Manuel Pereira en Ciudad Rodrigo, Salamanca, 1991. Foto: cortesía.

Leer el aire: una despedida a Manuel Pereira

El 11 de octubre falleció Manuel Pereira (1948-2026). Su antiguo alumno recuerda al escritor cubano exiliado en México, quien encontraba una revelación literaria donde los demás veían un acontecimiento.
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“Soñé los tiempos idos…
y fue el pasado en su mudez tranquila”.
Meditación ante el cráneo de Schiller, Goethe

Desde que murió Manuel Pereira no ha parado de llover. Él, que aprendió de Lezama a leer el aire, habría reconocido en esta lluvia alguna correspondencia secreta. Habría recordado, con una sonrisa traviesa, un mito, una novela, un verso. Quizá los cien años de lluvia que sumergen el mundo en un océano cósmico en el Bhagavata-purana; los cuatro años, once meses y dos días de Macondo; o el diluvio que inunda La Habana Vieja en las páginas finales de su Insolación (2006). Habría sabido leerla. Y habría corrido a escribir un ensayo sobre ella. Era su manera de habitar el mundo. Donde los demás veíamos un acontecimiento, él encontraba una revelación literaria.

Para Manuel, la realidad era una de las tantas formas de la literatura. De vez en cuando había que abandonar los libros para salir a su encuentro, descubrirla a la intemperie, suelta por el mundo, y después plasmarla en la escritura. Había que entrenar la mirada para desentrañar las afinidadesentre ambos mundos. En su primera clase nos llevó a recoger hojas de los fresnos en los jardines de la universidad. Luego tuvimos que describirlas minuciosamente. Sin saberlo, entrábamos en el universo de Robbe-Grillet y Georges Perec a través de la botánica. El verdoso umbral de una literatura que empezaba por los ojos.

Esta mañana recibí la noticia de su muerte. Aunque hacía más de diez años que no lo veía, un aluvión de recuerdos e imágenes me ha invadido. En Manuel, la literatura y la vida se superponían como las escrituras de un palimpsesto. Hablaba con familiaridad de un filósofo presocrático, de un personaje de novela gótica o de algún viejo amigo de La Habana. Como si todos fueran sus contemporáneos, sus íntimos. Mientras sus manos trazaban líneas invisibles en el aire, recordaba una conversación con García Márquez con la misma naturalidad con que evocaba las desventuras de un héroe homérico.

Una vez, después de meterme en una pelea por una novia, lo llamé en busca de consejo. Me tuvo dos horas al teléfono hablándome de los pequeños líos que habían armado Helena de Troya, Menelao y Paris. En otra ocasión, al caminar por los pasillos de la universidad, se detuvo para observar a una mujer que se peinaba sobre la escalinata: “mira, mira, una sirena de la Odisea”. Cuando descendió con Cortázar a una cueva en Nicaragua, ambos se convirtieron en los protagonistas de Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne. Hasta el andador metálico que utilizó tras romperse una pierna se transformaba en el mítico Pegaso. Una incesante metempsicosis literaria.

Su erudición era genuina, orgánica, una suerte de gnosticismo cotidiano. Como la poesía, su humor suspendía por un instante la lógica de lo real, dejando entrever las posibilidades quiméricas que latían bajo la superficie de las cosas. Era su manera de aventurarse más allá de las apariencias, como si intentara levantar el velo de Pistis Sophia. Hasta en los detalles más insignificantes encontraba hilos invisibles. Nos explicaba, por ejemplo, que la palabra “cosmético” provenía del griego kósmos, que significa orden. Así, según su divertida interpretación, maquillarse no era otra cosa que poner orden en el desorden. Gracias a aquella pirueta etimológica, la antigua Grecia reaparecía entre perfumes y cremas de un centro comercial. La mitología estaba por todas partes. Astillada. Oculta. Disfrazada. Sólo había que saber mirar. Y algo de etimología, claro está.

Durante una clase dedicada a El azar y la necesidad, de Jacques Monod, se terminó discutiendo, paradójicamente, la existencia de un designio divino detrás de los acontecimientos fortuitos. Del azar de Monod pasamos, casi por necesidad, a la célebre apuesta de Pascal. Manuel la consideraba esencial y la había llevado a la quinta potencia. Si la existencia de Dios era una apuesta, Manuel tenía cubiertos todos los flancos. Católico de nacimiento, desde niño se había familiarizado también con los orishas de la tradición yoruba a través de las santeras de La Habana Vieja. Conocía la Biblia a fondo y había leído el Corán, donde descubrió al Salomón capaz de comprender el lenguaje de los pájaros. Su curiosidad insaciable tenía algo de fervor gnóstico y lo había llevado más allá de las fronteras de la ortodoxia. De tanto frecuentar libros sagrados, había terminado por cultivar un alegre sincretismo religioso. Por si acaso, también había memorizado las fórmulas de El libro de los muertos de los antiguos egipcios, necesarias para superar las pruebas del más allá. Y en su escritorio convivían, como viejos conocidos, la figurilla de un Buda chino y un crucifijo de Cristo.

Al finalizar aquel recorrido por las distintas geografías del otro mundo, alguien planteó una última pregunta: ¿Dios era hombre o mujer? “Si es hombre, nos arreglamos fácil”, respondió Manuel. “Si es mujer, pues nos arreglaremos”, añadió con picardía. Algunos estudiantes se indignaron. Les pareció una falta de respeto. La broma escondía un trasfondo metafísico, siglos de especulación teológica y fantasías mitológicas condensados en una jocosa hierogamia habanera. El mismo hombre que estudiaba los enigmas de la eternidad se permitía bromear con Dios. La etimología hebrea de su nombre parecía autorizarlo. Para Manuel, la libertad consistía también en acercarse a lo sagrado sin someterse a sus solemnidades. 

Su pasión por la literatura se manifestaba, además, en las pequeñas batallas de la vida cotidiana. En una cárcel de Mallorca comenzó un taller literario con treinta presos leyendo “El cuervo” de Poe. Seis meses después, sus alumnos le confesaron que durante sus clases las rejas desaparecían y volvían a sentirse libres. En la Ciudad de México, se embarcó en una disputa con las autoridades capitalinas y el administrador de su colonia para impedir que la calle Nellie Campobello fuera rebautizada con el prosaico nombre de Calle 5. Y lo consiguió. En una metrópoli de más de veinte millones de habitantes, un cubano salvó el nombre de una de nuestras más grandes escritoras de la vulgaridad de un número. 

Cuando impartió clases en el Centro Cultural Helénico, organizó exposiciones de Francisco Toledo y conciertos del violonchelista Carlos Prieto. Le fascinaba la historia de su capilla gótica, que contaba una y otra vez. William Randolph Hearst, el magnate que inspiró Ciudadano Kane, había mandado desmontar la construcción medieval en España para trasladarla a Nueva York, donde permaneció almacenada durante décadas. Hasta que el coleccionista mexicano Nicolás González Jáuregui adquirió sus piedras y reconstruyó la capilla en la capital. Una de esas extravagancias de la historia que Manuel contaba como si se tratara de una novela de aventuras. Para él, la capilla era “como una máquina del tiempo: al entrar por la galería de columnas románicas ya se está en el siglo XII, se pasa por debajo de un arco flamígero y se desemboca en las postrimerías del XIV, se sube una escalera de caracol y retrocedemos al siglo XII, y si miramos el artesonado nos trasladamos al XVI”. La máquina del tiempo de H. G. Wells había cobrado forma, piedra por piedra, en una capilla medieval de la Ciudad de México.

Manuel también sabía lo que significaba trasladar una vida de un país a otro. Al salir de Cuba, en 1991, había dejado atrás una biblioteca de cuatro mil ejemplares. Años más tarde, otra de tres mil quedó en España. Llegó a México con apenas dos maletas. En una viajaban los libros que habían sobrevivido a sus sucesivos destierros, sus ejemplares dedicados de Rayuela, Cien años de soledad, Paradiso y El reino de este mundo. Y en la otra traía el manuscrito de Insolación.

México fue su resurrección literaria. El trato cotidiano con los jóvenes y el reencuentro con viejos amigos, como Eliseo Alberto, avivaron su impulso creador. Manuel era un volcán en erupción. En sus clases repetía que para escribir era tan importante leer como olerle el culo a un gato. Por suerte, mi alergia a los felinos me libró de la segunda experiencia, porque entonces imitarlo era nuestra forma más genuina de admiración. Sin embargo, la provocación escondía una lección sobre la necesidad de vivir, de conocer el mundo con todos los sentidos, incluidas sus miserias y desgracias. Todo podía ser materia literaria. Como en Proust, la memoria y la escritura otorgaban a la experiencia una segunda existencia.

Y eso fue precisamente lo que hizo Manuel con sus novelas mexicanas. En Insolación (Diana, 2006), exploró las razones que lo llevaron, siendo adolescente, a rechazar una beca ofrecida por Fidel Castro y, al buscar respuesta, reconstruyó el entusiasmo y el desencanto revolucionario de toda una generación. En Un viejo viaje (Textofilia, 2010), un pintor detenido en Barajas se debate entre regresar a Cuba o permanecer en España. En El beso esquimal (Textofilia, 2015), un escritor exiliado pisa de nuevo La Habana, después de doce años de ausencia, para visitar a su madre enferma. Y en La estrella perro(Textofilia, 2018), recuperó las calles de su infancia, los personajes y las supersticiones de un barrio habanero donde la historia convivía con la picaresca, los fantasmas y la magia popular. Novela tras novela, Manuel fue construyendo una mitología íntima de Cuba y del exilio, donde las pérdidas, los recuerdos y las desventuras alimentaban una comedia humana tan dolorosa como disparatada.

Al mismo tiempo, publicaba libros como Biografía de un desayuno (Miguel Ángel Porrúa, 2008) y El ornitorrinco y otros ensayos (Textofilia, 2013), donde su imaginación encontraba quizá su expresión más libre. Consciente de que “la literatura es una sucesión de herencias fantasmales”, Manuel se inscribía en una tradición que iba de Montaigne a Sartre. Concebía al ensayo como una forma de “tocar un misterio, explorar un abismo” mediante una prosa de doble naturaleza, artística e intelectual. Allí hilaba imágenes y conceptos remotos hasta componer una constelación de afinidades insospechadas.

Un perro, un pájaro, un ornitorrinco, las máscaras, los espejos o el error de Cristóbal Colón podían conducirlo de la zoología a la mitología, de una pintura renacentista a la biología, de la física cuántica a los sonetos de Shakespeare, de un texto sagrado al sabor de una guanábana. Entre épocas y disciplinas distantes, siglos de silencio quedaban súbitamente iluminados por el relámpago de una analogía.

Aquel conocimiento proteico no se limitaba a sus libros. En sus clases desplegaba toda su vitalidad. Manuel había heredado de Lezama las enseñanzas del Curso Délfico y terminó por reinventarlas, con su habitual picardía, en El Curso Élfico. Consistía en una sucesión de lecturas y conversaciones que se ramificaban libremente. Manuel compartía libros con la alegría de quien descubre un tesoro y se apresura a repartirlo. Una novela daba pie a una anécdota, una palabra a una digresión etimológica, un personaje a una incursión por los territorios del mito. Las charlas se prolongaban en su casa de Tolteca 206, donde varios alumnos acudíamos a visitarlo. Su manera de enseñar tenía algo de mayéutica socrática, un arte de despertar la curiosidad y educar los sentidos para revelar las posibilidades literarias del mundo.

La iniciación comenzaba con un libro elegido para la sensibilidad de cada alumno. Lezama había puesto en manos de Manuel El gran Meaulnes, de Alain-Fournier. A mí me tocó El diablo en el cuerpo, de Raymond Radiguet. Luego venían los clásicos y, más adelante, el bosque de las rarezas literarias. La lista, tan codiciada entre los estudiantes de la universidad, fue creciendo a lo largo de diez años de amistad. Todavía hoy conservo intacto el hechizo de esas lecturas.  

De ese bosque quisiera rescatar unos cuantos títulos y compartirlos como un pequeño homenaje a su memoria: Jacques el fatalista, de Diderot; La maravillosa historia de Peter Schlemihl, de Adelbert von Chamisso; Gaspar de la noche, de Aloysius Bertrand; Los cantos de Maldoror, del conde de Lautréamont; Contranatura, de Joris-Karl Huysmans; Vidas imaginarias, de Marcel Schwob; Enormes minucias, de Chesterton; Impresiones de África, de Raymond Roussel; Monsieur Teste, de Paul Valéry; Contrapunto, de Aldous Huxley; Mientras agonizo, de Faulkner; Cartucho, de Nellie Campobello; Viaje al fin de la noche, de Céline; Vengadoras angelicales, de Karen Blixen; La muerte de Virgilio, de Hermann Broch; El conde Luna, de Alexander Lernet-Holenia; El barón rampante, de Italo Calvino; Opus nigrum, de Marguerite Yourcenar…

Y aquí me detengo. Tania Favela, su amiga infinita, me escribió esta mañana para decirme que Manuel ya iba camino de reunirse con Lezama. Quizá a estas horas haya llegado y esté descifrando, por fin, el mensaje del Dios Extraño. De algo estoy seguro, ambos están fumando en la eternidad. Después de una vida persiguiendo enigmas entre libros, dioses y mitologías, me gusta imaginarlo en una fiesta donde lo reciben todos sus contemporáneos, los reales y los imaginarios.

Mientras tanto, aquí abajo, a falta de La Habana, la Ciudad de México se ha empeñado en inundar sus calles y avenidas para despedirlo con el diluvio de las últimas páginas de Insolación. Sigue lloviendo. Manuel habría sabido encontrar en este aguacero una correspondencia secreta. Yo todavía intento descifrarla. ~


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