Benito Pérez Galdós es después de Cervantes el novelista más importante de la literatura española. Puede que a todo autor de la tradición realista le llegue el momento de reflexionar sobre él. Es lo que ha hecho en Dos tardes con Benito Pérez Galdós (en Alianza, en la colección que lleva Sergio del Molino) Ignacio Martínez de Pisón. Como ocurre con los libros que un artista dedica a otro, Pisón también está hablando de sí mismo, o haciéndose preguntas sobre su propia obra.
Cronista del siglo XX, le interesan los Episodios Nacionales, “el más ambicioso y logrado intento de dotar de sentido a la historia colectiva de los españoles”. Galdós empezó escribiendo de lo que había ocurrido antes de su tiempo (con unos setenta años de distancia entre suceso y publicación) y terminó contando episodios que había conocido (con cuarenta años de distancia entre hechos y libros). Hablaba del placer “de referir las cosas pequeñas antes que las grandes” y de que “la historia nunca olvida sus viejas mañas de amalgamar los grandes hechos de público interés con los casos triviales que componen el tejido de la vida común”. Afirmaba que “la historia está en el vivir lento y casi siempre doloroso de la sociedad, en lo que hacen todos y en lo que hace cada uno”: eso, dice Pisón, parece anticipar la microhistoria, pero también concuerda con la poética del autor de El día de mañana.
El libro, que habla de la personalidad de Galdós y de su relación con Pardo Bazán, ofrece una lectura inteligente de la obra del novelista, y tiene algo de cata en el XIX, con el absolutismo, las guerras carlistas y la Restauración, la influencia de Modesto Lafuente o la figura de Isabel II. Pisón explica que la novela servía para cimentar “tanto el imaginario de una nación unitaria liberal como el de una nación fragmentada y reaccionaria”. Esboza tramas culturales, analiza la idea de lo cursi y aborda la religión, un asunto central en la obra del autor canario.
Para defender la candidatura de Menéndez Pelayo al Nobel frente a Galdós, El Diario montañés atacó al autor de Fortunata y Jacinta: le atribuía “uno de los mayores esfuerzos que se han hecho por la descatolización de España”, un reproche que otros podrían considerar un elogio. Al hablar del “Madrid de Galdós”, Pisón señala algún rasgo que se ha vuelto fijo en la tradición realista, como incluir los nombres de las calles. Siempre surge algún pseudosofisticado para criticar a Galdós, basándose más en la caricatura que en su obra: era irónico y sutil, y se interesó por el fanatismo y el sueño. Su mejor lector fue Luis Buñuel. Y en este libro sobre el maestro del realismo, el metódico y racional Pisón hace un viaje a cuando era joven y quería ser surrealista, algo que no sabía bien en qué consistía, pero le permitiría “formar parte de una secta a la que pertenecía mi paisano Buñuel”.
Publicado originalmente en El Periódico de Aragón.