Entrevista con Isabel Bono: “La muerte es a la vez natural y antinatural. Y no podemos explicarnos ni explicar a nadie la muerte”

En su nueva novela, la escritora malagueña rescata a dos personajes secundarios de su anterior obra, 'Diario del asco', para profundizar en sus vidas.
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La escritora malagueña Isabel Bono publica Los secundarios (Tusquets, 2022), donde recupera dos personajes de Diario del asco, su anterior novela. Rubén y Amalia irrumpen con su voz para contar su historia. Descubren que llevan viviendo en el mismo edificio unos años. Su relación se cuenta en una serie de conversaciones, a veces por teléfono, a veces en persona. Los secundarios es un libro sobre dos personas solas, que han roto lazos con su familia, en la que se habla de soledad y de la muerte,  pero lo hace con luminosidad, en parte por el encanto de los dos personajes, en parte por la vitalidad un poco inconsciente de Amalia.

Los secundarios retoma dos personajes que aparecían casi de fondo en Diario del asco. Aquí no solo los retomas, les das voz, ¿por qué?

Soy curiosa. Además, si en la vida real no suelo creerme lo malo que me cuentan de alguien, en “literatura” tampoco. Mateo hablaba tan mal de su hermano que pensé: ¿tan malo era de verdad? Y quise saber su historia. Escribí los secundarios para mí, para conocer a esos dos personajes.

Rubén y Amalia se parecen en algunas cosas: tienen un hermano de su mismo sexo con una relación de competitividad; han roto lazos con la familia y los dos tienen una relación de secundariedad también en su propia vida… 

Es que creo que todos somos así, secundarios (y no lo digo como algo malo, yo misma tengo vocación de secundaria). Por otra parte, si miramos a nuestro alrededor vemos personas normales con vidas que parecen normales, incluso felices, pero si hurgas un poco ninguna familia es feliz-feliz ni normal-normal. Y es lógico. Por mucha genética que nos una todos somos distintos y nos “obligan” a convivir y a querer a esas personas que nos han tocado como familia. Si viviéramos en un mundo ideal, los hijos no decepcionarían nunca a sus padres, los padres serían siempre admirados por los hijos (como cuando teníamos 5 años) y los hermanos se adorarían y bailarían en corro como en la aldea de los pitufos. Pero la vida real no es así. Digo yo que por estadística debe haber algunas familias idílicas pero yo, de momento, no he conocido a ninguna. Además, escribir sobre una familia idílica, ¿para qué?

Amalia y Rubén son también diferentes en cuanto al carácter: él contenido y para dentro, ella neurótica y desparramada. ¿Buscabas el contraste?

La verdad es que no, fueron saliendo así. Mi manera de escribir es la deriva, me voy dejando llevar, les voy dando a cada personaje lo que me va pidiendo. Por ejemplo, en Diario del asco me pregunté en algún momento si Mateo era gay (él mismo se lo preguntaba y “decidió” que no). Escribo cada fragmento al dictado y después tacho lo que me sobra para “modelar” al personaje. De Rubén solo sabíamos por Mateo, y Amalia era calladita y casi sumisa. Ya digo que quería saber si eso era verdad. Se ve que Amalia era desparramada pero no tuvo oportunidad de serlo… hasta ahora.

Has dicho que a veces usas trucos para no describir a los personajes, como que otro personaje le diga que se parece a tal o cual actor, y así centrarte en lo que te interesa, pero ¿qué es?

Me interesa llegar al fondo de cada personaje, escarbar lo más posible para poder decir: Ah, vale, te comportas así por esto y eso otro. Tumbaría a mis personajes en plan psicoanálisis para que me contaran su vida de pe a pa. Como escribo en plan deriva, si me paro a decir: es morena, tiene un lunar en nosedónde… siento que pierdo tiempo. Y si encima un párrafo me está apretando por salir, no puedo dejarlo a un lado para detenerme en pamplinas como el color de los ojos. Por ejemplo, si hago que en Diario… Micaela le diga a Mateo: “Te pareces a Sandokán”, con cuatro palabras ya lo tengo. Me he ahorrado media página de regodeo: que si es muy guapo, tiene el pelo largo, barba, los ojos claros, etc. Igual me viene de mi madre, cuando le contaba cosas me decía: Ve al grano.

Otra cosa en común entre Amalia y Rubén es que están solos, en parte es una novela sobre la soledad… 

Sí, sería el tema principal. No fue intencionado en un principio. Cuando empiezo a escribir no busco un tema, sale después. Por ejemplo, cuando empecé Una casa en Bleturge fui sumando fragmentos hasta que decidí que el tema que iba a unirlos era el dolor, ¿qué dolor?, el más grande, ¿cuál era el más grande?, perder un hijo. Con Diario del asco el suicidio y la incomunicación. En Los secundarios es la soledad, representada por ese mastodóntico bloque de apartamentos. La soledad está a nuestro alrededor más que nunca. Eso de estar tan megaconectados, de tener 800 amigos a un clic, no es más que un espejismo. No me interesan las RRSS porque no me las creo, son las nuevas cavernas de Platón, los muros de Facebook, las fotitos de Instagram solo son sombras. No digo que mi juventud fuera mejor (ni ningún tiempo pasado, etc.), pero me da mucha pena cuando veo en la terraza de un bar a gente joven, cuatro o cinco en la misma mesa, y en vez de charlar entre ellos, cada uno está mirando su móvil. Como diría aquel Nexus-6, yo he visto cosas que no creeríais… como decirle una chica a otra en un restaurante: “Mira la foto que le acabo de hacer a mi plato”. Igual es que me he hecho vieja de golpe, pero vivo en modo perplejo, un día las cejas se me van a salir de la frente.

El tema que atraviesa la novela, y diría que todos tus libros, es la muerte. En Los secundarios hay un abordaje filosófico del asunto (¿qué es la muerte?), pero también de cómo integramos (o no) la muerte en la vida.

Es imposible integrarla. Si eres budista, a lo mejor. La muerte no es más que un clic: estás y de repente dejas de estar. El muerto ya no siente ni padece, se queda sin lo bueno y sin lo malo. Lo peor es lo que la muerte hace con los vivos: nos trastorna del todo. Por muy racionales que nos creamos seguimos viendo en unas cenizas a nuestros seres queridos, por muy descreídos que seamos les hablamos a nuestros muertos, queremos pensar que están en algún sitio. Por muy creyente que sea alguien, no lo encajará nunca del todo (si no fuera así, ningún creyente sufriría por la pérdida de alguien querido, diría: qué bien, ahora está en un lugar mejor). La muerte es a la vez natural y antinatural. Y no podemos explicarnos ni explicar a nadie la muerte. Al grano: es verdad, en todo lo que escribo aparece la muerte o hay algún muerto, pero si escribo sobre la vida, ¿en qué vida no hay muerte o algún muerto?

Viendo tus otras novelas, creo que esta es la más convencional en cuanto a estructura narrativa: se presenta un personaje, luego otro, y luego se encuentran.

Quizá de eso tenga “la culpa” mi amigo Pablo. Pablo es mi lector modelo porque no se dedica a escribir, lee sin prejuicios y siempre me dice lo que piensa. Le envié unas páginas de Los secundarios y no se enteró de cosas que yo pensaba que estaban muy claras. Así que dividí por personajes para que se supiera quién hablaba en cada momento. Además, esta historia empezó solo con diálogos (solo me venían diálogos; llegué a pensar que era una obra de teatro). Después me puse a hurgar en cada uno por separado. Ya me ha dicho algún amigo que esta va a llegar más al público porque es menos poética (y yo leo entre líneas, menos rara).

Aunque hablas mucho de soledad y muerte, hay humor y amor. El amor lo pone Rubén, en el recuerdo de sus primeros amores y en la espera del tercero. El humor viene de Amalia y de una especie de incontinencia verbal, pero siempre hay humor o al menos algo de luz en tus libros.

Amor y humor. Son mis pilares. No hablo solo de lo que entendemos por amor romántico (querer y que nos quieran), hablo de poner amor en cada cosa que hago, darme del todo en cada cosa que hago. Rubén se dio dos veces y espera esa tercera vez, está loco por amar porque en su casa no ha recibido o no ha sabido qué hacer con el poco amor que le han dado. Y Amalia se ríe de sí misma, asume que es un desastre pero se dice, bah, y sigue viviendo. No hay otra. Alguno de los dos dice en algún momento: “Somos vida por definición”. Pues eso, adelante con todo. La vida es lo único que tenemos. No sabemos por cuánto tiempo así que exprimamos esa luz.

¿La escritora con la que se cruza Amalia en un momento y le cuenta que ella también toma notas todo el tiempo es un cameo que te has permitido?

Uy, ¡qué va! Fue al revés. Las “secuencias” de bus y tren suelo tomarlas calcadas de la realidad. En este caso yo sería Amalia. Iba en el tren haciendo la lista de la compra y una señora me preguntó si era escritora. Nunca digo que soy escritora (me sigue sonando demasiado grande para mí), pero ese día me dio por jugar y le dije que sí. Ella me contó su vida tal como aparece en la novela. Deberíamos hablar más con todo el mundo porque las historias interesantes, las historias de verdad, están a nuestro alrededor, dentro de todas esas personas con las que nos cruzamos por la calle. Cada persona lleva una novela dentro. En mi mundo ideal, cada día paro a alguien y le digo: tengo aquí una libreta y un boli, siéntese conmigo un ratito en este banco y cuénteme su historia. ¿Te imaginas?

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