Uno de los primeros libros que leí en la adolescencia fue Las batallas en el desierto (1981), de José Emilio Pacheco. Años después, ya bien entrado en los treinta y con cierta madurez lectora, me enfrenté a una de las obras más desafiantes, casi maravillosamente imposibles, de mi vida –y de la de cualquiera–: Paradiso (1966), de José Lezama Lima. No se me ocurren dos libros tan diferentes: uno encantador, breve e iniciático; el otro, aplastante, complejo y desmesurado desde todos los puntos de vista. No tienen nada en común, salvo que ambos me marcaron, como a muchos lectores de mi generación y de mi país, y que los leí en Ediciones Era. Puedo afirmar, entonces, que Era está presente en esos dos extremos de mi vida lectora que representan los libros de Pacheco y de Lezama, y también en el amplísimo espacio literario que media entre ellos.
Era fue una empresa de su tiempo, lo que al hablar de una casa editorial significa que en alguna medida lo configuró. Si la afirmación parece exagerada, basta demostrarla: su primer título fue La batalla de Cuba, de Fernando Benítez, aparecido en 1960, apenas pocos meses después del triunfo de la Revolución cubana, y que agotó su tiraje de cinco mil ejemplares en un mes. Allí están ya, inaugurando esa década legendaria, el entusiasmo que levantaron Fidel Castro, El Che y los demás barbudos; el espíritu latinoamericanista que sacaría a cada nación del subcontinente de su acostumbrado ensimismamiento para darse cuenta de lo que compartía con las demás, y la fusión entre literatura y política, que arrojaría lo mismo algunas de las obras más ilegibles y de las más logradas de la historia cultural de nuestra región.
Con la cómoda ventaja de ordenar las cosas en perspectiva, en ese título fundador puede adivinarse el germen de tres de las colecciones que marcarían el rápido éxito de la editorial: Ancho Mundo, sobre la actualidad política mundial; Serie Popular, de teoría marxista, y Biblioteca Era, de literatura, concibiéndola en un sentido amplio, en la que tenían cabida todos los géneros literarios –de la poesía a la crónica– y libros venidos de Inglaterra o de la Unión Soviética, daba igual, mientras tuvieran la calidad de un Malcolm Lowry (Bajo el volcán, 1964) o de un Isaak Babel (Caballería roja, 1965). A estas tres colecciones habría que sumar la exquisita Alacena, más delicadamente literaria y con preferencia por la brevedad y los escritores mexicanos.
La mezcla de Latinoamérica, marxismo y literatura no fue una extravagancia, sino un espíritu compartido por varias editoriales de la región, como la también mexicana Siglo XXI, el Centro Editor de América Latina en Argentina, la uruguaya Arca y, por supuesto, Casa de las Américas en la Habana, que marcaba línea, aunque Era fue una de las precursoras. Otra de sus novedades fue la fructífera relación que estableció con diferentes publicaciones culturales –en particular con la Revista de la Universidad de México, la Revista Mexicana de Literatura y el suplemento La Cultura en México, dirigido por un Fernando Benítez recién llegado de su aventura cubana–, lo que le aseguraba a la editorial reseñas de sus libros y un diálogo que hacía de ellos materia de conversación y de debate.
Habría que destacar también la procedencia de sus fundadores –Neus Espresate, Vicente Rojo y José Hernández Azorín, cuyos apellidos dieron, con sus iniciales, nombre a la empresa–, exiliados españoles, impresores y artistas plásticos, lo que explica la ideología de la casa, pero también el cuidado editorial de esos primeros títulos y sus preciosas cubiertas, en un tiempo en que el libro conoció uno de los periodos más masificados de su historia en América Latina. A veces se olvida que el arte y el libro de arte fueron otra de las vetas del catálogo de Era, como lo demuestra su obra cumbre, la maleta Octavio Paz / Marcel Duchamp (1968), diseñada por Vicente Rojo, que hoy es una codiciada pieza tanto de biblioteca como de museo, o el hoy inconseguible Catálogo razonado (1994) de Remedios Varo.
Volviendo al acrónimo Era, en la unión de esos tres apellidos se contenía el deseo de amalgamar literatura y política, un cosmopolitismo de izquierda que todavía no sospechaba la censura y la represión que vendrían por uno y otro lado, la melancolía por la guerra perdida en España hacía veinte años pero compensada con la esperanza de hacer la revolución en el de nueva cuenta Nuevo Mundo, y la ambición de publicar la mejor literatura venida de cualquier parte, pero sobre todo de Latinoamérica y en especial de México, pues la nueva época que estaba por inaugurarse exigía también una literatura nueva.
En pocas palabras, Era quería publicar libros buenos y cambiar el mundo. Consiguió lo primero y también, de paso, cambiar la literatura mexicana, lo que no sé si estaba en sus planes iniciales. Con el correr de los años, las colecciones de literatura fueron adquiriendo protagonismo, mientras que las de marxismo tuvieron un destino no muy diferente, aunque menos espectacular, que el de las ruinas del muro de Berlín. Quizás el zapatismo, con sus simpáticos y fervorosos comunicados, le dio a Era un último soplo guerrero, aunque contra lo que se pensó en la noventa, el movimiento no renovó la posibilidad de la revolución, sino que mostró su agotamiento, al menos hasta nuevo aviso.
Si bien Era tuvo una participación relevante pero no decisiva en la conformación del boom –allí se publicaron Aura (1962) y El coronel no tiene quien le escriba (1963), dos de las obras más hermosas del grupo cuando ni siquiera sus miembros sabían que lo integraban–, fue la artífice de la Generación de Medio Siglo. No deja de ser paradójico que una editorial rabiosamente política haya engendrado al grupo más apolítico de esos tiempos convulsos, al que más que tomar el cielo por asalto le importaba explorar el erotismo, el dolor y las invisibles aventuras de la vida interior, en un estilo literario muy sofisticado y consciente de sí mismo, para el que el término literatura comprometida constituía el peor de los insultos. En Era vieron la luz muchos de los cuentos y la crítica pictórica y literaria de Juan García Ponce, Inés Arredonodo se estrenó con La señal (1965), Salvador Elizondo publicó Narda o el verano (1966) y Juan Vicente Melo La obediencia nocturna (1969), mientras que Sergio Pitol, a lo largo de más de tres décadas, desarrolló su literatura, del cuento (No hay tal lugar, 1967) y la novela (Domar a la divina garza, 1989) a ese maravilloso libro de género innombrado, mezcla de lecturas, viajes e infancia, que es El arte de la fuga (1996).
A Era le debemos no solo una de las generaciones más enigmáticas, experimentales y atormentadas de la literatura mexicana –la de Medio Siglo–, sino también algunos de los mejores momentos de un género que, por más que lo ignoren los manuales, ha definido nuestra literatura. Ese primer título con estatuto histórico, La batalla de Cuba, marcó el camino de las armas de Era, pero también el de las letras, al designar a la crónica como uno de sus caballos de batalla. La trayectoria de Elena Poniatowska y de Carlos Monsiváis se confunde con la de su casa editora, y libros como La noche de Tlatelolco (1971) o Nada, nadie. Las voces del temblor (1988), de la primera, siguen siendo esenciales para escuchar y entender el México de la segunda mitad del siglo XX, mientras que Amor perdido (1977) o Los rituales del caos (1995), del segundo, analizaron la cultura mexicana de una forma en la que en buena medida la seguimos entendiendo. La curiosidad, erudición, compromiso y ubicuidad de ambos cronistas y ensayistas dejó pocos aspectos de su México sin explorar, y hoy podemos asomarnos a ese tiempo pasado en el fugaz presente de la lectura a través de la buena decena de títulos que publicaron en Era.
Otro de los autores de cabecera de la editorial, como no podía ser de otra forma, es el escritor más literariamente político, y viceversa, de la literatura mexicana. José Revueltas perdió todas las batallas que peleó en vida, salvo la de la literatura, y esas victorias quizás más perdurables que las de la historia pueden leerse ya sea en El apando, diminuto y grandioso, que Era publicó en 1969, o en los muchos tomos de las obras completas, luego reeditadas más modestamente como obras reunidas, que verían la luz a través de los años. Curiosamente, me doy cuenta de que no se compilaron las obras completas de José Emilio Pacheco, pero la mayoría de sus títulos se editaron por primera vez o fueron oportunamente reeditados por Era. Si Revueltas representa el alma combativa de la editorial, en Pacheco puede verse su apertura a todos los géneros literarios. Uno de los últimos acontecimientos editoriales que creó Era fue la antología en tres tomos de los célebres y escurridizos Inventarios (2017), que contienen el genio y la sabiduría –los sustantivos son justos– de Pacheco.
Mención especial merece la poesía de Era, que por sí misma representa un capítulo no menor de la historia del género en México. De la transparencia y cotidianidad de Fabio Morábito y Antonio Deltoro al deslumbrante barroco de Coral Bracho y David Huerta, Era marcó muchos de los senderos transitados por la poesía mexicana de las últimas décadas. Tanto los poetas consagrados que alguna vez fueron principiantes, como Javier Sicilia o Elsa Cross, como principiantes que terminarán siendo consagrados, como Julián Herbert o Hernán Bravo Varela, aunaron su vocación poética a la de la editorial. No todo es poesía mexicana, claro, en una editorial abierta al mundo, en la que el argentino Juan Gelman encontró un hogar en el exilio y donde se publicaron algunas traducciones memorables, como la de Anábasis, de Saint John Perse, llevada a cabo por José Luis Rivas, por mencionar una de ellas. Pero más allá de su importancia –signifique lo que signifique el término en literatura–, confieso que mi libro preferido de poesía en Era es El otoño recorre las islas, del malogrado José Carlos Becerra. Al releerlo, recuerdo que la poesía puede encontrarse en muchos sitios inesperados, incluyendo en el traje de Batman doblado en una silla o en su señal reflejada en el cielo.
Pretender abarcar la historia, es decir, el catálogo de una editorial como Era en un texto de esta índole sería un despropósito. Yo soy un lector de literatura, por lo que al ver el logo de la editorial –ese geométrico ser con el brazo izquierdo levantado–, pienso en títulos como Las batallas en el desierto y en Paradiso, que por algo mencioné en el primer párrafo. Pero son muchos más mis libros preferidos de la editorial, cuya importancia en la literatura mexicana a estas alturas es ocioso señalar. Conozco el valor de sus colecciones de ciencias sociales, pero para mí Era será siempre la editorial que completó el inacabado rompecabezas de la Revolución mexicana con la tierna y cruel Cartucho (2000, en Era), de Nellie Campobello, y con los cuentos del olvidado Rafael F. Muñoz (Que me maten de una vez. Cuentos completos, 2011); la que cosió los pliegos de ese libro perfecto y frágil que es Disertación sobre las telarañas, de Hugo Hiriart; la que dio a conocer en México las travesuras del argentino César Aira; la que me llevó, feliz, a la Edad Media de la peste negra en El cuarto jinete (2021), de Verónica Murguía; la que resucitó a Pancho Villa y fray Servando en las sendas biografías de Friedrich Katz y de Christopher Domínguez Michael, y la que rescató las fábulas sin moraleja de Augusto Monterroso.
Es mucho lo que los lectores de carne y hueso y ojos le debemos a Era, y lo mismo es válido para esa abstracción llamada literatura mexicana. Más allá de la burocrática historia de la literatura, Era moldeó la imaginación, la sensibilidad y la capacidad crítica de México durante varias décadas, y esa es la verdadera labor –temeraria y delirante– de una editorial. Son miles las páginas vivas que surgieron hace sesenta y seis años sin que nadie lo supiera todavía, con tres personas a las que se les ocurrió unir sus apellidos, hacer libros y transformar el mundo. ~