Jack London y la “enfermedad de leer”

A un siglo de su muerte, la obra de Jack London conserva todo su vigor, aunque ha sido objeto de lecturas oblicuas o de lo que un crítico español llama la “enfermedad de leer”
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En su ensayo “La enfermedad de leer”, incluido en La cena de los notables (2008), el editor y crítico español Constantino Bértolo utiliza tres relatos clásicos como modelos para desarrollar sus tesis: Madame Bovary, la novela de Flaubert; la historia de Naneferkaptah, un joven perteneciente a la familia real egipcia diez siglos antes de Cristo, y Martin Eden, de Jack London. En los tres casos (y en muchos otros, como el Quijote), de un modo u otro, la lectura lleva a sus protagonistas a la perdición.

“Historias para leer en las que hay un aviso contra la lectura”, explica Bértolo. “Historias que parecen confirmar los resquemores y desconfianzas que la ficción narrativa ha despertado de manera recurrente a lo largo de la Historia”. Si bien hoy en día “nadie dice —continúa el autor— que la lectura trastoque el entendimiento […] la vieja desconfianza rebrota en la denuncia de que la lectura de determinados libros fomenta la estupidez del público, estropea el gusto o incrementa la alienación individual o colectiva”.

Si nos limitamos al área de la narrativa, los libros que reciben esas acusaciones son los best-sellers y los correspondientes a los llamados géneros populares, como las novelas rosas o de vaqueros, cierta clase de policiales y muchas colecciones de literatura infantil o juvenil. Estas últimas han ejercido sobre determinadas obras y autores un doble efecto, negativo y positivo a la vez: por un lado, les colgaron la etiqueta de obras menores; por el otro, hicieron que se sigan leyendo. Jonathan Swift, Walter Scott, Robert L. Stevenson y el propio Jack London son algunas de las víctimas-beneficiarios de esta tensión.

A esto, precisamente, se refiere José María Brindisi en un artículo reciente del diario La Nación, de Buenos Aires, en ocasión del centenario de la muerte de Jack London, que se cumple hoy. Brindisi se pregunta quién lee y cómo se lee a este autor en nuestros días. En América Latina, dice, “se trata de una obra reconocida, sí, pero a la que se recuerda con nostalgia, casi como un encantador pecado de juventud”. Es decir, como si releer Colmillo blanco en la adultez fuera algo de lo cual hubiera que avergonzarse. Jack London, sin embargo, es muchísimo más que un autor de libros de aventuras para adolescentes. Sus cuentos, sin duda, están entre los mejores de la narrativa breve norteamericana, y a sus novelas el tiempo no les ha quitado ni un pedacito de su vigor.

 

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Una viñeta de Grant Snider, que circuló mucho en las redes sociales, describe “el conflicto en la literatura” en tres momentos históricos: el clásico, el moderno y el posmoderno. En el primero, el personaje peleaba contra la naturaleza, contra el hombre y contra Dios. En el segundo, contra la sociedad, contra sí mismo y contra la ausencia de Dios. En el último, el actual, contra la tecnología, contra la realidad y contra el autor de la obra.

Pues bien: los relatos de London están justo en la grieta entre el mundo clásico y el moderno, como la transición exacta que clausura la lucha del hombre contra los elementos en el último límite de Alaska, al final del siglo XIX, y abre el juego en la pelea del individuo contra las convenciones cuando llega el siglo XX y la sociedad de masas. Sus personajes deben sobrevivir a los demás y a sí mismos, en un mundo donde, si hay un Dios, es demasiado indiferente o está demasiado ocupado con sus asuntos para que le importen las desventuras de estos pequeños seres llamados humanos.

Sus textos son tan poderosos que no sorprende que el Che Guevara, cuando el 2 de diciembre de 1956, justo después del desembarco del Granma en Cuba, quedó en medio de la balacera y creyó que llegaba su hora, haya recordado “un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista, apoyado en un tronco de árbol, se dispone a acabar con dignidad su vida”. La cita —usada por Julio Cortázar como epígrafe para su cuento “Reunión”, cuya voz narradora corresponde al propio Guevara— alude a “Encender un fuego”, posiblemente el mejor relato de London y uno de los mejores que se han escrito jamás.

 

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La “enfermedad de leer” a Jack London afectó gravemente a Chris McCandless, un muchacho estadounidense que, en el verano de 1990, a sus veintidós años, abandonó la clase acomodada de su familia, cambió de nombre, donó los 24 mil dólares que tenía en su cuenta corriente para obras de caridad y se marchó a vivir aventuras. Una partida de cazadores de alces encontró su cadáver dos años después, en medio de los bosques de Alaska, a más de 6 mil kilómetros de su punto de partida. Había muerto de inanición. En el mismo lugar encontraron un trozo de madera donde, unos meses antes de morir, el muchacho había escrito: “Jack London es el Rey”.

El caso se hizo célebre a través de Into the Wild (Hacia rutas salvajes), el libro en el que el cronista Jon Krakauer contó la historia, en 1996, y la película homónima dirigida por Sean Penn y estrenada en 2007. Hubo quien también padeció la “enfermedad de leer” con la historia de McCandless: en 2013, un chico de 18 años llamado Jonatham Croom se obsesionó con la película (su padre contó que durante semanas no hizo otra cosa que verla una y otra vez) y salió a los caminos. Su cadáver fue hallado una semana después de su desaparición. Aunque las autoridades determinaron que se trató de un suicidio, la relación con Into the Wild fue inevitable.

 

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Está claro que leer se torna una “enfermedad” solo en contados y excepcionales casos. Lo normal es lo contrario. La película francesa Joueuse, de 2009, cuenta la historia de Hélène, una mujer que trabaja como empleada de limpieza y que un día se siente atraída por algo que parece completamente ajeno a su mundo: el ajedrez. El dueño de una de las casas donde trabaja accede a darle clases y le presta un libro: Martin Eden. “La historia de un marinero que se hace escritor”, comenta Hélène con su hija. Pero es más que eso, claro: es la historia de alguien que proviene de los estratos más humildes de la sociedad y que, gracias a su empeño por aprender, alcanza el dominio de un arte. Como ella misma.

Y como London, quien, después de una infancia llena de privaciones y de decenas de empleos en busca de fortuna —fue marinero en el Pacífico Sur y buscador de oro en Alaska, por nombrar solo dos de sus oficios más extravagantes—, se convirtió en uno de los primeros escritores en hacerse rico y famoso gracias al éxito de sus obras de ficción. Murió joven, a los cuarenta años, e incluso su muerte fue víctima de la “enfermedad de leer”. Basados en fuentes de primera mano, la mayoría de sus biógrafos actuales coinciden en que su deceso se debió a un síndrome urémico, agravado por una sobredosis accidental de morfina. Pero durante décadas se impuso la versión de que London se había suicidado, una idea suscitada por el hecho de que así es como terminan muchos de sus personajes.

De modo que, si están revolviendo en algún estante de libros viejos y ven uno con una portada demasiado juvenil pero firmado por el bueno de Jack London (siempre que no se trata de una versión abreviada o adaptada, que también las hay), aprovechen la oferta. Mientras conserven la lucidez suficiente para que la lectura de sus cuentos y novelas no los persuada de viajar a Alaska y pretender vivir de la naturaleza sin tener la preparación idónea, estarán a salvo. Y, sin dudas, lo disfrutarán.

 

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