que cada cual escriba como quiera, cada persona es una conciencia irrepetible, eso es todo.
¿Hay en usted algo surrealista? A veces parece que escribe con ese arrebato incontenible de los sueños y sus desórdenes…
¿De qué valdría negarle a la razón sus sueños? Las advertencias sobre lo monstruoso ya se han cumplido, el inconsciente paga sus honorarios al psicoanalista y la inteligencia artificial ha hecho buenas migas con el automatismo. Estamos en manos de mediocres chisgarabises que no han leído nada, pero que han llegado a ser presidentes de la primera potencia del mundo. Sigo suscribiendo el manifiesto contra la imbecilidad y la tiranía de la usura, la idea de que la conciencia no tiene gramática y que el lenguaje poético es un mecanismo abstracto impulsado por el magnetismo del amor. He oído brillar la locura de las edades del tiempo hacia su destino secreto y acariciado con mis manos las olas insurrectas del mar de la justicia. He apostado por la verdad y he perdido, ninguna llave abre las puertas a lo maravilloso cuando el espíritu carece de cerradura. Sí, creo en la virtud de los pájaros y de los árboles y en que, más temprano que tarde, llegará el tiempo en que ella, la poesía “decrete el fin del dinero y parta sola el pan del cielo para la tierra”. Un poema es esa sombra que sigue a los transeúntes por la calle para protegerlos de la muerte, la belleza que al alcance de todos libera al lenguaje de los trabajos forzados de la interpretación, algo a la izquierda como un buda con medias de mujer, ¿le parece poco? Y, además de la verdadera vida compartida en solidaridad con los demás seres anónimos del mundo, adoro la Naturaleza y mantengo conversación con mis tres gatas, Leonora Carrington, Remedios Varo y Benjamín Péret.
Insiste mucho en su condición de resistente o quizá de supervivencia. ¿Qué quiere decir, a qué autoridades se resiste?
Resistir es crear, eso bastaría, oponerse a la estupidez mediante las palabras que indagan el fracaso de lo más verídico, el agua, el aire, la verdad incuestionable de este planeta que hemos convertido para las demás especies en un real y absoluto infierno. Mientras autoridad y privilegio ejerzan juntas la vanagloria de lo no sancionable en los santuarios de la jurisprudencia de lo impune, no dejaré de manifestar mi disconformidad con la gran farsa que multiplica la impiedad cada vez que algún poder resta algo de su condición a la naturaleza de la dignidad humana. ¿Para qué otra cosa podrían servir hoy los versos de un poeta sino para dar abrigo al surco del rostro y de la espiga? Escribir, leer es resistir, y la más útil barricada, un libro.
*Cuco Pérez y Juan Carlos Mestre. Foto de Antón Castro
Solo o con Cuco Pérez al acordeón, llama la atención la vastedad de su vocabulario. ¿Lleva todo el diccionario en la sangre y en la inteligencia, o también ahí hay un compromiso incuestionable con el lenguaje?
Cuco Pérez es un mago, es una evidente emoción sentir cómo favorece la vida el reparto de sus dones, la alianza de su inteligencia musical con la poesía, los sonidos que no define ningún otro diccionario que el de la hermandad, el alma de la música en la polifonía de los vientos. Llevamos casi cuarenta años trabajando juntos, en un mismo y cómplice compromiso que solo aspira a mantener inmaculada y pura la sonrisa de quienes nos precedieron, las voces de los nuestros, los seres olvidados bajo las escorias de la barbarie y la engañosa ahistoricidad de los peces gordos. Todo lo que llevamos cabe en bolsillo, piedrecitas blancas con las que sujetar sobre un atril los días de la memoria para que no se los lleve el aire. Y respecto al compromiso, probablemente la poesía no contraiga mayor obligación que la de cumplir, sea cual fuere la circunstancia, con la palabra dada.
¿Qué sucede cuando ofrece un espectáculo: cómo lo vive desde el escenario, qué querría transmitir a la buena gente que le está oyendo? ¿Es consciente de su carisma, eso nace con uno o también se educa?
La buena gente sabe perfectamente que la bondad solo reside en ellos, en aceptar ese puñado de palabras como un haz de leves herramientas para construirle una alacena al pan de la necesidad. Siempre es el oyente, el lector, quien completa y articula a su albedrío lo que la voz poética propone, no hay ningún carisma que supere la fascinación que representa el público en épocas donde pareciera casi del todo perdido el valor civil de las palabras. Y lo que sucede es exactamente lo que ocurre, la poesía, de un modo u otro, siempre reaparece en los momentos más complicados de la existencia para desalojar la piedra del miedo y devolver su soberanía a los pueblos con esperanza. Con esa aptitud no se nace, tampoco conforme a la razón se educa, a todos es intrínseca, basta con aceptar su encargo con esmero y ejercerla como cualquier otro natural derecho.
Es casi un caso aislado, en la lírica española, y a la vez está muy conectado con un poeta ahora casi olvidado como Rafael Pérez Estrada. ¿La poesía también es un acto de magia, una llamada a la sensibilidad y a la conciencia, es el continuo juego de hacer versos?
Lo ignoro, en verdad que tampoco eso lo sé, hay tantas formas de crear poesía como poetas, cada cual en la singularidad de instituir la república de su imaginación. Rafael Pérez Estada fue un íntimo, una amistad inextinguible sobre las ondulaciones del mar de la memoria, un poeta de una lucidez única que ningún momentáneo y descuidado adanismo podría ya opacar. El tiempo futuro de los poetas está escrito en el pasado que amamos, allí, donde entre un inventario de gemas crueles pasta un fantástico unicornio la sombra inseparable de sus nubes. Bien está que el poeta camine solo, lejos de las comparsas de la sociología, mejor aún si se funde con la muchedumbre hasta borrar su ego. Rafael lo hizo, el tiempo carece de importancia, algún día su escritura deslumbrará los ojos de los que aún no han nacido.
Su lírica, entre otras cosas, parecía un arsenal de maravillas, y en su caso, también da la sensación de ir por ahí en muchas ocasiones.
Caben en la poesía todos los arquetipos de la sensibilidad, todas las identidades tienen acogida en la hospedería del temperamento poético, las de personalidad solar y las lunares, los poetas rancios y los poetas mecanógrafos de lo sublime, las hermanas del ruiseñor y los cuñados del sapo de cinco bocas, los santos soñadores y los zoquetes sin cuento, profetas y cantamañanas, el que departe con los pájaros carpinteros y el que solo se entiende con el babilónico dialecto de los trepas, pues de todo hay en la viña del señor, seres mágicos como un amuleto azul y algún que otro idiota en busca de la pepita de estaño de las famas. Quizá, en toda su multiplicidad de formas, todos los anhelos, tenues como una estrella apátrida, deslumbrantes como una cerilla en medio de los siglos de la noche, no sean más que una misma voluntad por detener el tiempo, contravenir las duraciones del olvido hasta apagar las ascuas donde ardió el tesoro de los putrefactos, sí, las escamas litográficas como llamaba Baudelaire al dinero, el botín de los negacionistas y los capitostes del absolutismo, los tiralevitas de la autocracia cuyas fantasías de opereta siguen enmascarando la producción industrial del dolor, esos, los mismos que en la Edad Media tiraban piedras a los leprosos. El llamamiento de la poesía tiene algo de creencia laica, de permanente invocación ante una multitud que no existe, la testificación de quien llama día imperfecto al día en que ha sufrido, en términos de conciencia y juicio, menos que cualquier otra persona. Poesía, la gran paradoja, el suicida que apostó su destino a la expresionalidad y lo ganó perdiendo, como dejó escrito Pablo de Rokha; la presencia de lo inesperado cuando la iguana interpone su soplo en los consejos del rocío, tal como supo oír, quién sabe dónde, Lezama Lima.
¿Cómo conviven en Juan Carlos Mestre tantas disciplinas: la escritura, la teatralidad (eres un rapsoda y un juglar), el arte (tanto el dibujo como el grabado), la música…? ¿Dialogan entre sí, se retroalimentan?
Tiendo a pensar que el tópico horaciano ut pictura poesis, el literal como la pintura así es la poesía, no es del todo cierto. La creación no es un mero exordio al suceso misterioso de lo artístico, el dios de los espejos ha muerto y la imagen multiplicada en sus fragmentos no nos revela hoy más que las cicatrices de una herida, el estrago del canon convertido en superstición ante la casuística de los azares cuánticos. La conjetura es otra, son los lenguajes rizomáticos de la conciencia los que se expanden sin pedir permiso hacia el obrar subterráneo de otra lógica que, alternativa al raciocinio de las perceptivas, indaga, entre la diversidad de las formas del pensamiento que a través de los siglos constituye la capacidad de la cultura para reactualizar los vínculos antropológicos de la filosofía del arte, el mestizaje estético entre la conducta del verbo y la geometría de las formas.
Ya. Pero lo suyo es infrecuente…
Hoy sabemos, con relativa certeza, que la plasticidad neuronal no responde por igual ante un estímulo lingüistico, metalingüistico o visual, y que su capacidad para articular sentidos de respuesta creativos varía sustancialmente ante la información acumulada en los procesos de aprendizaje, las especializaciones léxicas y las modulaciones musicales de la armonía, es decir, el cerebro toma decisiones estéticas previas a la volitivo de la persona. En materia de arte es el poscepto el que reflexiona y el precepto el que estrangula la posibilidad de concebir el color de la música y el aroma de las palabras que crecen en las lindes de la percepción significante del mundo. Lo que viene a sugerirnos que el diálogo entre entre los distintos préstamos de las artes genera una semiótica significativamente mayor que la suma de sus partes. Pero, qué sé yo de esas indefinibles sustancias que engendran la visión de la hermosura.
Quizá su gran maestro sea Antonio Gamoneda, prologuista de Asamblea (“Quiero cerrar mis párpados sobre tus ojos”, le dice), del que ha recogido una frase que le ha ayudado mucho: “La poesía no es un lugar donde van a parar los cobardes”. ¿Cuál es la valentía del poeta?
Sin duda, Antonio Gamoneda no solo representa para mí y toda una generación de poetas un balizamiento esencial de la estética contemporánea, mas no solo en materia poética sino en la profundización crítica del deber moral de la palabra, la empatía con el sufriente y el posicionamiento disidente frente a las retóricas dominantes en la sociedad del capitalismo avanzado. En fin, a su guía y ejemplaridad civil debo la iluminación, por débil que esta pueda ser en mi quehacer, de su incuestionable clarividencia intelectual.
Vayamos con la valentía…
Carezco de fuerza y ni como figurante sería aceptado en el reparto de ninguna hazaña heroica. Dejémoslo en que basta con no mirar para otra parte ante las situaciones de oprobio, en la mera exigencia de no permanecer neutral ante los espectros de la barbarie, en continuar junto a aquellos que en la eterna disconformidad de los humillados, añaden no sin algo de vergüenza su única pertenencia, las modestas palabras, a la olla común de esta pobreza colectiva que seguimos llamando sociedad del bienestar. Bastaría con no excederse en el temor, equilibrar el deber que en la balanza del miedo no incline su fiel hacia el lado de la renuncia, no desertar de esa esperanza activa que nada tiene que ver con las distracciones del optimismo, sino con la acción en permanente espera de cuantos anhelan, sin claudicar frente a la tristeza política del desengaño, un mundo mejor. ¿O acaso debiera seguir la lírica entreabriéndole los párpados a los extintos pastores del otoño?
Seguro que usted ya ha ensayado una respuesta…
Ya sabemos que el mal quiere el olvido, hagamos de la poesía la manera de ser de lo que ya no es, memoria y revelación, tan urgente como vital, de los inaugurales sueños de la infancia del mundo.