Al salir del portal
un solemne me obliga
a la primera sonrisa
educada,
pero de pronto,
me distraigo
y aflora mi cara de idiota:
es que la mosca
me llama con su vuelo
insistente,
que me absorbe
con más fuerza
que el vuelo silencioso
y ondulado de la mariposa.
La urbanidades me cansan,
me obligan a un esfuerzo
de hipocresía.
La mosca es espesa,
no vive del aire,
vuela de uno a otro
excremento,
pero el ruido de su vuelo
me devuelve
al sol de la broma y el juego.
Cuando debo sonreír,
sonrío,
pero no entiendo
por qué sonreír en ayunas
de placer y disfrute;
la mosca,
con su vuelo ladino y pegajoso,
interrumpe reverencias y zalamerías,
entonces y sólo entonces,
verdaderamente, sonrío
e, incluso, me vence
la risa franca. ~
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