Joan Didion y el cliché subversivo

Joan Didion y el cliché subversivo

A través de la escritura, confrontó sus emociones y afectos. Como representante del “nuevo periodismo”, se arrojó a lo subjetivo y rescató el lado más íntimo de lo mundano.
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I

Me encontré a Joan Didion, por primera vez, una tarde en la que no podía parar de llorar. Estaba en una ciudad alienígena. Visité Nueva York para terminar un duelo. Quería conocer la nieve y reconocer la tristeza. Quería convertirme en un cliché: visitar los museos, tomarme fotos en la Estatua de la Libertad y comer hot dogs carísimos en Times Square. Nos han enseñado hasta el cansancio que el cliché le pertenece a las personas comunes y corrientes, pero yo me comisioné a abrazar lo ordinario.

En el número 52 de la calle Prince en Manhattan se encuentra una de las sucursales de la librería McNally Jackson. Ahí, me acerqué a la sección de no ficción. Capturé una foto de una mujer acercándose a la repisa más baja del librero: está tomando The year of magical thinking, de Joan Didion. Hice lo mismo: me agaché para tomar el último ejemplar. Afuera seguía nevando. No recuerdo cuántas veces lloré en Nueva York ni cuántas veces me perdí en el metro mientras leía a Didion. Un cliché.

II

Parece ocioso tratar de defender lo que podemos hacer con nuestros recuerdos y memorias: pensar, actuar, escribir, ponerlos al frente, decirle al mundo que sí pasaron y se convirtieron en parte de las historias acumuladas en las amarras de la incertidumbre y la ternura. Joan Didion murió el 23 de diciembre de 2021 y parte de su herencia es habernos dejado la determinación de esa defensa, una apuesta por la escritura del interior. Escribir de adentro hacia adentro, en un loop que se refleja hacia afuera. “Verse obligado a contemplarse a uno mismo es, en el mejor de los casos, un asunto incómodo, como intentar cruzar una frontera con documentación prestada”. Para ella, la escritura no significaba entender en su totalidad las experiencias y sus significados, sino algo que fluye y acontece: “la gramática es un piano que toco de oído. Todo lo que sé de gramática es su poder”, escribió.

Determinación es una palabra que la describe a ella y a sus ancestros, quienes llegaron a California en la Expedición Donner, esa famosa historia de migración. Didion nació en Sacramento el 5 de diciembre de 1934. Estudió en Berkeley. Se quedó en California hasta que terminó la universidad. “De alguna forma California siempre ha permanecido impenetrable para mí”, dice en The center will not hold. Tiempo después, empezó a escribir en la revista Vogue desde Nueva York, luego de ganar un concurso de ensayo.

En Nueva York, Didion seguía creyendo en las posibilidades: “tenía esa sensación tan propia de que en cualquier momento iba a pasar algo extraordinario, cualquier día y cualquier mes”.

{{“Adiós a todo aquello”, en Los que sueñan el sueño dorado.}}

En esa ciudad monstruo, conoció a su esposo, John Dunne. Se casaron en 1964 y la estancia en Nueva York, que en principio sería de algunos meses, se alargó durante ocho años.

Didion escribió sobre su vida en Nueva York y en California, sus viajes del otro lado de la costa, la revolución sexual, los rockstars, las actrices, los crímenes mediáticos, todo desde un punto de vista personal y emocional. Se arrojó a lo subjetivo y se separó de la apatía. En la revolución de la corriente del “nuevo periodismo”, fue una de las pocas mujeres consideradas como representantes. Una mujer que escribía sobre sentimientos y emociones, sobre lo que sucedía adentro del afuera: un cliché subversivo.

La defensa del cliché es la defensa del asombro. Es la idea de que existen las posibilidades de algo nuevo, y que “a nadie jamás le ha pasado nada parecido a lo que te pasa a ti, pese a todas las pruebas que apuntan a lo contrario”

{{Idem.}}

: partículas de lo que podrá ser, todavía. He aquí parte de la disrupción y la trascendencia de su escritura: mientras la mayoría del contenido que se publicaba en revistas como Vogue, Life y Esquire era, por así decirlo, más objetivo y directo, Didion lo hacía más personal.

Es tramposo decir que las emociones están separadas de la razón. Escribir frente a la fragilidad es una forma de asumirse cercana y en contra del mundo: esto es algo que también me enseñó Didion.

III

Existen amplias discusiones sobre las diferencias y semejanzas entre los conceptos “afecto” y “emoción”, pero hay algo que las emparenta definitivamente: la manera en que intensifican y definen el cuerpo. Al cuerpo lo hienden las emociones provocadas por el mundo. El mundo está habitado y definido por cuerpos diferenciados: cuerpos que sienten y son sentidos en maneras muy diversas. Las emociones están sujetas al pensamiento y responden a nuestro ser vulnerable ante el mundo. La obra de Didion, que bien abarca la ficción y la no ficción, está atravesada –me atrevo a decir– por tres afectos principales: dolor, rabia y ternura. Para ella, la manera de enfrentar estos afectos era examinarlos, y conocer a profundidad el miedo que generaba sentirlos.

Esconder la afectividad en la razón o la razón en la afectividad es una especie de farsa. Lo poderoso está en mostrar esos afectos, sacarlos a la luz, dejarlos tendidos y remojados, a la vista de todos. Y es quizás aún más aventurado hacerlo desde esa escritura personal y cercana del yo. Los ensayos de Didion, principalmente sobre el duelo y la maternidad (The year of magical thinking y Blue nights), son una venganza en contra de la invisibilización de las emociones. En ellos se revela frente a sí misma para confrontarse con sus emociones, para erguirse sobre ellas y mostrarlas hacia otras esquinas del mundo, y habitarlas. Estoy segura de que este es uno de sus legados: hacer visibles los afectos, en oposición al silenciamiento.

La historia nos ha enseñado sistemáticamente que las mujeres (especialmente nosotras) no debemos hablar sobre lo que pasa en lo privado, dentro de la casa, dentro de la habitación, en la cama. Silencio y dolor, o silencio y fragilidad, o silencio y duelo caminan de la mano. Siempre el silencio. Pero las categorías, las palabras y sus definiciones están cambiando. Para Didion, las palabras resuenan en su posibilidad del fallo. Escribir sobre lo privado es necesario y relevante para encontrarnos con otras historias, otros dolores y otros miedos.

En esta disrupción y en este fin de las categorías inamovibles, la distinción entre razón y emoción, entre sentimientos y pensamientos, se disuelve. Cuando Didion escribe sobre sus duelos, afirma que “el miedo no es por lo que se pierde. El miedo es por lo que aún podemos perder”. La mente y el cuerpo se vuelven parte de estas corporalidades afectivas y de estas sociedades afectivas: una unidad capaz de transportarse y delimitar fronteras para volverlas a trazar y seguir moviéndose.

Las historias privadas, aquello de lo que no debemos hablar, se desvanecen como las noches azules. De algún modo, con Didion siempre podemos regresar a ese azul.