Azul

Personas que llevan, sin saberlo, poemas embotellados dentro de sí mismas

Los poetas son capaces de una especie de magia: la de edificar con palabras sensaciones y sentimientos en el espíritu de los demás. Otras personas llevan, sin saberlo, poemas embotellados dentro de sí mismas, y hacen un poema de su propia vida.
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Uno de los fenómenos (el término es exagerado) de la última temporada en el micromundo editorial argentino fue una novela publicada hace más de medio siglo: Stoner, del estadounidense John Williams (1922-1994). El libro cuenta la vida de William Stoner, un hijo único de una familia de granjeros de Misuri, que va a la universidad con el objetivo de aprender agronomía para mejorar el rendimiento del campo de sus padres y termina convertido en profesor de literatura. Es una historia triste y conmovedora, narrada con la sencilla maestría de un autor casi desconocido pero fiel representante de la estirpe de los grandes narradores norteamericanos.

Editada por primera vez en 1965, y más allá de haber sido reeditada luego varias veces, la novela nunca logró hacer pie en su país. Fue a partir de cuando, hace una década, se tradujo y se publicó en Francia, cuando sus lectores se multiplicaron. En castellano apareció por primera vez en 2010, con el sello de la editorial canaria Baile del Sol. En Argentina la responsable fue, en febrero de 2016, Fiordo, firma que, con apenas tres años de vida y nueve libros hasta entonces en su catálogo, se lució con una obra maestra.

Días después de su publicación en Buenos Aires, Juan Forn publicó en el periódico Página/12 un artículo titulado “Hablemos de Stoner”. Apunta allí muchos datos muy interesantes; entre ellos, que el protagonista de la novela tiene una parte autobiográfica (John Williams también fue hijo de granjeros pobres y luego profesor universitario) y otra parte inspirada en otra persona, J. V. Cunningham. Además de colega de Williams en la universidad y crítico literario, Cunningham fue poeta, pero sus poemas son tan breves que, pese a haber publicado nueve poemarios, su obra completa —explica Forn— no alcanza las 150 páginas. Forn añade una frase que describe Stoner de manera magnífica:

“El hallazgo de Williams fue imaginar un Cunningham que no hubiera escrito esos pequeños poemas; que solo los tuviera embotellados sin saberlo dentro de sí mismo”.

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Uno de los mejores canales de YouTube que conozco se llama Hey Arnoldo Montaño. Allí, el mexicano Arnoldo Montaño hace divulgación científica de la buena, de un modo muy didáctico y muy divertido. Hace dos años, en los días en que nada parecía importar más en las redes sociales que determinar si aquel endiablado vestido era azul y negro o si era dorado y blanco, Montaño armó un video titulado: “¿Es tu azul el mismo que mi azul?”.

En sus ocho minutos de duración, el video detalla ciertos aspectos básicos del funcionamiento de los ojos y la vista humana, y explica el porqué de la existencia de personas daltónicas (incapaces de distinguir ciertos colores o que los confunden con otros) y de personas tetracrómatas (pueden ver más colores que la mayoría de la gente: para ellos, casi todos somos daltónicos). Dadas estas situaciones —y otros hechos, como la imposibilidad de explicar a una persona ciega de nacimiento en qué consisten los colores—, Montaño sostiene que “jamás vamos a tener acceso a ver y sentir como lo hacen las otras personas”. Enfatiza que podemos medir la longitud de onda de la radiación electromagnética, que es la base material a partir de la cual el cerebro genera la percepción de los colores, pero no podemos observar ni medir la experiencia de un color dentro de la cabeza de alguien. “Esto es un ejemplo —agrega— de que, en términos de cómo percibimos nuestro mundo, todos estamos solos en nuestra mente”.

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De hecho, ni siquiera somos conscientes de cómo cambia nuestra propia percepción. En su libro Long for this World, publicado en español con el título de Aferrados a la vida (y dedicado a lo que llama “la extraña ciencia de la inmortalidad”), el divulgador Jonathan Weiner entrevista a muchos expertos para preguntarles cómo y por qué envejecemos. Janet Sparrow, investigadora de Ciencia Oftalmológica en la Universidad de Columbia en Nueva York, Estados Unidos, le explica que “los cristalinos de nuestros ojos se vuelven amarillos con la edad”, lo cual “disminuye nuestra capacidad para ver el color azul”. Como consecuencia, cuantos más años tenemos, menos vivo vemos ese color.

La medicina moderna posibilita, cuando el cristalino está demasiado turbio y amarillento, sustituirlo por uno artificial, transparente como el de un niño. Las personas que se someten a una operación de cataratas, apunta Weiner, pueden ver de repente toda la luz azul que habían percibido 60 o 70 años antes. “Oh, los azules son tan vivos, el cielo es tan azul —dicen—. No había visto ese azul desde que era pequeño”.

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Existe una palabra, continúa diciendo Arnoldo Montaño, para denominar a estos sentimientos intrínsecos e inefables: qualia (en singular: quale). Los qualia son las cualidades subjetivas de las experiencias individuales, el vacío explicativo entre la propia percepción y el sistema físico llamado cerebro. Los filósofos llaman problema difícil de la consciencia al de explicar cómo y por qué tenemos qualia. Y si el problema es difícil para ellos, ni que hablar para nosotros, simples lectores. El youtuber agrega un dato interesantísimo:

“[El filósofo estadounidense] Daniel Dennet piensa que los qualia podrían ser privados e inefables simple y sencillamente por la ineficiencia de nuestro lenguaje, y no porque las experiencias sean necesariamente imposibles de compartir. Tal vez usando millones de palabras en el orden correcto podamos hacer aparecer colores en el cerebro de alguien sin que la retina intervenga en ningún momento. Sería una manera de asegurarnos de que tú y yo estamos viendo el mismo color azul”.

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La idea de que usar palabras —millones o unas pocas— en un determinado orden puede hacer aparecer algo —colores o cualquier otra cosa— en el cerebro de otra persona se parece mucho, sin dudas, a la magia. ¿Acaso innumerables historias tradicionales no nos han enseñado que, con solo pronunciar una frase, podríamos crear o romper conjuros, metamorfosear unos seres por otros u obtener el favor de algún dios?

En el cuento “La escritura del dios”, Borges cuenta la historia de Tzinacán, quien fuera mago de la pirámide de Qaholom y ahora es prisionero de los conquistadores españoles. En su cautiverio, recuerda que el dios, previendo las desventuras y ruinas del fin de los tiempos, escribió “una sentencia mágica, apta para conjurar esos males”. Al cabo de muchos días, Tzinacán la descubre. “Es una fórmula de catorce palabras casuales (que parecen casuales) y me bastaría decirla en voz alta para ser todopoderoso”. Pero no las dirá, porque “quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas y desventuras, aunque ese hombre sea él. Ese hombre ha sido él y ahora no le importa”.

Por ahora no solo estamos muy lejos de descubrir una fórmula de catorce palabras que nos permita entrever los designios del universo: también estamos lejos de saber si podríamos, con millones de palabras, hacer que una mente ajena vea el mismo azul que yo. Lo que sí sabemos, en cambio, es que hay personas capaces de otra especie de magia: la de edificar, con minuciosa belleza, sensaciones y sentimientos en el espíritu de los demás. Esas personas pronuncian y escriben tales palabras. Esas personas son poetas.

Otras personas, como escribió Juan Forn, llevan sin saberlo esas palabras embotelladas dentro de sí mismas, como los qualia. Personas que a veces parecen haber entrevisto los designios del universo. Personas tan entrañables como aquel hijo de granjeros llamado William Stoner. Lamentablemente para ellas, sus vidas suelen ser tristes. No son poetas, pero hacen un poema de sus propias vidas. Afortunadamente para nosotros, también hay gente como John Williams, que saben narrar esas vidas de manera magistral.

 


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