Foto: Katherine Wolkoff

Louise Glück, el centro y la periferia, las reglas del juego

Fue polémica la decisión de la premio nobel de dejar a la editorial que publicaba sus libros en español y firmar contrato con otra. Tras el incidente, algunas reflexiones en torno a sus pormenores y las reacciones que generó.
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El jueves 8 de octubre la Academia sueca anunció que la ganadora del Premio Nobel de Literatura 2020 era la poeta Louise Glück (Nueva York, 1943). Muy pronto, los medios del mundo hispanohablante hablaron no solo de ella sino también de la editorial Pre-Textos, con sede en Valencia, España, que “apostó” por ella hace catorce años, que en ese lapso publicó siete de sus once libros, de los que vendió muy pocos ejemplares, y que ahora podría alcanzar –por fin– el éxito comercial.

Sin embargo, ese sueño de grandes ventas se diluyó enseguida. Ya al día siguiente del anuncio del Nobel, la agencia literaria que representa a Glück, liderada por Andrew Wylie, le buscaba un nuevo editor para nuestro idioma. La noticia se supo más de un mes más tarde: el viernes 13 de noviembre, a través de una columna de Andrés Trapiello en el diario español El Mundo. A partir de ese momento, los medios comenzaron a llenarse de críticas contra la poeta, quien ahora, según esas versiones, aprovechándose del prestigio y la fama que el premio le brindaba, firmaría un contrato con un gran grupo editorial para (¡horror!) ganar más dinero.

Esto hizo que tanto en España como en América Latina surgiera una ola de apoyos para Pre-Textos. El apodo de Wylie –“el Chacal”, debido a lo agresivo de sus tácticas de negociación–, favorecía la versión maniquea de la historia: el bien contra el mal, la pobre editorial pequeña “traicionada” por la poeta (y su agente) a la que había apoyado cuando no la conocía nadie. Claro que, como suele ocurrir, la realidad es bastante más compleja.

 

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Que un escritor cambie de editorial no es tan extraordinario. Sucede con frecuencia, del mismo modo que casi cualquier trabajador deja un empleo si tiene la posibilidad de acceder a otro con mejores condiciones. De hecho, si un escritor elige tener agente es precisamente para que se ocupe de estos asuntos. Mucho más si el agente elegido es Wylie, considerado el agente más poderoso e influyente del mundo, cuya agencia gestiona las obras de Borges, Kundera, Nabokov, Munro, Camus, Carver, Bolaño, Cheever y Baricco y setecientos más.

Lo que cabía preguntarse ya desde el comienzo era: ¿podía ser el dinero el motor de la decisión de Glück de buscar nuevo editor en español? Acaba de ganar el Nobel, es decir, más de un millón de dólares. Es poeta, y sabemos que la poesía no se vende: las posibles regalías de sus libros traducidos al español son, sospecho, muy minoritarias en relación con el mercado angloparlante. No parecía tener mucho sentido que el móvil de la decisión fuera el dinero.

Las declaraciones de Manuel Borrás, editor de Pre-Textos (quien consideró la decisión de Glück como “un auténtico atropello”), ya se habían multiplicado en decenas de medios cuando por fin pudimos escuchar la otra campana. En una entrevista publicada por El País el domingo 22 de noviembre, Andrew Wylie dijo que su agencia llevaba tiempo “buscando un nuevo hogar para Glück en lengua española”, ya que –aseguró– la editorial valenciana había incumplido acuerdos, se había demorado en pagos, no había respondido mensajes, y solo después del Nobel volvió a ponerse en contacto con ellos.

Por lo demás, La Vanguardia informó que desde la agencia de Wylie, el día siguiente al anuncio del Nobel, no llamaron a Planeta o a Penguin Random House: llamaron a la editorial Visor, también independiente y más o menos del mismo “tamaño” que Pre-Textos. Finalmente, el viernes 27 se confirmó que, desde ahora y al menos durante los próximos siete años, la obra de Glück será editada por Visor, lo cual parece confirmar que el cambio de editorial no tenía el objetivo de llenarse de dinero. “No entiendo qué motivo tiene Borrás para enfadarse –expresó Chus Visor, fundador y director de la editorial con sede en Madrid–. No entiendo tanto revuelo. Que un autor cambie de editorial es lo más normal del mundo”. Según Visor, además, Wylie le dijo que “firmarían con cualquier editorial española antes que con Pre-Textos”.

 

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Entre los hechos más llamativos del caso está la velocidad con que mucha gente levantó sus lanzas en defensa de Pre-Textos sin conocer los detalles de la cuestión. El 16 de noviembre –tres días después de la columna de Trapiello en El Mundo, seis antes de la entrevista a Wylie en El País–, el blog del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires y la revista Buenos Aires Poetry publicaron una carta abierta a Andrew Wylie y Louise Glück (en ese orden).

La carta –firmada por más de 700 escritores, traductores, editores y periodistas de decenas de países– dice, entre otras cosas: “Queremos dejar sentado nuestro descontento por una práctica cada vez más frecuente que denigra la confianza, conspira contra la lealtad y condena a la literatura a ser un producto más del mercado, relativizando los valores humanos de los que se supone debería ser portadora”. Como declaración de intenciones es loable. Pero me da la impresión de que no tiene mucho que ver con el asunto en cuestión.

 

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Algunos de los artículos que se han escrito sobre este tema aluden a la poca importancia que, supuestamente, una poeta estadounidense (y su agente) le dan a la difusión de su obra en el mundo hispanohablante. No creo que sea tan así. Si la llamada de la agencia Wylie a Visor se produjo al día siguiente del anuncio del Nobel, es porque les importa.

Lo que sí creo es que la tensión centro-periferia a la que en realidad conviene prestar atención es otra. Al menos para nosotros: los lectores latinoamericanos. Más que discutir sobre la tensión entre el mundo angloparlante como centro y el de nuestro idioma como periferia, creo que la tensión entre España como centro y América Latina como periferia es la que debería imponerse.

Me explico. En Argentina –donde se originó la carta abierta de apoyo para Pre-Textos y donde yo escribo este texto– los libros de poesía de industria local cuestan, más o menos, entre 700 y 1.000 pesos (unos 5-7 dólares). Los pocos ejemplares de los libros de Glück editados por Pre-Textos que se ofrecen ahora acá valen entre 3.000 y 5.000 (entre 20 y 33 dólares). Si un español viniera a Buenos Aires y quisiera comprar uno, se sorprendería al tener que pagarlo un 50 % más caro que en su país, cuando los ingresos promedio acá son entre tres y cuatro veces más bajos que allá.

¿A qué se debe todo esto? Las causas principales podemos buscarlas en la disparidad de las situaciones económicas, los costos de envío, el comportamiento abusivo de ciertos distribuidores. Lo cierto es que aquí en Argentina –y sospecho que lo mismo sucede en la mayor parte de Latinoamérica– esos libros son casi objetos de lujo, bienes suntuosos a los que solo una pequeña élite de lectores puede acceder.

A los lectores latinoamericanos nos convendría que los libros de Louise Glück salieran por editoriales locales. O, en su defecto y desde una mirada puramente egoísta, que salieran por algún sello de Planeta o Penguin Random House, que imprimen sus libros acá y por lo tanto manejan precios más acordes a los bolsillos locales. Lo aclaro: me encantaría que los libros de Louise Glück fueran editados en cada país por editoriales locales; lamento la concentración del mercado y el poder abusivo de las multinacionales. Lo que señalo es la consecuencia de que los derechos de Glück no sean de Planeta o de Penguin Random House sino de Pre-Textos o de Visor: en un país como Argentina, no podrá acceder a sus libros casi nadie. La mayoría de los interesados deberán leer sus poemas en fotocopias, en PDF o en internet.

 

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Igual que sucede con el fútbol, en el que los clubes y las ligas de mayor poderío económico se llevan a los mejores jugadores de los clubes y las ligas con menos recursos, así suele suceder en el mundo de los libros. Las editoriales más grandes suelen incorporar a sus catálogos a los autores que se han destacado con éxitos comerciales publicados por sellos independientes.

Sin embargo, estos últimos cuentan con una herramienta clave, con la que pueden marcar una diferencia: dar un trato más cuidadoso y más humano a los autores y sus obras. Hacer que no se sientan –como sí les sucede a algunos autores que publican en los grupos multinacionales dominantes– un nombre más en un catálogo, un número en un balance, el destinatario de las mentiras al momento de “desinflar” las ventas para pagar menos en concepto de copyright, la variable de ajuste cuando en los almacenes no queda lugar y conviene menos conservar sus libros que ofrecerlos en las mesas de saldos o directamente destruirlos.

Con esto no quiero decir, desde luego, que en Pre-Textos no hayan tratado bien a Louise Glück (o a su agente). Es algo que desconozco. Solo digo que esa es una de las más valiosas herramientas con las que cuentan las editoriales pequeñas para forjar lealtades y para, cada tanto, ganarles algún partido a las más grandes. Lo demás –las negociaciones, los contratos, el dinero, la libertad de los autores de cambiar de editorial cuando así lo creen conveniente, el derecho de los editores de comprar derechos en exclusiva e impedir que cualquier otra persona o sello publique tales obras, la libertad de los editores de dejar de publicar a tal o cual autor cuando también así lo creen conveniente– es parte de las reglas del juego. Nos guste o no.

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