El llamado Siglo de Oro abarcó dos siglos. Fueron tiempos de monarquías. Para definir “democracia”, el Diccionario de Autoridades decía que se trataba de un “gobierno popular, como el de las Repúblicas de los Cantones Suizos y otras”.
Por aquellos años, Juan de Mariana escribe en un ensayo:
La monarquía está esencialmente determinada por el hecho de presentar concentrados en un solo hombre todos los derechos públicos; la aristocracia por el de estar reunidos esos mismos poderes en un corto número de magnates que aventajan a los demás por sus prendas personales; la república, propiamente llamada así, por el de ser partícipes todos los ciudadanos de las facultades del gobierno según su rango y mérito; la democracia por el de ser conferidos los honores y cargos del Estado sin distinción de méritos ni clases, cosa por cierto contraria al buen sentido, pues pretende igualarse a los que hizo desiguales la naturaleza o una fuerza superior e irresistible.
Para Gaspar Melchor de Jovellanos, si se otorgaba
toda la representación indistintamente al pueblo, la constitución podría ir declinando insensiblemente hacia la democracia; cosa que no solo todo buen español, sino todo hombre de bien, debe mirar con horror en una nación grande, rica e industriosa, que consta de veinte y cinco millones de hombres, derramados en tan grandes y separados hemisferios.
Fuera de mi alcance está deliberar sobre las diferencias que estos autores encontraban entre república y democracia; más bien quiero referirme al hecho de que el Siglo de Oro se desarrolló en medio de monarquías absolutas; entre Iglesia, Inquisición y censura. Y sin embargo, en los escritores de la época se hace evidente la importancia de la libertad, de esa “facultad natural, o libre albedrío, que tiene cada uno para hacer o decir lo que quiere, menos lo que está prohibido o por fuerza o por derecho”, según el mismo diccionario.
Los más conocidos ejemplos que enaltecen la libertad, lo hacen contrastándola con el presidio o las cadenas. Por supuesto, me refiero a don Quijote y a sus multicitadas palabras:
La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.
También la pieza de teatro más famosa de aquellos tiempos hace este contraste entre prisión y libertad. En La vida es sueño, de Calderón de la Barca, el protagonista se compara con un ave para preguntar a los cielos: “¿y teniendo yo más alma, tengo menos libertad?; con un bruto, “¿y yo, con mejor instinto, tengo menos libertad?; con un pez, “y yo, con más albedrío, tengo menos libertad?”; y con un arroyo, “¿y teniendo yo más vida, tengo menos libertad?”
Sin necesidad de ese contraste, tenemos a la pastora Marcela que dice en el mismo Don Quijote: “Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos”. Y más adelante: “Tengo libre condición y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie”. Si hubiese una prisión en la cabeza de Marcela, se trataría del matrimonio; pero su idea de libertad tiene mayor fuerza que la mera falta de un compromiso conyugal. Ella es el ave que tiene alma y tiene libertad.
Y volviendo a Calderón de la Barca, en La niña de Gómez Arias, luego de dirigirle mil insultos a su antagonista, Dorotea dice:
¡Venderme tratas, tirano!
¡Venderme sin prevenir
Que aunque el amor me hizo esclava.
Libre soy, libre nací!
Vale mucho la pena este monólogo de rabia y dignidad, y si no lo cito todo es por su largueza, y mejor es que el curioso lea toda la obra. Como dice “prevenir” y “nací”, y siguen las rimas por ahí, llegará el momento del estribillo:
Señor Gómez Arias,
Duélete de mí,
No me dejes presa
En Benamejí.
Naturales las rimas y no forzadas como “jabonadas de delfín”.
Juan de Timoneda tiene un libro con cuentos breves titulado El sobremesa y alivio de caminantes. Aprovecho que estoy hablando de libertad para compartir uno que me gusta mucho:
Vendiéndose ciertos captivos en presencia de un rey, que estaba asentado en su tribunal, el cual por tener descosidas sus calzas, mostraba sus vergüenzas sin haber sentimiento dello, un captivo de los que se vendían dijo a voces muy altas: “Perdóname, rey, cala que yo buen amigo fui de tu padre.” Respondió el rey : “¿Por dónde o de qué manera fue esa amistad?” Dijo el captivo: “Dame licencia que me llegue a ti, y yo te lo diré.” Dejándole que llegase, díjole en secreto: “Rey, cubre tus vergüenzas.” Luego el rey disimuladamente se cubrió, y dijo a altas voces: “Dejadlo ir libre, pues tan servidor ha sido de mi padre.”
Desde la picaresca hasta Calderón de la Barca el tema de la libertad flota en buena parte de las obras de este siglo dorado. Un siglo que, desde nuestra visión, no parece tan libre desde el poder, pero lo fue desde el ánimo del individuo.
“La verdad los hará libres”, podemos leer en el Evangelio de Juan. Quizás, pero mientras descubrimos la verdad, seguirá siendo la literatura la que hace mentes libres. ~